miércoles, 25 de noviembre de 2009

El joven Zubiri por Julián Marías, maestro de los que saben

[Artículo publicado en la Tercera de ABC el 18 de Febrero de 1998]

"Se cumple un siglo del nacimiento de Xavier Zubiri, mi primer maestro de filosofía, mi amigo de tantos años. Lo conocí en octubre de 1931, en su cátedra de la admirable Facultad de Madrid. Con una sotana pulquérrima, sin haber cumplido treinta y tres años, volvía a ser profesor después de dos años de estudios con Heidegger en Alemania. Hablaba rápida y nerviosamente, sin ahorrar dificultades, con pasión y rigor. Leíamos la Monadología de Leibniz; como yo estudiaba además Ciencias, me decía a veces:«Usted, joven matemático, lo entenderá bien.» Yo tenía diecisiete años. Hicimos pronto excelente amistad, y en ocasiones íbamos a merendar juntos y a ver una película policiaca o de espionaje, o a husmear en librerías de viejo, como dos compañeros –es lo que parecía–. Algún tiempo después, por las frecuentes vejaciones o agresiones, el obispo autorizó a los sacerdotes a usar traje seglar, y Zubiri vistió siempre impecables trajes muy oscuros.

A lo largo de los años he tenido discrepancias filosóficas con Zubiri y algunas decepciones personales, pero mi recuerdo vuelve siempre a aquellos años de juventud, de los que tengo viva nostalgia. Zubiri era un hombre de extraordinario talento, de conocimientos que me atrevo a calificar de excesivos, porque de nada se debe abusar. Era un extraordinario historiador de la filosofía, y mostraba con increíble penetración y hondura el pensamiento cristiano, del que suelen hablar con desprecio los ignorantes deseosos de «hacer méritos». Me aconsejó desde el principio leer la Metafísica de Aristóteles –en la traducción italiana de Armando Carlini, reservando para el curso siguiente el griego y Ortega–.
Seguí con entusiasmo todos sus cursos. En diciembre de 1935 me anunció que no enseñaría desde enero, porque se iba a Roma a resolver su situación eclesiástica y casarse canónicamente con Carmen Castro. Me leyó el manuscrito de su espléndido ensayo «En torno al problema de Dios», que se publicó después en la Revista de Occidente. Desde el año anterior me había pedido colaborar en Cruz y Raya. Por su ausencia, en Roma y desde el comienzo de la guerra civil en París, no estuvo en mi examen de Licenciatura.
Yo tomaba notas de sus cursos; me pedía los cuadernos en que los retenía; nunca me los devolvió. Volvió a España al empezar la Guerra Mundial; por dificultades eclesiásticas, no políticas, no pudo seguir enseñando en Madrid y fue trasladado por dos años a la Universidad de Barcelona; no se sintió cómodo, pidió la excedencia y volvió a Madrid sin cátedra; dio cursos privados, a los cuales asistí siempre, salvo alguna estancia en los Estados Unidos.
En 1944 publicó Zubiri su libro Naturaleza, Historia, Dios –una espléndida colección de ensayos que comenté con entusiasmo, el libro que prefiero entre todos los suyos–. El trabajo final, El ser sobrenatural, me parece un admirable estudio teológico, con asombroso conocimiento de la teología de San Pablo y de los Padres de la Iglesia, sobre todo griegos; al final de su vida le propuse a Zubiri hacer una edición separada, para que pudiera aprovecharse en todo su valor.
Cuando íbamos a casarnos Lolita y yo nos escribió una admirable carta sobre el matrimonio, que le dimos a leer a nuestro hijo mayor cuando al cabo de los años iba a casarse. Zubiri fue director de mi tesis doctoral La filosofía del P. Gratry, pero no asistió al acto en que fue «suspendida» en enero de 1942, en uno de los momentos más increíbles por que pasó la Universidad española.
En el verano de 1955, cuando pasé diez días en el Château de Cérisy en una reunión de filósofos europeos con Heidegger, recordé sus años de convivencia con Zubiri y le propuse mandarle una postal. Me dijo:«Y otra a Ortega.» Escribimos y firmamos las dos postales, y las enviamos a Madrid. Ortega murió unos meses después.
Recuerdo muy bien que un día llegué a la Revista de Occidente; estaban juntos Ortega y Zubiri; me dijeron: «Estábamos hablando de usted y de la suerte que había tenido al no ir a estudiar a Alemania.»
La última larga conversación que tuve con Zubiri fue en el despacho que tenía en lo que era el Banco Urquijo y ahora es Ministerio de Cultura; al final se unió a ella mi hijo mayor, Miguel. Fue particularmente interesante, y tuve la impresión de que había algo de balance y vuelta a aquellos años ya tan remotos.
Me enteré de la muerte de Zubiri de un modo extraño. Volé del Brasil a Costa Rica, en 1983. En el aeropuerto de San José me esperaba el embajador de España, que mencionó de pasada «la muerte de Zubiri»; tuve una sorpresa dolorosa, y se me actualizaron de repente tantos años de nuestras vidas. Muchos años atrás le había dedicado mi introducción a la traducción de la Política de Aristóteles con las palabras que el Dante refiere al filósofo griego: «A Zubiri, "maestro di color che sanno", maestro de los que saben.» Lo era, en grado eminente, quizá, ya lo he dicho, excesivo. Mi esperanza en él era enorme, tal vez distinta de lo que fue su realidad. Hay que recordar la honda fórmula de Dilthey: «La vida es una misteriosa trama de azar, destino y carácter.» De su equilibrio dependen muchas cosas.
Ortega había nacido en 1883; Zubiri en 1898; yo en 1914: tres generaciones, exactamente. En un libro de los que creo que no se deben publicar, compuestos de los papeles privados de autores muertos, encuentro una anotación de Ortega, escrita en Lisboa hace cincuenta y cinco años, que me conmueve profundamente. Dice así: «Mi hijo José que desde hace unos años dirige las ediciones de la "Revista de Occidente" –de quien sólo queda en el aire el nombre– quería publicar la segunda edición de la Historia de la filosofía compuesta por Julián Marías, discípulo de Javier Zubiri y mío. Marías rogó a mi hijo que me pidiese unas páginas de epílogo. Como el libro lleva ya un prólogo de Zubiri nos reuníamos en él tres generaciones de hombres que con continuidad desusada y en estrecha relación personal se han ocupado en el desnudo e implacable mediodía de Madrid, bajo los cierzos de la vecina serranía, de intentar hacer filosofía. Íbamos, pues, a aparecer juntos y confundidos en un solo libro, simbólicamente entreverados y mixtos, –porque, en efecto, el único lío que nos hemos hecho los tres es no saber ya si somos cada cuál de los otros dos discípulos o maestros.»
El libro apareció con el prólogo y un largo epílogo. Yo lo he tenido siempre muy claro. Hace muchos años escribí: «La fidelidad a un maestro, lo que podríamos llamar filiación legítima, no puede ser más que innovación. Por eso, la relación de un pensamiento con el de un maestro podría reducirse a esta fórmula, que es válida para la relación de cualquier filosofía con todo el pasado filosófico: inexplicable sin él, irreductible a él.» "

lunes, 23 de noviembre de 2009

Antonio Gómez Peréira. Siglo XVI

"nosco me aliquid noscere, et quidquid noscit, est, ergo ego sum"; "conozco que yo conozco algo, todo el que conoce existe, luego yo existo"

miércoles, 24 de junio de 2009

Fragmento de la conferencia España; G. Bueno 1998

[El siguiente fragmento reproduce textualmente, con algunos saltos sin pérdida de generalidad, el final de una conferencia pronunciada por Bueno en Asturias con motivo del X aniversario de la asociación de hispanismo filosófico el 14 de Abril del año 1998. El texto parece más que revelador. Para el que quiera escuchar la conferencia completa, está diponible en youtube. aquí]



"...España sigue siendo católica y América también, que una cosa es que el consenso constitucional haya dicho que es una confesión más, los anabaptistas, los testigos de Jehová etc, que tiene algunos privilegios fácticos como hemos visto hace unos días en las procesiones de semana santa, pero lo cierto es que España es católica, sociológicamente católica y América también. Entonces el problema, yo creo que hay que plantearlo de otro modo, el problema es: si España no fuera católica o para los que no lo son, qué significa la presencia del catolicismo una vez purificado de sus elementos que no son religiosos si no que son la religión civil, que decía Barrón, como pueden ser las procesiones de semana santa, es decir, alguien que no es católico ni creyente qué puede recoger, qué puede decir que queda del catolicismo, es decir hasta qué punto debe a ese catolicismo y únicamente a él ciertos valores que son actualmente y que puede compartir con los católicos. Yo por mi parte no puedo hacer aquí ninguna encuesta ni nada de eso, pero por mi parte y deduciendo sencillamente desde la perspectiva que he llevado adelante, me atrevería a decir lo siguiente: que el catolicismo actual español, se define principalmente frente a dos cosas, frente a los protestantes y frente al Islam ¿en qué?, pues por ejemplo, frente a los protestantes, en la crítica al fondo, que a mi me parece que es una idea totalmente católica, la critica al fondo del concepto de conciencia subjetiva, del libre exámen que tantos clérigos postconciliares andan con ella y tantos objetores de conciencia como concepto puramente metafísico, concepto luterano. No hay conciencia subjetiva, esto es un mito. La conciencia es objetiva y unicamente cuando se dan razones es presentable al público. Yo no admito que nadie me diga yo no voy al ejercito porque tengo objeción de conciencia, me está insultando, porque yo fui al ejercito, yo no puedo tolerar esto, que me de razones, no hay objeción de conciencia subjetiva, la objeción de conciencia es de tradición protestante.
Entonces yo creo que la tradición católica obliga realmente a plantear las cosas de otro modo, la tradición católica obliga también a mantener el gusto por la teología y por la filosofía escolástica, el gusto por la teología frente a la teología mistica, el gusto por el razonamiento, el deslindamiento escrupuloso que hizo Suárez, el primer monumento a las disputaciones en donde la filosofía queda totalmente separada de la teología y distingue perfectamente lo que es una cosa y otra como ya lo distinguió Santo Tomás, en donde la teología natural no tiene nada que ver con la teología revelada y en donde la teología es un modo de transformar y de educar a todo el mundo, a todos los creyentes, en un tipo de actitud que es totalmente diferente de ese pietismo nebuloso absurdo que está a dos pasos del nihilismo, está a dos pasos del holocausto sencillamente.
La segunda parte es la lucha contra el Islam ¿y qué hay del catolicismo contra el Islam? Yo aquí subrayaría, en la perspectiva filosófica, subrayaría esto: la defensa de la racionalidad como ligada al cuerpo individual es una idea católica fundamental, es la idea de la resurrección de la carne de la individuación materia signata cuantitate, es decir, no es el alma, es el cuerpo individual, es una doctrina católica, estrictamente católica, anticartesiana completamente y antihansenista en donde la individuación es el alma, no, la individuación es el cuerpo y por consiguiente la razón no viene de un entendimiento agente, universal, viene del entendimiento individual que está ligado a las manos, al cuerpo, la razón es manual, es operatoria. Yo atribuyo a esta doctrina que nosotros mantenemos, la teoría de la razón operatoria, es una doctrina católica realmente, en el fondo es católica y por tanto la oposición del catolicismo al islamismo y al protestantismo la estamos viendo continuamente ahora no solamente en el tercer mundo islámico, porque el tercer mundo es el fanatismo, como sabemos y de hecho al principio, volviendo y anudando con el punto de partida, que la guerra de la reconquista en Asturias fue la lucha contra los politeístas porque la idea cristiana de Dios, Padre, Hijo y Espiritu Santo es una idea pluralista que recoge la idea de la materia del materialismo pluralista frente al monoteísmo fanático de estirpe aristotélica musulmana, fanatismo que estamos viendo estos días en la guerra santa y la lucha contra el protestantismo la estamos viendo literalmente en los imperios depredadores, en el imperio por antonomasia diría el imperio de Estados Unidos, el imperio por antonomasia como llaman en América latina en donde la lucha por ejemplo de los zapatistas es la lucha de los protestantes contra los católicos y no hay que engañarse, es la penetración en Cuba, en Méjico etc de todas las confesiones protestantes que quieren precisamente introducir el inglés precisamente contra España y entonces hay que saber que no hay armonía universal, que estamos en lucha permanente y que ignorar esto es estar en la higuera completamente.
Yo diría que lo que queda realmente del imperio, lo que queda vivo, presente, actuante en nosotros del imperio católico es, no ni siquiera un modo de ser, como diría Ortega, porque no hay modos de ser, hay muchos, si no más bien, para utilizar también la distinción característica española, es un modo de estar, lo que caracteriza o puede caracterizar a los españoles de hoy es un modo de estar, ¿en qué consiste este estar?, yo lo definiría, no en replegarse hacia su historia o hacia su sustancia para tratar de sacar de ella la sabiduría o la razón o la conducta, sino estar viendo continuamente con los ojos abiertos hacia afuera tratando de asimilarlo todo, de digerirlo todo, expelerlo todo etc, es decir de estar controlando absolutamente todo y estar a la espera de que en cualquier momento podamos tener la oportunidad de intervenir en una acción realmente universal."

domingo, 14 de junio de 2009

Las Piedras Negras; Miguel Delibes.

[Reproduzco uno de los capítulos de la novela de Miguel Delibes, Viejas historias de Castilla la Vieja.
Muy bueno el capítulo de este libro de Delibes "La caza de la perdiz roja", quizá el mejor, que por su extensión no he sacado aquí.]

"Próximo a Pimpollada, sin salirse del páramo, según se camina hacia Navalejos, en la misma línea del tendido, se observa en mi pueblo un fenómeno chocante: lo que llamamos de siempre las Piedras Negras. En realidad, no son negras las piedras, pero comparadas con las calizas, albas y deleznables, que, por lo regular, abundan en la comarca, son negras como la pez. A mí siempre me intrigó el fenómeno de que hubiera allí una veta aislada de piedras de granito que, vista en la distancia - que es como hay que mirar las cosas de mi pueblo - parece un extraño lunar. Allí fue donde me subió mi tío Remigio, el cura, el que fue compañero de seminario de don Justo del Espíritu Santo, en Valladolid, la vez que vino por el pueblo a casar a mi prima Emérita con el veterinario de Malpartida. Yo le dije entonces a bocajarro: "Tío, ¿qué es la vocación?" Y él me respondió: "Una llamada". Y yo le dije: "¿Cómo siente uno esa llamada?" Y él me dijo: "Nada de eso; confía en la misericordia de Dios".
Mi tío Remigio era muy nervioso y movía siempre una pierna porque sentía como corrientes y en ocasiones, cuando estaba confesando, tenía que abrir la puerta del confesionario para sacar la pierna y estirarla dos o tres veces. Mi tío Remigio era flaco y anguloso y nada había redondo en su cuerpo fuera de la coronilla y cuando yo le pregunté si se sabía cura desde chico, tardó un rato en contestar y al ´fin me dijo: "Yo oí la voz del señor cazando perdices con reclamo para que lo sepas". Yo me quedé parado, pero, al día siguiente, el tío Remigio me dijo: "Vente conmigo a dar un paseo". Y pian pianito nos llegamos a las Piedras Negras. Él se sentó en una de ellas y yo me quedé de pie, mirándole a la cara fijamente, que era la manera de hacerle hablar. Entonces él, como si prosiguiera una conversación, me dijo: "Yo nunca había cazado perdices con reclamo y una primavera le dije a Patrocinio, el guarda: 'Patro, tengo ganas de cazar perdices con reclamo'. Y él me dijo: 'Aguarda a mayo y salimos con la hembra'. Y yo le dije: '¿La hembra?' Y él me dijo: 'Es el celo, entonces, y los machos acuden a la hembra y se pelean por ella'. Y de que llegó mayo subimos y en un periquete, sobre estas mismas piedras, hizo él un tollo con cuatro jaras y nos encerramos los dos en él, yo con la escopeta, vigilando. Y, a poco, él me dijo: '¿No puedes poner quieta la pierna?' Y yo le dije: 'Son los nervios'. Y él me dijo: 'Aguántalos, si te sienten no entran'. Y la hembra, enjaulada a veinte pasos de la mirilla, hacía a cada paso: 'Co-re-ché, co-re-ché'. Entonces me gustaban mucho las mujeres y a veces me decía: '¿Qué puede hacer uno para librarse de las mujeres ?' Y cuando la hembra ahuecó la voz, Patrocinio me susurró al oído: 'Ojo, ya recibe...¿No puedes poner quieta la pierna?' De frente, a la derecha de mi campo visual apareció un macho majestuoso. Patrocinio me susurró al oído: '¡Tira!' Pero yo apunté y bajé luego la escopeta Y me dijo Patrocinio '¡Tira! ¿A qué demontres aguardas?' Volví a armarme y apunté cuidadosamente a la pechuga del macho de perdiz. '¡Tira! volvió a decirme Patrocinio, pero yo bajé de nuevo la escopeta. 'No puedo; sería como si disparase contra mí mismo'. Él entonces me arrebató el arma de las manos, apuntó y disparó, todo en un segundo.
Yo había cerrado los ojos y cuando los abrí el macho aleteaba impotente a dos pasos de la jaula. Al salir del tollo me dijo Patrocinio de mal humor: 'Esa pierna adelantarías más cortándola'. Pero yo sentí nauseas y pensaba: 'Ya se lo que he de hacer para que las mujeres no me dominen'. Y así es como me hice religioso.
Yo tenía la boca seca y escuchaba embobado y al cabo de un rato le dije a mi tío Remigio: "Pero en la jaula era la hembra la que estaba encerrada, tío".
A mi tío Remigio le brillaban mucho los ojos, dio dos pataditas al aire y me dijo: "¿Qué más da, hijo? Lo importante es poner pared por medio".

lunes, 30 de marzo de 2009

Sobre el aborto; Julián Marías

[Artículo publicado en ABC, posiblemente hace unos quince años. Julián Marías falleció el día 15 de Diciembre del año 2005.]



"La espinosa cuestión del aborto voluntario se puede plantear de maneras muy diversas. Entre los que consideren la inconveniencia o ilicitud del aborto, el planteamiento más frecuente es el religioso. Pero se suele responder que no se puede imponer a una sociedad entera una moral «particular». Hay otro planteamiento que pretende tener validez universal, y es el científico. Las razones biológicas, concretamente genéticas, se consideran demostrables, concluyentes para cualquiera. Pero sus pruebas no son accesibles a la inmensa mayoría de los hombres y mujeres, que las admiten «por fe»; se entiende, por fe en la ciencia. Creo que hace falta un planteamiento elemental, accesible a cualquiera, independiente de conocimientos científicos o teológicos, que pocos poseen, de una cuestión tan importante, que afecta a millones de personas y a la posibilidad de vida de millones de niños que nacerán o dejarán de nacer. Esta visión ha de fundarse en la distinción entre «cosa» y «persona», tal como aparece en el uso de la lengua. Todo el mundo distingue, sin la menor posibilidad de confusión, entre «qué» y «quién», «algo» y «alguien», «nada» y «nadie». Si se oye un gran ruido extraño, me alarmaré y preguntaré: «¿qué pasa?» o ¿qué es eso?». Pero si oigo unos nudillos que llaman a la puerta, nunca preguntaré «¿qué es?», sino «¿quién es?». Se preguntará qué tiene esto que ver con el aborto. Lo que aquí me interesa es ver en qué consiste, cuál es su realidad. El nacimiento de un niño es una radical «innovación de la realidad»: la aparición de una realidad «nueva». Se dirá que se deriva o viene de sus padres. Sí, de sus padres, de sus abuelos y de todos sus antepasados; y también del oxígeno, el nitrógeno, el hidrógeno, el carbono, el calcio, el fósforo y todos los demás elementos que intervienen en la composición de su organismo. El cuerpo, lo psíquico, hasta el carácter viene de ahí y no es rigurosamente nuevo. Diremos que «lo que» el hijo es se deriva de todo eso que he enumerado, es «reductible» a ello. Es una «cosa», ciertamente animada y no inerte, en muchos sentidos «única», pero al fin una cosa. Su destrucción es irreparable, como cuando se rompe una pieza que es ejemplar único. Pero todavía no es esto lo importante. «Lo que» es el hijo puede reducirse a sus padres y al mundo; pero «el hijo» no es «lo que» es. Es «alguien». No un «qué», sino un «quién», a quien se dice «tú», que dirá en su momento «yo». Y es «irreductible a todo y a todos», desde los elementos químicos hasta sus padres, y a Dios mismo, si pensamos en él. Al decir «yo» se enfrenta con todo el universo. Es un «tercero» absolutamente nuevo, que se añade al padre y a la madre. Cuando se dice que el feto es «parte» del cuerpo de la madre se dice una insigne falsedad porque no es parte: está «alojado» en ella, implantado en ella (en ella y no meramente en su cuerpo). Una mujer dirá: «estoy embarazada», nunca «mi cuerpo está embarazado». Es un asunto personal por parte de la madre. Una mujer dice: «voy a a tener un niño»; no dice «tengo un tumor». El niño no nacido aún es una realidad «viniente», que llegará si no lo paramos, si no lo matamos en el camino. Y si se dice que el feto no es un quién porque no tiene una vida personal, habría que decir lo mismo del niño ya nacido durante muchos meses (y del hombre durante el sueño profundo, la anestesia, la arteroesclerosis avanzada, la extrema senilidad, el coma). A veces se usa una expresión de refinada hipocresía para denominar el aborto provocado: se dice que es la «interrupción del embarazo». Los partidarios de la pena de muerte tienen resueltas sus dificultades. La horca o el garrote pueden llamarse «interrupción de la respiración», y con un par de minutos basta. Cuando se provoca el aborto o se ahorca, se mata a alguien. Y es una hipocresía más considerar que hay diferencia según en qué lugar del camino se encuentre el niño que viene, a qué distancia de semanas o meses del nacimiento va a ser sorprendido por la muerte.Con frecuencia se afirma la licitud del aborto cuando se juzga que probablemente el que va a nacer (el que iba a nacer) sería anormal física y psíquicamente. Pero esto implica que el que es anormal «no debe vivir», ya que esa condición no es probable, sino segura. Y habría que extender la misma norma al que llega a ser anormal por accidente, enfermedad o vejez. Y si se tiene esa convicción, hay que mantenerla con todas sus consecuencias; otra cosa es actuar como Hamlet en el drama de Shakespeare, que hiere a Polonio con su espada cuando está oculto detrás de la cortina. Hay quienes no se atreven a herir al niño más que cuando está oculto -se pensaría que protegido- en el seno materno. Y es curioso cómo se prescinde enteramente del padre. Se atribuye la decisión exclusiva a la madre (más adecuado sería hablar de la «hembra embarazada»), sin que el padre tenga nada que decir sobre si se debe matar o no a su hijo. Esto, por supuesto, no se dice, se pasa por alto. Se habla de la «mujer objeto» y ahora se piensa en el «niño tumor», que se puede extirpar como un crecimiento enojoso. Se trata de destruir el carácter personal de lo humano. Por ello se habla del derecho a disponer del propio cuerpo. Pero, aparte de que el niño no es parte del cuerpo de su madre, sino «alguien corporal implantado en la realidad corporal de su madre», ese supuesto derecho no existe. A nadie se le permite la mutilación; los demás, y a última hora el poder público, lo impiden. Y si me quiero tirar desde una ventana, acuden la policía y los bomberos y por la fuerza me lo impiden. El núcleo de la cuestión es la negación del carácter personal del hombre. Por eso se olvida la paternidad y se reduce la maternidad a soportar un crecimiento intruso, que se puede eliminar. Se descarta todo uso del «quién», de los pronombres tú y yo. Tan pronto como aparecen, toda la construcción elevada para justificar el aborto se desploma como una monstruosidad. ¿No se tratará de esto precisamente? ¿No estará en curso un proceso de «despersonalización», es decir, de «deshominización» del hombre y de la mujer, las dos formas irreductibles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida humana? Si las relaciones de maternidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres queda reducida a una mera función biológica sin perduración más allá del acto de generación, sin ninguna significación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y generaliza, si a finales del siglo XX la Humanidad vive de acuerdo con esos principios, ¿no habrá comprometido, quién sabe hasta cuándo, esa misma condición humana? Por esto me parece que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final."

jueves, 26 de marzo de 2009

Residuos; Ortega y Gasset

"El síntoma de que algo es residuo - en Biología como en Historia - consiste en que no se comprende por qué está ahí. Tal y como aparece no sirve ya de nada y es preciso retroceder a otra época de la evolución en que se encuentra completo y eficiente lo que hoy es solo un muñón y un resto * "


" * Imagínese el conjunto de la vida primitiva. Uno de sus caracteres personales es la falta de seguridad personal. La aproximación de dos personas es siempre peligrosa, porque todo el mundo va armado. Es preciso, pues, asegurar el acercamiento mediate normas y ceremonias en que conste que se han dejado las armas y que la mano no va a tomar súbitamente una que se lleva escondida. Para este fin, lo mejor es que al acercarse cada hombre agarre la mano del otro, la mano de matar, que es normalmente la derecha. Este es el origen y esta la eficiencia del saludo con apretón de manos, que hoy, aislado de aquél tipo de vida, es incomprensible y, por tanto un residuo. [Véase sobre este carácter de residuo del saludo hoy habitual, la Meditación del saludo en El hombre y la gente.] "

martes, 17 de marzo de 2009

Sobriedad; Sobriedad material, sobriedad ética; Ramón Menéndez Pidal

[Párrafo de Ramón Menéndez Pidal del primer capítulo de su libro "Los españoles en la historia", escrito, creo, en 1951, libro que, a su vez, es el prólogo a su conocida Historia de España. Un punto de vista interesante: (entre corchetes las notas a pie de página). ¿Qué queda en España de ese español de antes o de ese habitante de la península de antes? ]


"Muchas veces se ha puesto en relación el complejo del carácter español con el suelo habitado. Unamuno insiste en ello: "el espíritu áspero y seco de nuestro pueblo, sin transiciones, sin términos medios, está en conexión intima con el paisaje y el terruño del la altiplanicie central, duro de líneas, desnudo de árboles, de horizonte ilimitado, de luz cegadora, clima extremado, sin tibiezas dulces" [Unamuno, Ensayos, I, Madrid 1916]. Pero tal relación no es válida respecto a cualidades que se dan fuera del paisaje de ambas Castillas. La sobriedad física se halla igualmente en la risueña y fértil Andalucía, y, para mí, la sobriedad es la cualidad básica del carácter español, que no depende de un determinismo geográfico castellano, y es tan general que, partiendo de ella, podemos comprender varias de las otras características que ahora nos importa notar.La más aguda descripción del carácter español en la antiguedad, la del galo
Trogo Pompeyo [Trogo Pompeyo, hisoriador romano del siglo I de origen galo, autor de una Historia Universal (Historiae Philipical), perdida, de la cual se conserva un Epítome hecho en el siglo II por Justino. El libro XLIV y último está dedicado a España] comienza diciendo que el hispano tiene el cuerpo dispuesto para la abstinencia y el trabajo, para la dura y recia sobriedad en todo; dura omnibus et adstricta parsimonia. Y desde Trogo hasta hoy abundan las noticias relativas a cierta austera sencillez, y más aún, cierto chocante descuido que en España revisten varias formas de la vida. Basta recordar que durante los siglos que afluían a la península todos los metales preciosos del Nuevo Mundo, los extranjeros encuentran nuestras casas amuebladas más modestamente que las francesas, las comidas muy parcas, incómodas las aulas universitarias donde los estudiantes tienen que escribir sobre las rodillas, nuestros mesones muy inhospitalarios, la urbanización de Madrid muy deficiente, lo cual tenía preocupado a Felipe II...; un tipo de vida, en fin, poco esmerado en la comodidad. Es decir, que todas las riquezas que ganaban los indianos y las que anualmente traían las flotas del Estado, no eran aplicadas por los españoles al bienestar y regalo de la vida privada ni a la suntuosidad, o, al menos, a suficiente arreglo de la vida urbana. Y el español de hoy puede también contentarse con poco. Continuamente presenciamos ejemplos vulgares en la vida cotidiana donde vemos juntos la sobriedad y el trabajo intenso que ya Trogo emparejaba. El más humilde de esos ejemplos, el segador de nuestros campos, ofrece un asombroso especimen de la dura omnibus et adstricta parsimonia: bajo el calor más sofocante del verano sin otro refresco que el agua tibia del botijo, mal vestido y mal comido, parece carecer de todo menos de conformidad, de alegría y de esfuerzo. Esta inatención a las necesidades materiales, de la cual tratamos, se conforma con la doctrina de Séneca: No es pobre el que tiene poco sino el que ambiciona más, porque las necesidades naturales son muy reducidas, en tanto que las de la vana ambición son inagotables. El español, duro para soportar privaciones, lleva dentro de sí el sustine et abstine, resiste firme y abstente fuerte, norma de la sabiduría que coloca al hombre por cima de toda adversidad; lleva en sí un particular estoicismo instintivo y elemental; es un senequista innato. Por eso el pensamiento filosófico español, en el curso de los siglos, se inspiró siempre en Séneca como en autor propio y predilecto. Mucho le debe, ciertamente, y a la vez también mucho debe Séneca, acendrador del estoicismo, al hecho de haber nacido en familia española. En virtud de este senequismo espontáneo, el español, por lo mismo que soporta con fuerte conformidad toda carencia, puede resistir las codicias y la perturbadora solicitación de los placeres; le rige una fundamental sobriedad de estímulos que le inclina a cierta austeridad ética, bien manifiesta en el estilo general de la vida : habitual sencillez de costumbres, noble dignidad de porte notada aún en las clases más humildes, firmeza en las virtudes familiares. Los móviles más profundamente naturales conservan intacto su vigor en el pueblo hispano, a modo de una integral reserva humana, frente al continuo peligro del desgaste degenerante que amenaza a otros pueblos mas atosigados por los goces y disfrutes de la civilización."

viernes, 13 de marzo de 2009

Ortega y Gasset; Fragmento de El Espectador I, Febrero-marzo 1916.

"De todas las enseñanzas que la vida me ha proporcionado, la más acerba, más inquietante, más irritante para mí ha sido convencerme de que la especie menos frecuente sobre la Tierra es la de los hombres veraces. Yo he buscado en torno, con mirada suplicante de náufrago, los hombres a quienes importase la verdad, la pura verdad, lo que las cosas son por sí mismas, y apenas he hallado alguno. Los he buscado cerca y lejos, entre los artistas y entre los labradores, entre los ingenuos y los "sabios". Como Ibn-Batuta, he tomado el palo del peregrino y hecho vía por el mundo en busca, como él, de los santos de la Tierra, de los hombres de alma especular y serena que reciben la pura reflexión del ser de las cosas. ¡Y he hallado tan pocos, tan pocos, que me ahogo!".
Si: congoja de ahogo siento, porque un alma necesita respirar almas afines, y quien ama sobre todo la verdad necesita respirar aire de almas veraces. No he hallado en derredor sino políticos, gentes a quienes no interesa ver el mundo como él es, dispuestos sólo a usar de las cosas como les conviene. Política se hace en las academias y en las escuelas, en el libro de versos y en el libro de historia, en el gesto rígido del hombre moral y en el gesto frívolo del libertino, en el salón de las damas y en la celda del monje. Muy especialmente se hace política en los laboratorios; el químico y el histólogo llevan a sus experimentos un secreto interés electoral. En fin, cierto día ante uno de los libros más abstractos y más ilustres que han aparecido en Europa desde hace treinta años, oí decir en su lengua al autor: Yo soy ante todo un político. Aquel hombre había compuesto una obra sobre el método infinitesimal contra el partido militarista triunfante en su patria.
Hace falta, pues, afirmarse de nuevo en la obligación de la verdad, en el derecho de la verdad."

viernes, 27 de febrero de 2009

El Nombre de la Rosa - diálogo.



Adso de Melk: ¿Pero no es cierto que Santo Tomás ensalza el amor sobre todas las demás virtudes?

Fray Guillermo: Sí, el amor a Dios Adso, el amor a Dios.

Adso de Melk: ¿Y el amor a una mujer?

Fray Guillermo: De mujeres, Tomás de Aquino sabía bastante poco. Pero las escrituras son muy claras, los proverbios nos advierten que la mujer se apodera de la preciosa alma del hombre y el Eclesiastés nos dice; más amarga que la muerte es la mujer.

Adso de Melk: Sí, pero ¿qué opináis vos maestro?

Fray Guillermo: Bueno, claro está que no gozo del beneficio de tu experiencia, pero me cuesta convencerme a mí mismo de que Dios haya introducido un ser tan inmundo en la creación sin haberle dotado de alguna virtud, ¿mm?.

Qué pacífica sería la vida sin amor Adso, qué segura, qué tranquila….y qué insulsa.

sábado, 7 de febrero de 2009

Ortega y Gasset; Meditaciones del Quijote.

" Entre las varias actividades de amor solo hay una que pueda yo pretender contagiar a los demás: el afán de comprensión. Y habría henchido todas mis pretensiones si consiguiera tallar en aquella mínima porción del alma española que se encuentra a mi alcance algunas facetas nuevas de sensibilidad ideal. Las cosas no nos interesan porque no hayan en nosotros superficies favorables donde refractarse y es menester que multipliquemos los haces de nuestro espritu a fin de que temas innumerables lleguen a herirle. Llamase en un diálogo platónico a este afán de comprensión, "locura de amor" *.


* [Fedro, 265 b]"

jueves, 29 de enero de 2009

La contaminación mental; (Julián Marías)

[Artículo publicado en ABC el 18 de Febrero de 1993]


"La gente se preocupa ahora mucho por la contaminación (o lo que se llama con un latinismo tomado del inglés, "polución"). Es muy justificado y sería de desear que fuese eficaz. Lo que me sorprende es que esa preocupación afecta, sobre todo, a lo más distante, a lo que está más lejos de cada uno de nosotros, y disminuye a medida que nos vamos acercando a lo más profundo de nosotros mismos. Es razonable velar por la pureza del aire que respiramos, del agua que bebemos o en la que nos bañamos, de los alimentos que ingerimos.

La agudeza y gravedad de lo que las drogas hacen a nuestro organismo hace que también se sienta la inquietud por su uso, por la introducción en nuestros cuerpos de agentes que causan inauditas perturbaciones. Con ello nos vamos aproximando, desde las porciones más externas de nuestra circunstancia o mundo, a lo que está más cerca de nuestra verdadera realidad.

Pero hay algo todavía más próximo, que es nuestro repertorio de imágenes, estímulos, recuerdos, palabras y giros de la lengua, lo que constituye nuestro mundo psíquico, la porción más inmediata de nuestra circunstancia, aquello que no se distingue fácilmente del "yo" que cada uno de nosotros es. Lo que vemos y oímos por la calle, lo que leemos en libros, revistas y periódicos, lo que vemos y oímos en la radio y, sobre todo, en la televisión, va depositando en torno a nosotros una capa cada vez más espesa de interpretaciones de la realidad, recursos y orientaciones para nuestra conducta. Todo ello nos afecta incomparablemente más que lo que procede de los factores cósmicos, porque es mucho más cercano al núcleo de nuestra personalidad y llega directamente a ella, no de un modo difuso y solamente probable.

Sin embargo no es esto lo más grave. El hombre vive en el ámbito de la verdad, la necesita para entender la realidad, para orientarse en la vida y proyectarla. Las creencias y las ideas son lo más íntimo y cercano a nosotros, lo que más condiciona quiénes somos y quiénes podemos ser.

Ahora bien, una porción considerable de lo que oímos o leemos es falso, es una deformación de la realidad, y significa literalmente una polución o contaminación de ella. Frente a esto casi todo el mundo está indefenso. Es poco probable que la mayoría de las personas tenga la capacidad y el hábito de darse cuenta de ello; es aún más improbable que se les advierta. Lo más frecuente es que a cada estímulo falso sigan otros que lo refuercen y lo hagan arraigar.

A veces se trata simplemente de errores. Hay frecuente falta de inteligencia; más aún de responsabilidad; son innumerables los que hablan y escriben de asuntos que no conocen ni entienden. La inercia es muy fuerte: he comprobado mil veces que si alguien dice una estupidez, serán legión los que la repetirán, con lo cual se produce un efecto de acumulación, difícil de contrarrestar.

Si se hiciera un balance de lo que se lee o escucha en una semana, se comprobaría que las falsedades significan un porcentaje altísimo. La consecuencia es que son innumerables las personas que viven en "estado de error". Es lo que preocupaba a Feijoo en el siglo XVIII, y por eso dedicó su vida a combatir lo que llamaba "errores arraigados", principalmente supersticiones, falsas convicciones médicas, injustificadas nociones históricas. Me pregunto cual hubiera sido su actitud de haber vivido a fines del siglo XX.

Pero todo esto es relativamente secundario al lado de algo mucho más profundo y perturbador. Más que el error involuntario - aunque pueda ser culpable por ignorancia o frivolidad -, lo vedaderamente grave es la mentira, la distorsión deliberada de la realidad, su suplantación o desfiguración. Esta es la causa de la más peligrosa contaminación mental.

La mayor parte de nuestros contemporáneos sufren el asedio de ella; mejor dicho, todos sin excepción la padecemos; muchos carecen de defensas y sucumben a ella. Se dirá que siempre se ha mentido, que es un fenómeno universal y de todos los tiempos; lo que pasa es que los recursos con que esto se hace son incomparables con los de ninguna otra época. El analfabetismo, cuyos inconvenientes son visibles, era un instrumento pasivo de defensa; hasta hace unos decenios, nadie estaba expuesto a la radio y la televisión; faltaban las organizaciones de partidos o grupos análogos.

Creo que el derecho a expresarse, a hablar, incluso públicamente, a escribir, es demasiado importante para que se piense en suprimirlo o coartarlo. No es que hay derecho a mentir, pero hay el derecho de hablar aunque se mienta. Con una condición: que ello tenga las consecuencias oportunas.

En primer lugar, que se diga y se muestre, se descubra la falsedad y se la rectifique. Además, que esto traiga consigo el descrédito, el desprestigio del que ha mentido. En tercer lugar, que se lo considere como lo que es, un agente de contaminación mental. Y esto debe llevar consigo el apartamiento. A veces recibimos invitaciones para participar en un congreso, reunión, coloquio o mesa redonda. Lo primero que hay que preguntar es quiénes van a intervenir. Puede ocurrir que algunas de las personas participantes sean de incapacidad notoria, por falta de conocimiento o de las mínimas dotes exigibles, o por su reconocida irresponsabilidad. En este caso, puede preveerse que se va a producir una degradación del asunto tratado, con la consiguiente falta de prestigio y respeto para lo que pueda ser razonable. A veces se defienden buenas causas con tan malos argumentos, que las destruyen. Santo Tomás hablaba de los que defienden la verdad con tan pobres argumentos, que caen "in irrisionem infidelium". Si esto es previsible lo mejor es abstenerse.

Pero si se trata de la mentira, del falseamiento de la realidad, de la deliberada sustitución de lo que las cosas han sido o son por algo muy distinto, lo único decente es negarse resueltamente a toda complicidad. Es muy frecuente que por cualquier tipo de temor, por algún interés, por vanidad o por pasividad, personas estimables tomen parte en empresas colectivas en las cuales asumen el papel de cubrir con su prestigio una mercancía adulterada. Y no basta con la mera ausencia, con la disculpa, con alegar la falta de tiempo, las muchas ocupaciones o un catarro inoportuno. Es menester decir que no se quiere participar en algo que no lo merece, que no tiene las sufcientes garantías de decoro.

Se puede colaborar, y se debe, con personas de dotes muy modestas, de ninguna fama, siempre que se espere de ellas sinceridad, veracidad, reconocimiento de sus límites. Todos los tenemos. En la primera entrevista que tuve con un hombre muy inteligente y a quien como español debo gratitud, me dijo: "yo soy un hombre normal; tengo muchas lagunas". Le contesté: "¿Y quién no? Los que no las tienen es que tienen el mar Caspio".

Cuando alguien miente, sobre todo si es en asunto grave y con efectos públicos hay que abstenerse de todo trato intelectual con él, no hay que prestarle ningún apoyo ni colaboración para que lleve adelante - en la política, en los medios de comunicación, en la vida intelectual, en la convivencia - su campaña de contaminación mental. A veces es difícil respirar físicamente; peor es no poder respirar después de leer un periódico, un libro, o haber pasado un rato ante la pantalla de televisión."

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Revelación.

El poeta levanta su pluma y se encuentra consigo mismo en el mundo y, al plasmar el arte de nuevo, no hay diferencia entre él y lo creado porque lo creado es su estado del alma en excelsa pureza. La creación desde la sinceridad, desde su desnudez, la palabra liberada, el gesto límpido y el hacer revelador de lo divino. Al escribir sobre el papel en blanco creó su universo virgen. Ocultó su obra con el dolor de saber que se perdería para siempre en el cambio, pero dejó que sus latidos alimentaran su credo. Porque desde el dolor había nacido aquella especie sui géneris y a través del dolor del alma creadora se abrazaba a la obra tan pegada a ella que era su manifestación pura. El poeta dejó escapar su obra entre los garabatos de su pluma e iba dejando ésta un reguerillo de vida tras de sí, un hueco de desasosiego en el alma herida, un hueco de muerte, de revelación en la carne que le consumía a cada paso. Pero ese dolorido hueco de muerte no estaba lleno si no de vida, vida aternitatis...

El poeta se deja caer exhausto tras completar la obra inconclusa fijando su mirada perdida en el papel tintado del gen de su dramatismo y se levanta apoyando sus ancianas manos sobre los brazos de su asiento castellano, madera recia de roble, madera que cruje ya por el transcurso de los años.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Corolario; (Ortega y Gasset)

"Todo español lleva dentro como un hombre muerto, un hombre que pudo nacer y no nació, y claro está que vendrá un día, no nos importa cual, en que esos hombres muertos escogerán una hora para levantarse e ir a pediros cuenta sañudamente de ese vuestro innumerable asesinato"

Sobre la elegancia; (Ortega y Gasset)

“La cosa es endemoniadamente paradójica pero, a la vez, sin remedio. Porque elegir es ejercitar la libertad y resulta que eso —ser libres— tenemos que serlo a la fuerza. Es la única cosa para la cual el hombre no tiene últimamente libertad: para no ser libre. La libertad es la más onerosa carga que sobre sí lleva la humana criatura, pues al tener que decidir, cada cual por sí, lo que en cada instante va a hacer, quiere decirse que está condenado a sostener a pulso su entera existencia, sin poderla descargar sobre nadie. Si volvemos del revés la figura de la libertad nos encontramos con que es responsabilidad. Esta es la gran pesadumbre: todas las otras, las pesadumbres en plural, se originan en ella. Al brotar de mi elección las acciones que componen mi vida resulto responsable de ellas. Responsable, no ante un tribunal de este o del otro mundo, sino por lo pronto responsable ante mí mismo. Porque si la acción tiene que ser elegida necesito justificar ante mi propio juicio la preferencia, convencerme de que la acción escogida era, entre las posibles, la que tenía más sentido. En efecto, los diversos proyectos de hacer que de cada situación nos vienen sugeridos no se nos presentan casi nunca como equivalentes. Al contrario, apenas los descubrimos se colocan ante nosotros automáticamente, formando rigorosa jerarquía en cuya cúspide aparece uno de los proyectos como siendo el que tiene más sentido y por tanto el que habría de ser elegido. Si no fuera así, si los varios proyectos de acción posible ostentasen igual dosis de sentido, si fuesen, por tanto, indiferentes, no cabria hablar de elección. Nuestra voluntad se posaría por un azar mecánico sobre cualquiera de ellos como la bolita de la ruleta se queda en el alvéolo de un número: lo cual no es elección sino «buen tun-tun». Elegir supone tener a la vista los diversos naipes que es posible jugar: el óptimo, el simplemente bueno, el que no vale la pena y el que es franco contrasentido. Ciertamente, somos libres para preferir este último, aun a sabiendas de que no es preferible, pero no podemos hacerlo impunemente. La acción insensata o que tiene sentido deficiente, una vez elegida, va a llenar un pedazo incanjeable de nuestro tiempo vital, va a convertirse, por tanto, en trozo de nuestra realidad, de nuestro ser. El albedrío nos ha jugado, pues, una mala pasada. En vez de hacernos ser esa óptima realidad que era posible, en vez de dar paso franco a ese mejor ser nuestro que se nos presentaba como el que teníamos que ser, por tanto, como el auténtico, los ha suplantado por otro personaje inferior. Esto equivale a haber aniquilado una porción, mayor o menor, de nuestra verdadera vida que ya nadie podrá resucitar porque ese tiempo no vuelve. Hemos vulnerado nuestra propia persona, hemos practicado un suicidio parcial y la herida queda abierta para siempre, mordiendo no sabemos qué misteriosa entraña incorpórea de nuestra personalidad. Cualquiera que sea su calibre tenemos conciencia de haber cometido un último crimen, del que esa mordedura inextinguible es el «remordimiento». Los crímenes íntimos se caracterizan porque el hombre se siente de ellos, a la vez, autor, víctima y juez.
No hay orden de la existencia, mayúsculo o minúsculo, que no nos fuerce a optar entre hacer las cosas de un modo mejor o de un modo peor. Y es ya pésimo síntoma creer que el drama de la elección se da sólo en los grandes conflictos de nuestra vida, en las situaciones que tienen trascendencia histórica. No: una palabra se puede pronunciar mejor o peor y tal gesto de nuestra mano puede ser más grácil o más tosco. Entre las muchas cosas que en cada caso se pueden hacer hay siempre una que es la que hay que hacer.
Pero la división más radical que cabe establecer entre los hombres estriba en notar que la mayor parte de ellos es ciega para percibir esa diferencia de rango y calidad entre las acciones posibles. Sencillamente no la ven. No entienden de conductas como no entienden de cuadros. Por eso tienen tan poca gracia y es tan triste, tan desértico el trato con ellos. Esa ceguera moral de la mayoría es el lastre máximo que arrastra en su ruta la humanidad y hace que los molinos de la historia vayan moliendo con tanta lentitud. Son muy pocos, en efecto, los hombres capaces de elegir su propio comportamiento y de discernir el acierto o la torpeza en el prójimo.
En el latín más antiguo, el acto de elegir se decía elegancia como de instar se dice instancia. Recuérdese que el latino no pronunciaría elegir sino eleguir. Por lo demás, la forma más antigua no fue eligo sino elego, que dejó el participio presente elegans. Entiéndase el vocablo en todo su activo vigor verbal; el elegante es el «eligente», una de cuyas especies se nos manifiesta en el «inteligente». Conviene retrotraer aquella palabra a su sentido prócer que es el originario. Entonces tendremos que no siendo la famosa Ética sino el arte de elegir bien nuestras acciones eso, precisamente eso, es la Elegancia. Ética y Elegancia son sinónimos. Esto nos permite intentar un remozamiento de la Ética que a fuerza de querer hacerse mistagógica y grandilocuente para hinchar su prestigio ha conseguido sólo perderlo del todo. Como esto se veía venir, combato hace un cuarto de siglo bien corrido para que no se trate la Ética en tono patético. La patética ha asfixiado la Ética entregándola a los demagogos, que han sido los destructores de todas las civilizaciones y los grandes fabricantes de barbarie. Por eso he creído siempre que en vez de tomar a la Ética por el lado solemne, con Platón, con el estoicismo, con Kant, convenía entrarle por su lado frívolo que es el más profundo, con Aristóteles, con Shaftesbury, con Herbart. Dejemos, pues, un rato reposar la Ética y, en su lugar, evitando desde el umbral la solemnidad, elaboremos una nueva disciplina con el título: Elegancia de la conducta, o arte de preferir lo preferible. El vocablo «elegancia» tiene además la ventaja complementaria de irritar a ciertas gentes, casualmente las mismas que, ya por muchas otras razones previas, uno no estimaba."

domingo, 16 de noviembre de 2008

En honor de Gaspar Pérez de Villagrán, el soldado poeta

[Reproduzco a continuación la fantástica historia que nos cuenta C.F. Lummis sobre el gran héroe español Gaspar Pérez de Villagrán.
Esta historia enlaza con la entrada anterior.]

El soldado poeta

"Pero retrocedamos un poco. El joven oficial que dio aquel soberbio salto sobre el tajo de Acoma, que repuso la toza para hacer puente y salvó de este modo la vida a sus camaradas, e indirectamente a todos los españoles de Nuevo Méjico, fue el capitán Gaspar Pérez de Villagrán. Era muy culto, había obtenido el grado de bachiller en una Universidad española, era joven, ambicioso, valiente y un verdadero atleta. Fue un héroe entre los héroes del Nuevo Mundo, y un cronista al que mucho debe la historia. Los seis ejemplares existentes del pequeño y grueso volumen en pergamino que contiene su histórico poema de treinta y cuatro heroicos cantos, valen cada uno de ellos muchas veces su peso en oro. ¡Lástima grande que no haya habido un Villagrán para cada una de las campañas de los exploradores de América, que nos diese más detalles de aquellos sobrehumanos peligros y sufrimientos, pues la mayoría de cronistas de la época tratan de esos episodios tan brevemente como describiríamos un paseo de Nueva York a Brooklyn!

El salto del tajo no fue la única parte que tomó el capitán Villagrán en el sangriento combate de Acoma, en el invierno de 1598-99. Estuvo apunto de ser víctima de la primera matanza, en la que Juan de Zaldívar y sus hombres, perecieron, y se escapó de aquel lance sólo para sufrir penalidades tan terribles como la muerte.


En otoño de 1598, cuatro soldados desertaron del pequeño ejército de Oñate en San Gabriel y el gobernador envió a Villagrán con tres o cuatro soldados para arrestarlos. No sabemos lo que diría hoy un sheriff si le mandasen perseguir a cuatro malhechores en un recorrido de mil millas por un desierto como aquél y con una fuerza tan pequeña. Pero el capitán Villagrán siguió la pista de los desertores, y después de perseguirlos por más de novecientas millas, les alcanzó al sur de Chihuahua (Méjico). Los desertores hicieron una feroz resistencia. Dos fueron muertos por los soldados y dos se escaparon. Villagrán dejó allí su pequeña fuerza y desanduvo solo las peligrosas novecientas millas. Llegado al pueblo de Puaray, en la margen occidental del río grande, frente a Bernalillo, supo que su jefe Oñate acababa de marchar hacia el oeste, en su peligroso viaje a Moqui, el cual ya hemos descrito. Villagrán se volvió en el acto hacia el oeste saliendo solo para seguir y alcanzar a sus compatriotas. La pista era fácil de seguir, porque los españoles tenían los únicos caballos que había en lo que es hoy los Estados Unidos; pero aquel solitario caminante que la iba rastreando, se vio continuamente rodeado de peligros y sufrimientos. Llegó a la vista de Acoma justamente después de la matanza de Juan de Zaldivar y del tremendo salto de los cinco españoles. Los supervivientes ya se habían alejado de aquel sitio fatal, y cuando los habitantes vieron a un español que se acercaba solo, bajaron de su ciudadela roqueña para rodearle y darle muerte. Villagrán no tenía armas de fuego sino únicamente su espada, una daga y un escudo. Aun cuando ignoraba los terribles sucesos que acababan de ocurrir, le inspiró recelos la manera como los salvajes trataban de envolverle , y aun cuando su caballo renqueaba por efecto de su larga jornada, lo espoleó para ponerlo a galope y luchó, abriéndose paso por entre el círculo que iban estrechando los indios. Continuó su fuga hasta muy entrada la noche, describiendo un largo circuito, para no acercarse a la ciudad, y al fin, descendió, exhausto, de su también exhausto caballo, y se extendió a descansar sobre la dura tierra. Cuando despertó caía una gran nevada, y se encontró medio sepultado bajo la fría y blanca nieve. Montando de nuevo, avanzó en la oscuridad para alejarse todo lo posible de Acoma, antes de que lo denunciase la luz del día. De repente, caballo y jinete cayeron en un hondo pozo que los indios habían abierto para que sirviese de trampa, cubriéndolo con ramas y tierra. En la caída se mató el pobre caballo y Villagrán quedó maltrecho y aturdido. Por fin logró salir del pozo, con gran contento de su fiel perro, que estaba sentado aullando y tiritando al borde de aquel.


El soldado poeta habla muy tiernamente de aquel mudo compañero de su larga y peligrosa jornada, y es evidente que lo quería con un cariño que solo un hombre valiente pude profesar y un fiel perro merecer.
Emprendiendo de nuevo la marcha a pie, pronto perdió Villagrán el camino en aquel desierto sin huellas ni veredas. Durante cuatro días y cuatro noches anduvo errante, sin un bocado que comer y sin una gota de agua, pues ya se había derretido la nieve. Muchos hombres han hecho más largos ayunos entre iguales sufrimientos; pero solo los que han experimentado sed en tierras áridas, pueden tener una remota idea de lo que significa vivir noventa y seis días sin agua. Dos días de aquella sed suele ser fatal a muchos hombre fuertes, y es poco menos que milagroso que Villagrán pudiese resistirla cuatro días. Por fin, casi muriendo de sed, con la lengua seca e hinchada, y dura y áspera como una lima, saliéndole fuera de los dientes, se vio en la triste necesidad de matar a su fiel perro, lo cual hizo con lágrimas de varonil remordimiento. Llamando al pobre animal hacia sí, lo despachó con su espada y ansiosamente apuró la sangre caliente. Esto le dio fuerzas para arrastrarse un poco más, y cuando ya iba a dejarse caer en la arena para morir, divisó un pequeño hoyo en una gran roca, a poca distancia. Arrancándose débilmente hasta llegar allí, descubrió con júbilo que había quedado en la cavidad un poco de agua de nieve. Esparcidos alrededor había unos cuantos granos de maíz, que le parecieron llovidos del cielo, y los devoró famélicamente.


Había abandonado ya toda esperanza de alcanzar a su jefe, y decidió retroceder y andar las terribles doscientas millas que le separaban de San Gabriel. Pero ya no podía su cuerpo obedecer por más tiempo a su heroico espíritu, y hubiera perecido miserablemente junto al pequeño tanque de la roca, a no ser por una extraña casualidad.


Mientras estaba allí tendido, sin ánimo y sin fuerzas, oyó súbitamente voces que se acercaban. Supuso que los indios habían rastreado su pista, y se dio, por perdido, porque se sentía demasiado débil para luchar. Pero al fin llegaron a su oído acentos españoles, y aun cuando eran voces ásperas y broncas de soldados, con toda seguridad debieron parecerle los sonidos más dulces del mundo. Sucedió que la noche anterior, algunos de los caballos del campamento de Oñate se habían extraviado, y un pelotón de soldados salió en busca de ellos. Siguiendo sus huellas, llegaron cerca del sitio donde el capitán Villagrán se hallaba tendido. Por fortuna le vieron, pues el no podía ni gritar ni correr tras ellos. Con sumo cuidado levantaron al oficial herido y lo llevaron al campamento, y allí, con los solícitos cuidados de hombres barbudos, recuperó lentamente sus fuerzas y con el tiempo volvió a ser el osado atleta de otros tiempos. Acompañó a Oñate en su larga marcha por el desierto, y pocos meses después estuvo presente en el asalto de Acoma y realizó la pasmosa proeza que se cita como una de las heroicidades más notables de la historia del Nuevo Mundo."

Los exploradores españoles del siglo XVI - II

[Reproduzco a continuación la segunda parte de la historia, que Lummis describe singularmente, en el asalto a la roca de Acoma.]

El asalto a la empinada ciudad


"Al romper el alba del día veintidós de enero, Zaldívar dio la señal para el ataque, y el cuerpo principal de la fuerza española empezó a disparar sus pocos arcabuces y a intentar un asalto desesperado por el extremo norte de la gran roca, que era por allí absolutamente inexpugnable. Los indios, apiñados en el borde de los farallones, despedían una lluvia de proyectiles, y muchos de los españoles fueron heridos. Entre tanto, doce hombres escogidos, que durante la noche se habían ocultado debajo de la parte saliente del risco, el cual les protegía contra el fuego y la observación de los indios, trepaban cautelosamente por debajo y alrededor del precipicio, arrastrando con cuerdas el pedrero. Algunos de aquellos doce hombres eran arcabuceros y, además del peso del ridículo cañón, llevaban sus pesados arcabuces y su tosca armadura, que no les ayudarían ciertamente a escalar alturas, cuyo ascenso sería difícil hasta para un atleta libre de trabas. Continuando su trabajosa tarea sin ser vistos, tirando uno de otro, y después del pedrero peñas arriba, llegaron por fin a la cumbre de un alto farallón, separado del gran risco de Acoma por un angosto pero terrible tajo. Al atardecer tenían ya el cañón apuntando hacia la ciudad, y el retumbante disparo, cuando la bala de piedra fue lanzada sobre Acoma, fue la señal, para la tropa que estaba al extremo norte de la meseta, de que se había tomado la primera posición estratégica, a la vez que advirtió a los indios del peligro que les amenazaba por otro lado.

Aquella noche, pequeños grupos de españoles treparon por los grandes precipicios que cercan ese valle en forma de artesa por oriente y poniente; talaron pequeños pinos, arrastrando con inmenso trabajo los troncos peñas abajo y a través del valle, para subirlos al farallón donde se habían situado los doce hombres con el pedrero. Una docena de hombres quedaron guardando los caballos al extremo norte de la meseta, y el resto de la fuerza se juntó a los doce arcabuceros, ocultándose en las grietas del farallón. AL otro lado del tajo, los indios estaban tendidos en las hendeduras o detrás de las rocas, esperando el ataque.
La madrugada del veintitrés, un piquete de hombres escogidos, a una señal, salieron corriendo de sus escondites con una toza cargada en hombros, y con una acertada maniobra la colocaron al otro extremo sobre el lado opuesto, por encima del abismo. Salieron corriendo los españoles y empezaron a desfilar, guardando el equilibrio por aquel vertiginoso “puente”, recibiendo una descarga de piedras y saetas. Habían cruzado ya varios, cuando uno de ellos, en su excitación, cogió la cuerda que estaba amarrada a la toza y arrastró ésta detrás de él.

Fue aquel un momento terrible. Eran menos de doce los españoles que así quedaron al borde de Acoma, separados de sus compañeros por un precipicio de centenares de pies de profundidad, y rodeados por enjambres de indios. Estos, saliendo de su refugio, cayeron al instante sobre ellos, rodeándolos. Mientras el soldado español podía mantener a los indios a distancia, hasta sus toscas armas e ineficaz armadura le daban cierta ventaja; pero, a tan corto alcance, aquellos mismos arreos eran un impedimento fatal por su tosquedad y su peso. Parecía entonces como si fuese a repetirse la anterior matanza de Acoma, y los aislados españoles fuesen a ser destrozados; pero en aquel momento crítico, un hecho de increíble valor personal les salvó a ellos y a la causa de España en Nuevo Méjico. Un esbelto, inteligente y joven oficial, u estudiante que era amigo particular y favorito de Oñate. Salió del grupo de los consternados españoles que se hallaban al otro lado del tajo, y que no se atrevían a disparar contra los enemigos para no herir a sus compañeros que estaban mezclados con ellos, y, corriendo como un gamo, se fue hacia el precipicio. Al llegar al borde, encogió su ágil cuerpo, saltó al aire como un pájaro y salvó el abismo. Cogiendo en seguida la toza, con un esfuerzo desesperado la empujó hasta que sus compañeros pudieron agarrarla desde el otro borde, y por encima del restablecido puente pasaron los soldados españoles, salvando la situación.

Empezó entonces una de las más tremendas luchas cuerpo a cuerpo que registra la historia de América. Peleando en proporción de uno contra diez; mezclados entre una turba de salvajes que daban alaridos y luchaban con el frenesí de la desesperación; acuchillados con armas melladas; aturdidos por los golpes de maza; acribillados por las erizadas flechas; agotados, exhaustos y cubiertos de sangre, Zaldívar y su puñado de héroes se abrieron camino, pulgada a pulgada, paso a paso, usando sus mosquetes pesados como mazas; hiriendo con sus chafarotes; parando mortales golpes y arrancando las barbadas flechas de sus trémulas carnes. ¡Iban avanzando, avanzando siempre; lanzando valerosos el grito de guerra de Santiago; acorralando a su tenaz enemigo con valor todavía más tenaz; hasta que al fin los indios, convencidos de que aquellos no eran enemigos humanos, huyeron a refugiarse en sus casas semejantes a fortalezas, pudiendo así alentar los españoles! Otras tres veces se leyó la intimidación a rendirse ante aquellas extrañas viviendas de cerca de mil pies de largo cada una y que parecían tramos de una gigantesca escalinata labrada en una sola roca. Aun entonces deseaba Zaldívar evitar más derramamiento de sangre y pidió que solo le entregasen para castigarlos, los asesinos de su hermano y de sus compatriotas. Todos los demás que se rindiesen y que se hiciesen súbditos del “Rey, nuestro señor”, serían bien tratados. Pero los tercos indios, como lobos heridos en su madriguera, se mantuvieron parapetados en sus casas y rehusaron toda proposición de paz.


El risco fue tomado; pero quedaba aún la ciudad. Cada pueblo de los indios era una verdadera fortaleza, y Zaldívar tuvo que atacar a Acoma casa por casa, habitación por habitación. El pequeño pedrero fue colocado enfrente de la primera fila de casas, y pronto empezó a hacer disparos con alguna lentitud. Al derrumbarse las paredes de adobe bajo el constante cañoneo de las balas de piedra, solo forman grandes barricadas de tierra que ni siquiera podría atravesar nuestra moderna artillería, y cada casa tenía que tomarse separadamente a punta de espada. Algunas de las casas derruidas se incendiaban con la lumbre de sus fogones, y no tardó en cubrir la ciudad un humo asfixiante, del cual salían los gritos de las mujeres y de los niños y los provocadores alaridos de los guerreros. El humanitario Zaldívar hizo cuanto pudo para salvar a las mujeres y a los niños, con gran peligro de sí mismo; pero muchos perecieron bajo las paredes derrumbadas de sus propias casas.

El terrible asalto duró hasta el mediodía del veinticuatro de enero. De vez en cuando partidas de guerreros realizaban salidas, tratando de abrirse paso por entre las filas de españoles. Muchos, en su desesperación, se lanzaron desde lo alto del risco, pereciendo estrellados al pie del mismo. Solo dos indios de los que dieron tan pasmoso salto sobrevivieron, tan milagrosamente como los cuatro españoles de la primera matanza, y también como ellos lograron salvarse.

Por fin, al mediodía del tercero, los viejos salieron pidiendo clemencia, y ésta les fué concedida en el acto.
En el momento en que se rindieron, se olvidó su rebeldía y se perdonó su traición. Ya no hubo necesidad de más castigo. Los cabecillas que causaron la muerte del hermano de Zaldívar habían muerto, como también casi todos sus aliados navajos. Fue aquella la lucha más sangrienta que se ha conocido en Nuevo Méjico. En aquellos tres días de combate tuvieron los indios quinientos muertos y muchos heridos, y de los españoles supervivientes no hubo uno que no quedase para toda la vida con horrendas cicatrices como recuerdo de Acoma. Quedó la ciudad tan destrozada que tuvo que construirse de nuevo, y el infinito trabajo con que los pacientes indios habían subido a lo alto del risco sobre sus espaldas todas las piedras y la madera y la arcilla necesarias para construir una ciudad de casas de varios pisos, para cerca de mil almas, tenía que repetirse. También sus cosechas y todas las provisiones que tenían almacenadas, en obscuros aposentos de aquellas casas con terrados, habían quedado destruidas y era necesario reponerlas. En verdad que “los de arriba” habían enviado un terrible castigo a aquel pueblo por su traición a Juan de Zaldívar.
Cuando sus hombres se hubieron recuperado lo bastante de sus heridas, Vicente de Zaldívar, héroe del asalto más prodigioso que refiere la historia, regresó victoriosamente a San Gabriel de los Españoles, llevando consigo ochenta muchachas de Acoma, que envió a las monjas de Méjico para que las educasen. ¡Qué gritería debió de armarse en las murallas de la pequeña colonia cuando sus ansiosos atalayas vieron por fin su pequeño ejército de guerreros, pálidos y cubiertos de andrajos, regresar lentamente a sus hogares, caminando sobre la nieve y montados en flacos jamelgos!


Los demás pueblos que habían estado en acecho como los gatos, escondiendo las uñas, pero con todos sus músculos prontos a saltar quedaron paralizados de espanto. Esperaban ver a los españoles derrotados, ya que no aplastados, en Acoma, y entonces un rápido levantamiento de todas las tribus hubiera acabado con todos los invasores. Pero había sucedido lo imposible. ¡Ahko, la orgullosa ciudad encumbrada de los Queres! ¡Ahko, la rodeada de riscos, la inexpugnable, había caído en poder de los pálidos extranjeros! ¡Sus bravos guerreros habían perecido; sus fuertes casas eran un montón de humeantes ruinas; su riqueza se había perdido; su pueblo estaba casi borrado de la faz de la tierra! ¿Cómo luchar contra “hombres tan poderosos”, contra aquellos extraños brujos a quienes debían proteger “los de arriba”, pues de otro modo no podrían hacer tan sobrehumanas proezas? Relajados sus encogidos nervios, el gran gato empezó a runrunear como si nunca hubiese soñado en coger ratones. Ya no pensó más en rebelarse contra los españoles, y los indios hasta se esforzaron en aquietarse a favor de aquellos terribles extranjeros. Le llevaron a Oñate la noticia del asalto de Acoma algunos días antes de que Zaldívar y sus héroes regresasen a la pequeña colonia, y fueron asaz villanos para entregarle dos indios Queres que, huyendo de aquel espantoso combate, se habían refugiado entre ellos. En adelante, los pueblos no dieron ya que hacer al gobernante Oñate.


Pero los de Acoma no parecieron tomar la lección tan a pecho como los otros. Quedaron demasiado destrozados y quebrantados para pensar en otra guerra con sus invencibles enemigos; no obstante, mostraron una implacable hostilidad a los españoles por espacio de treinta años, hasta que fue la ciudad conquistada de nuevo mediante una heroicidad tan brillante como la de Zaldívar, aunque de muy distinta manera.


En 1629, Fray Juan Ramírez, “el apóstol de Acoma”, salió solo de Santa Fe para fundar una misión en la encumbrada ciudad de feroces bárbaros. Se le ofreció una escolta de soldados, pero él la rehusó y salió a pié, enteramente solo y sin más armas que su crucifijo. Recorriendo con dificultad su penoso y arriesgado camino, llegó al cabo de muchos días al pié de la gran “isla” de roca, y empezó el ascenso. En cuanto los indios vieron a una persona extraña, y de la gente que ellos aborrecían, corrieron hasta el borde del risco y le lanzaron una lluvia de flechas, algunas de las cuales atravesaron sus hábitos. En aquel momento, una niña de Acoma, que estaba en el mismo borde de la ingente roca, se asustó al ver la saña de su gente y, perdiendo el equilibrio se depeñó al precipicio. Pero quiso la providencia que solo cayese unas cuantas yardas sobre un reborde arenoso cerca de donde estaba Fray Juan, y donde no podían verlos los indios, quienes supusieron que había caído hasta la sima. Fray Juan se acercó a recogerla y la llevó sana y salva hasta arriba, y al ver este aparente milagro, los salvajes quedaron desarmados y lo recibieron como a un mago. El buen hombre vivió solo en Acoma más de veinte años, amado por los naturales como un padre, y enseñando a sus atezados conversos con tanto éxito, que con el tiempo muchos de ellos sabían el catecismo y podían leer y escribir en español. Además, bajo su dirección y con muchísimo trabajo, construyeron una gran iglesia. Cuando murió en 1664, los acomas, que habían sido los indios más feroces llegaron a ser los más dóciles de Nuevo Méjico y los más adelantados en civilización. Pero pocos años después de su muerte, ocurrió el levantamiento de todos los pueblos, y durante las largas y desastrosas guerras que se siguieron, fue destruida la iglesia y desaparecieron, en gran parte, los frutos del trabajo del valiente Fray Juan. En aquella rebelión, Fray Lucas Maldonado, que era entonces misionero en Acoma, fue asesinado por su rebaño el diez o el once de agosto de 1680. En noviembre de 1692, Acoma se rindió voluntariamente al conquistador de Nuevo Méjico Diego de Vargas. Al cabo de pocos años, sin embargo, se rebeló de nuevo y en agosto de 1696, Vargas marchó contra la ciudad, pero no pudo asaltarla. Gradualmente los pueblos fueron viviendo en paz con los humanitarios conquistadores y llegaron a merecer la benevolencia con que constantemente se les trataba. La misión fue reestablecida en Acoma por el año 1700, y allí se eleva hoy una enorme iglesia que es una de las más interesantes del mundo, dados el infinito trabajo y la paciencia con que fue construida. La última tentativa de levantamiento de los indios Pueblos ocurrió en 1728; pero en ella no tomó parte Acoma.La curiosa escalera de piedra por la que Fray Juan Ramírez subió la primera vez a su peligrosa parroquia bajo una lluvia de flechas todavía la usan los habitantes de Acoma, quienes le han dado el nombre del “camino del Padre”."

Los exploradores españoles del siglo XVI - I

[Reproduzco a continuación la primera parte de otro texto del libro de Lummis Los exploradores españoles del siglo XVI perteneciente al capítulo: Los primeros caminantes de América. Cuenta, en dos partes, una de las más impresionantes batallas en el Nuevo Mundo.]


La guerra de la roca


"Algunos de los heroísmos y penalidades más característicos de los exploradores en nuestro dominio, ocurrieron alrededor de la asombrosa roca Acoma, la extraña ciudad empinada de los pueblos Queres. Todas las ciudades de los indios pueblos estaban construidas en sitios fortificados por la Naturaleza, lo cual era necesario en aquellos tiempos, puesto que estaban rodeadas por hordas, muy superiores en número, de los guerreros más terribles de que nos habla la historia; pero Acoma era la más segura de todas. En medio de un largo valle de cuatro millas de ancho, bordeado por precipicios casi inaccesibles, se levanta una elevada roca que remata en una meseta de sesenta acres de superficie (40,47 áreas), y cuyos lados que tienen trescientos cincuenta y siente pies ingleses de altura, no solo son perpendiculares, sino que en algunos puntos se inclinan hacia delante. En su cumbre se alzaba – y se alza todavía – la vertiginosa ciudad de Queres.

Las pocas sendas que conducen a la cima, y en las que un paso en falso puede precipitar a la víctima a una muerte horrible, despeñándola desde una altura de centenares de metros, bordean abruptas y peligrosas hendeduras, desde cuya parte superior un hombre resuelto, sin otras armas que piedras, podría casi tener a raya a todo un ejército.


La primera vez que los europeos supieron de esa ciudad aérea fue en 1539, cuando Fray Marcos, descubridor de Nuevo Méjico, la gente de Cibola le habló de la gran fortaleza roqueña de Hákuque, nombre que ellos daban a Acoma, y que sus habitantes llamaban Ahako. Al año siguiente, Coronado la visitó con su pequeño ejército y nos ha dejado un exacto relato de sus maravillas. Esos primeros europeos fueron allí bien recibidos, y los supersticiosos habitantes, que nunca habían visto una barba, ni la cara de un hombre blanco, tomaron a los extranjeros por dioses. Pero hasta medio siglo después , no trataron los españoles de establecerse allí.


Cuando Oñate entró en Nuevo Méjico, en 1598, no encontró de momento oposición alguna, porque su fuerza de cuatrocientos hombres, incluso doscientos armados, era bastante para atemorizar a los indios. Estos eran, naturalmente, hostiles a los invasores de su dominio; pero, viendo que los extranjeros les trataban bien, y temerosos de hacer guerra abierta a aquellos hombres que llevaban trajes duros y mataban de lejos con sus bastones de trueno, los pueblos esperaron ver el resultado de la invasión.


Las tribus de los Queres, Tigua y Jemez se sometieron formalmente al régimen español e hicieron juramento de alianza a la corona por medio de sus representantes reunidos en la población de Guipuy (que ahora se llama Santo Domingo); los mismo hicieron los Tanos, Picuries, Tehuas y Taos, en una conferencia parecida, que celebraron en la población de San Juan, en septiembre de 1598. Al ver su fácil sumisión, Oñate sintió grandes alientos, y decidió visitar personalmente todos los pueblos principales, para hacerlos más seguros súbditos de su soberano.


Había ya fundado la primera ciudad de Nuevo Méjico y la segunda en los Estados Unidos, San Gabriel de los Españoles, donde hoy está Chamita. Ántes de salir a esa peligrosa jornada, despachó a Juan de Zaldívar, su edecán, con cincuenta hombres, a explorar las vastas y desconocidas llanuras que quedaban hacia oriente, para después seguir él por el mismo camino.


Oñate, con una reducida fuerza, salió de la pequeña y solitaria colonia española, que estaba a más de mil millas de distancia de toda ciudad de hombres civilizados, el 6 de octubre de 1598. Primero se dirigió a los pueblos de las grandes llanuras de los lagos salados, al este de las montañas Manzano, sedienta jornada de más de doscientas millas. Volviendo después al pueblo de Puaray (opuesto al que hoy se llama Bernalillo) se desvió hacia el oeste. El 27 del mismo mes acampó al pie de los altos acantilados de Acoma. Los principales de la ciudad bajaron desde lo alto de la roca, y solemnemente juraron alianza a la corona de España. Se les advirtió la gran importancia y significación del paso que acababan de dar, y que si violaban sujuramento serían considerados y tratados como reveldes a Su Majestad; pero ellos se comprometieron a ser fieles vasallos. Trataron a los españoles muy amistosamente, y varias veces invitaron al jefe y a sus hombres a visitar la empinada ciudad. En realidad habían tenido espías en las conferencias celebradas en SantoDomingo y San Juan, y decidieron que el hmbre más peligroso entre los invasores era el mismo Oñate. Si podían matarle a él, creían que los demás extranjeros blancos serían fácilemente derrotados.


Pero Oñate nada sabía de su proyectada traición, y al día siguiente él y su puñado de hombres, dejando solo una guardia con los caballos, treparon por una de las peligrosas "escaleras" de piedra, y se hallaron en Acoma. Los oficiosos indios los condujeron acá y acullá, mostrándoles las extrañas casas de varios pisos de altura y con varias terrazas, los grandes estanques labrados en la roca y el vertiginoso borde del precipicio que por todas partes rodeaba aquella ciudad, semejante a un nido de águila. Finalmente condujeron a los españoles a un sitio en que había una larga escalera de mano, cuyo extremo superior pasaba por una trampa situada en el techo de una gran casa, que era la estufa o sea la sagrada cámara del concejo. Los visitantes subieron al techo por una escalera más pequeña, y los indios trataron de que Oñate bajase por la trampa. Pero el gobernador español, observando que en el aposento de abajo reinaba la obscuridad y sintiéndose de momento receloso, rehusó bajar; y como estaba rodeado de soldados, los indios no insistireron. Después de una corta visita a la población, los españoles bajaron de la roca a su campamento, y desde allí prosiguieron su larga y peligrosa jornada a Monqui y Zuñi. Aquel repentino rasgo de prudencia en la mente de Oñate salvó la historia de Nuevo Méjico, porque en aquela estufa se hallaban apostados algunos guerreros armados. Si hubiese entrado en la cámara, lo hubieran asesinado en el acto; y su muerte hubiera sido la señal para un ataque a los españoles, los que hubieran perecido en aquella lucha desigual.


Volviendo de su viaje de exploración por aquellas desiertas y mortíferas llanuras, Juan de Zaldívar salió de San Gabriel el 18 de Noviembre, para seguir a su jefe. Solo tenía treita hombres. Llegando al pie de la ciudad empinada el día 4 de diciembre, fue muy bien acogido por los acomas, quienes le invitaron a subir y visitar la ciudad. Era Juan tan bueno como valiente soldado, y conocía las estratagemas de guerra de los indios; pero por la primera vez en su vida y fue la última, se dejó engañar.


Dejando la mitad de sus fuerzas al pie del risco para guardar el campamento y los caballos, subió con dieciséis hombres. Había en la ciudad tantas maravillas; era la gente tan cordial, que los visitantes pronto olvidaron toda sospecha que pudieran abrigar, y gradualmente fueron dispersándose aquí y allá para ver las cosas más notables. No esperaban sino esto los habitantes, y cuando el jefe de los guerreros lanzó su grito de guerra, hombres, mujeres y niños cogieron piedras y mazas, arcos y cuchillos de pedernal, y cayeron con furia sobre los dispersos españoles. Fue una horrenda y desigual lucha la que contempló el sol de invierno aquella triste tarde en la ciudad empinada. Aquí y allá, de espalda a la pared de una de aquellas extrañas casas, veáse un soldado de faz lívida, desarrapado, cubierto de sangre, blandiendo su pesado mosquete como si fuese una maza, o dando tajos desesperados co una espada ineficaz contra la tostada y famélica canalla que le rodeaba, mientras llovían piedras sobre su calada visera y por todas partes recibían golpes de clavas y pedernales. No había ningún cobarde en aquella malhadada cuadrilla; vendieron caras sus vidas; delante de cada cual había tendido un montón de cadáveres. Pero uno a uno, aquella ola de rugientes bárbaros ahogaba a cada tremendo y silencioso luchador, y se desviaba para ir a hendir el mortífero aluvión que envolvía a otro. El mismo Zaldivar fué una de las primeras víctimas, y en aquel desigual combate murieron otros dos oficiales, seis soldados y dos sirvientes.


Los cinco que sobrevivieron – Juan Tabaro, que era alguacil mayor y cuatro soldados – pudieron por fin juntarse, y con sobrehumano esfuerzo, luchando y sangrando por varias heridas, se abrieron paso hasta el borde del precipicio. Pero sus salvajes enemigos los perseguían, y sintiendose demasiado débiles para seguir matando hasta llegar a una de las escaleras del risco, en el paroxismo de su desesperación, los cinco se arrojaron desde aquella tremenda altura.
No hay memoria de otro salto tan terrible como el que dieron Tabaro y sus cuatro compañeros. Aún suponiendo que hubiesen tenido la suerte de llegar hasta el borde más bajo de aquel risco, la altura no pudo ser de menos de ¡ciento cincuenta pies ingleses! y, sin embargo, solo uno de los cinco se mató en tan inconcebible caída: los cuatro restantes, atendidos por sus aterrorizados compañeros del campamento, finalmente se repusieron.


Esto parecía increíble si no estuviese completamente comprobado por pruebas históricas. Es probable que cayesen sobre uno de los montones de blanca arena que el viento había arremolinado en algunos sitios al pie del risco.
Afortunadamente los indios victoriosos no atacaron el pequeño campamento. Los supervivientes tenían aún sus caballos, animales desconocidos de los indígenas a quien infundían pavor. Durante algunos días los catorce soldados y sus cuatro semimuertos compañeros, acamparon bajo el saliente costado del risco, donde estaban a salvo de toda clase de proyectiles que pudiesen arrojarles desde arriba, pero esperando a cada momento ser atacados por los naturales. Tenían la seguridad de que la matanza de sus camaradas no era más que el preludio de un levantamiento general de los veinticinco o treintamil indios Pueblos, y sin reparar en el peligro que corrían, decidieron por fin dividirse en pequeños grupos y separarse; unos para seguir a su jefe en su jornada hasta Moqui y avisarle del peligro que le amenazaba; y otros para cruzar a toda prisa centenares de áridas millas hasta llegar a San Gabriel y defender a las mujeres y a los niños que allí había y a los misioneros que se habían esparcido entre los indios.


Este plan de abnegación se realizó felizmente. Los pequeños grupos de tres y de cuatro llevaron la noticia a sus compatriotas, y a fines del año1598 todos los españoles supervivientes en Nuevo Méjico se pusieron a salvo en la aldea de San Gabriel. Estaba la población construida al modo indio, esto es, en forma cuadrada, y en la plaza central se habían colocado los rudos pedreros – especies de obuses que lanzaban balas de piedras -, los cuales defendían las puertas. Sobre las azoteas de las casas de adobe, de tres pisos, las valerosas mujeres vigilaban de día, y los hombres, con sus pesados mosquetes, montaban las guardias en las noches de invierno, para prevenirse contra el esperado ataque. Pero los pueblos quedaron sobre las armas. Esperaban ver lo que Oñate haría con Acoma, antes de tomar medida alguna contra los extranjeros. Oñate se encontró en un difícil dilema.


No se necesita saber ni la mitad de lo que sabía aquel español, ya encanecido y sosegado, acerca del carácter de los indios, para comprender que debía castigar sumariamente a los rebeldes por la matanza de sus hombres, o abandonar para siempre su colonia y Nuevo Méjico. Si semejante atropello quedase sin castigo, los osados Pueblos no dejarían con vida a ningún español. Por otra parte, ¿cómo podría él llegar a conquistar aquella inexpugnable fortaleza de roca ? Tenía menos de doscientos hombres, y solo podía destinar parte de estos para la campaña, pues de lo contrario, los otros pueblos, en su ausencia, se levantarían y aniquilarían a San Gabriel y sus habitantes. En Acoma había trescientos guerreros bien contados, secundados además por no menos de cien navajos.


Pero no existía otra alternativa. Cuanto más lo pensaba y consultaba con sus oficiales, más claro veía que la única salvación estaba en tomar aquel Gibraltar de Queres, y resolvió llevar a cabo el proyecto. Oñate deseaba dirigir en persona tan atrevida empresa; pero había uno que tenía más derecho al desesperado honor que el capitán general, y ese era el olvidado héroe Vicente de Zaldivar, hermano del asesinado Juan. Era sargento mayor de aquel pequeño ejército, y cuando se presentó a Oñate y pidió que se le diese el mando de la expedición contra Acoma, no hubo medio de rehusarle.


El 12 de Enero de 1599 Vicente de Zaldivar salió de San Gabriel a la cabeza de setenta hombres. Sólo unos cuantos de ellos iban armados con sus toscos mosquetes de la época; la mayoría no eran arcabuceros, sino piqueros, armados unicamente con lanzas y espadas, y llevaban chaquetas acolchadas o mallas batidas. Un pequeño pedrero, amarrado sobre el lomo de un caballo, era su única <<>>.
Silenciosa y denodadamente la pequeña fuerza emprendió la árdua jornada. Todos conocían la inexpugnable roca, y pocos acariciaban la esperanza de volver de aquella misión desesperada; pero a nadie se le ocurrió la idea de retroceder. La tarde del onceno día, la fatigada tropa pasó la última meseta y llegó a la vista de Acoma. Los indios, avisados por sus centinelas, estaban prontos a recibirla. Toda la población, con los aliados navajos, hallábase en armas en las azoteas y en los riscos estratégicos. Indígenas desnudos, pintados de negro, santaban de grieta en grieta, aullando, desafiando y vomitando insultos contra los españoles. Los exorcistas grotescamente disfrazados, estaban en pináculos prominentes, tocando sus tambores y lanzando maldiciones y exorcismos a los vientos, y todo el populacho se unía al coro de rugidos y amenazas.


Zaldívar hizo alto con su pequeña partida al pie del risco, acercándose cuanto pudo hacerlo sin peligro. El indispensable heraldo salió de las filas y después de un toque de tromperta, procedió a leer a voz en cuello la formal intimación a rendirse en nombre del rey de España. Por tres veces vociferó aquella intimación; pero cada vez apagaron su voz los gritos y aullidos de los enfurecidos indígenas, y una lluvia de piedras y flechas cayó en peligrosa proximidad. Zaldívar deseaba conseguir la rendición de la plaza, pedir que se le entregasen los cabecillas de la matanza y llevárselos a San Gabriel, para que fueran oficialmente procesados y castigados sin causar daños a los demás habitantes de Acoma; pero los indios, viéndose seguros en su natural fortaleza, se burlaban del misericordioso llamamiento. Era evidente la necesidad de tomar Acoma por asalto. Los españoles acamparon sobre la arena, y haciendo lúgbres planes para el día siguiente, pasaron allí la noche, que hizo más horrenda la baraúnda de la monstruosa danza de guerra que celebraban los habitantes de la ciudad."

Los exploradores españoles del siglo XVI - El más intrépido caminante

Reproduzco a continuación el siguiente texto del libro de Lummis Los exploradores españoles del siglo XVI perteneciente al capítulo: Los primeros caminantes de América.

El más intrépido caminante

"El estudiante más familiarizado con la historia, se queda atónito a cada paso ante el relato de las jornadas de los exploradores españoles. Aun cuando no hubiesen hecho otra cosa en el Nuevo Mundo, sus largas marchas por sí solas serían suficientes para darles fama. En ninguna otra parte se ha sabido jamás de tantos y tan largos viajes por semejantes desiertos. Para comprender esas jornadas de millares de millas, que hacían aquellos héroes, ya solos o en pequeñas partidas, tiene uno que conocer el país que atravesaron y saber algo de los tiempos en que esos hechos se llevaron acabo.

Los cronistas españoles de aquél tiempo no insisten al hablar de las dificultades y peligros que encontraban: es lástima que, siquiera por vanagloria, no se extendieran en el relato de aquellos obstáculos. Pero por lacónicas que sean las narraciones sobre tales puntos, despréndese de ellas que encontraron grandes obstáculos y tuvieron que vencerlos; y aún hoy día, después que tres centurias y media han hecho más habitable aquel desierto que cubría medio mundo; que han domeñado a sus naturales; que lo han llenado de cómodas estaciones; que lo han cruzado con fáciles caminos y le han quitado el noventa por ciento de sus terrores, encontraríanse pocos hombres lo bastante atrevidos para emprender las tremendas jornadas que aquellos bravos héroes consideraban como tareas diarias.


El único hecho casi comparable con las caminatas de los españoles por el Nuevo Mundo, es la historia de los argonautas de California, en 1849, los cuales atravesaron las extensas llanuras con el más notable movimiento de población que refiere la historia; pero aun ese incidente fue mezquino en cuanto a superficie, penalidades, peligros y fortaleza, comparado con los viajes de los exploradores españoles.


Las jornadas de mil millas a través de los desiertos o de las más fatales todavía selvas tropicales, fueron demasiado numerosas para ni siquiera catalogarlas. Una cosa es seguir una senda, y otra penetrar en un páramo sin senda alguna. Una cosa es ir en larga caravana de carromatos bien armados, y otra muy distinta marchar en pequeñas partidas, a pie o en pencos cansados. Una jornada desde un punto conocido a otro conocido también – ambos dentro del mundo civilizado, aun cuando entre los dos se extiendan tierras desiertas, - es muy distinta de una jornada que se emprende desde un punto, a través de tierras ignotas, a otro punto ignorado, siendo la salida, el trayecto y el término cosas del azar y la ventura, sin guías ni jalones que marquen el camino. Lejos de mí la idea de rebajar el heroísmo de nuestros argonautas. Dejaron en la historia una página de la que puede estar orgulloso cualquier pueblo; pero no llegaron nunca a igualar las proezas de similares héroes de otra nacionalidad y de otra época.


El recorrido de Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, el primer caminante de Norteamérica, quedó eclipsado por la proeza del infeliz y olvidado soldado Andrés Docampo. Cabeza de Vaca anduvo mucho mas de diez mil millas; pero Docampo pasó de veinte mil, y sufriendo igualmente terribles penalidades. Las exploraciones de Cabeza fueron mucho más valiosas para el mundo; no obstante, ninguno de los dos salió con intenciones de explorar. Pero Docampo hizo su terrible marcha a pie, voluntariamente y con un fin heroico que tuvo a la postre un enorme resultado; mientras que la empresa de Cabeza fue simplemente el heroísmo de un hombre muy singular para librarse de la desgracia. Las andanzas de Docampo duraron nueve años; y aun cuando no dejó libro alguno relatando sus observaciones, como lo hizo Cabeza, el esqueleto de su historia que nos ha quedado es sumamente sugestivo y característico de aquella época, y refiere otros heroísmos, además del de aquel bravo soldado.


Cuando Coronado fue por primera vez a Nuevo Méjico, en 1540, llevó cuatro misioneros con su pequeño ejército. Fray Marcos pronto volvió a Méjico desde Zuñi por causa de sus dolencias, Fray Juan de la Cruz emprendió con empeño su obra de misionero entre los indios pueblos; y cuando Coronado y su partida abandonaron el territorio, insistió en quedarse en sus atezados catecúmenos de Tiguex (Bernalillo). Era ya muy viejo y estaba seguro de que su ida se acabaría en cuanto se fuesen sus paisanos, y, en efecto, así aconteció. Fue asesinado por los indios sobre el 25 de noviembre de 1542.


El hermano lego Fray Luis Descalona, también muy anciano, escogió como parroquia el pueblo de Tshiquite (Pecos) y se quedó allí después que se fueran los españoles. Construyóse una pequeña choza fuera de la gran ciudad fortificada de los indios, y allí enseñaba a los que querían oirle, y cuidaba un pequeño rebaño de carneros, resto de los que llevara Coronado y que fueron los primeros que entraron en los actuales Estados Unidos. Los indios llegaron a quererle sinceramente, excepto los exorcistas, que lo odiaban por su influencia; por fin estos lo asesinaron y se comieron los carneros.


Fray Juan de Padilla, el más joven de los cuatro misioneros y el primero que sufrió el martirio en tierra de Kansas, era natural de Andalucía y hombre de gran energía, tanto física como mental. Tampoco hizo mal papel como andariego, y nuestros andarines profesionales quedarían estupefactos si tuvieran que recorrer por el desieto los millares de millas que recorrió aquel incansable apóstol de los indios en el desierto sudoeste.


Había desempeñado muy importantes cargos en Méjico, pero abandonó gustoso sus honores para convertirse en un pobre misionero entre los salvajes del ignoto norte.


Habiendo acompañado la partida de Coronado desde Méjico a las siete ciudades de Cibola, a través de los desiertos, Fray Padilla se traslado a Moqui con Pedro de Tobar y su partida de veinte hombres, para recorrer otras mil millas. Fue en esa expedición, uno de los primeros que pudieron contemplar la elevada ciudad de Acoma, el rio grande dentro de lo que es hoy Nuevo Méjico y el gran pueblo de Pecos.


En la primavera de 1541, cuando un puñado de hombres se había reunido en Bernalillo, y Coronado salió en busca del fatal mito áureo de Quivira, Fray Padilla le acompañó. En esa marcha de ciento cuatro días por las áridas llanuras, antes de llegar a las Quiviras, al nordeste de Kansas, sufrieron los exploradores muchas torturas por falta de agua y a veces de alimento. El traicionero guia que llevaban les engañó, y anduvieron errabundos mucho tiempo en un círculo, cubriendo una larga distancia, probablemente de más de mil quinientas millas. Los expedicionarios iban a caballo, pero en aquellos días los humildes padres iban a pie. No hallando más que contrariedades, los exploradores retrocedieron hacia Bernalillo, aunque por un camino más corto, y Fray Padilla fue con ellos.


Pero ya el héroe había determinado que su campo de acción debía estar entre aquellos indios, sioux y otros hostiles, errantes y que convivían con los búfalos en las llanuras; así es que cuando los españoles evacuaron Nuevo Méjico, él se quedó. Con el estaba el soldado Andrés Docampo, dos jóvenes mejicanos de Michoacán, Lucas y Sebastián, llamados los Donados, y unos cuantos jóvenes idios mejicanos. En el otoño de 1542, esa pequeña partida salió de Bernalillo para emprender una marcha de mil millas. Andrés era el único que iba montado; el misionero y los jóvenes indios marchaban penosamente a pie por aquel desierto arenoso. Pasaron por la población de Pecos; de allí atravesaronun rincón de lo que es hoy Colorado y el gran estado de Kansas en casi toda su longitud. Por fin, después de una larga y fatigosa marcha, llegaron a las aldeas de los indios quiviras, donde hayaron albergue provisional. Coronado había plantado una cruz de gran tamaño en una de esas aldeas y allí estableció su misión Fray Padilla. Con el tiempo los indios hostiles fueron deponiendo su recelo y "le amaron como a un padre".
Por último decidió trasladarse a otra tribu nómada, donde parecía que era más necesaria su presencia. Fue un paso muy peligroso; porque no tan solo podían aquellos desconocidos recibirle con intención homicida, sino que corría igual riesgo al abandonar su presente rebaño. Los indios, supersticiosos, no se avenían a perder a tan exorcista como creían que era Fray Juan, y menos a que sus enemigos se aprovechasen de sus servicios, pues todas aquellas tribus errantes se hacían la guerra unas a otras. No obstante Fray Padilla resolvió a irse, y se fue con su pequeño cortejo. A un día de jornada de las aldeas de los quiviras, tropezaron con una partida de indios en son de guerra. Al verles acercarse, el buen padre pensó, ante todo, e salvar a sus compañeros. Andrés tenía aún su caballo, y los muchachos eran veloces corredores.

<< - ¡Huíd hijos míos! – gritó Fray Juan. – Salvaos, porque no podéis ayudarme y nada ganaríamos con morir todos juntos. ¡Corred! >>.
Al principio rehusaron; pero el misionero insistió, y como nada podían contra los indígenas, por fin obedecieron y apelaron a la fuga. Esto, a primera vista, no parece muy heróico; pero les disculpa la consideración de lo que eran aquellos tiempos. No tan solo era gente humilde, acostumbrada a obedecer a los buenos padres, sino que había otro y más poderoso motivo para que procediesen como lo hicieron. En aquellos días de fervorosa fe, se consideraba el martirio no solamente como un heroísmo, sino como una profecía: creíase que indicaba nuevos triunfos para el cristianismo, y era un deber llevar la noticia y propagarla por el mundo. Si ellos se hubiesen quedado y hubiesen perecido con el padre – y a buen seguro que sus fieles secuaces no lo temían físicamente, - la lección y la gloria de su martirio se hubiesen perdido para la humanidad.

Fray Juan se arrodilló en la vasta lanura y encomendó su alma a Dios; y mientras oraba, los indios le atravesaron con sus flechas. Cavaron luego una fosa y echaron el cadáver del primer mártir de Kansas, colocando en aquel sitio un gran montón de tierra. Esto ocurrió en el año 1542.

Andrés Docampo y los muchachos pudieron escapar entonces; pero no tardaron en caer prisioneros de otros indios, que los tuvieron diez meses como esclavos. Les pegaban y mataban de hambre, obligándoles a hacer las labores más pesadas y más viles. Por fin, después de trazar muchos planes y de varias tentativas infructuosas, lograron escapar de sus bárbaros amos. Luego anduvieron a pié y errantes durante ocho años, solos y sin armas, de un lado para otro, en aquellas llanuras secas e inhospitalarias, sufriendo increíbles privaciones y peligros. Por último, después de aquellos millares de millas que lastimaron sus pies, todavía anduviero hasta la ciudad mejicana de Tampico, situada en el gran golfo. Fueron allí recibidos como muertos resucitados. No conocemos los detalles de tan horrenda e incomparable jornada; pero está comprobado en la historia. Durante nueve años, aquellos infelices fueron recorriendo los desiertos a pie y dando mil vueltas, empezando al nordeste de Kansas para ir a terminar al sur de Méjico.

Sebastián murió poco después de su llegada al estado mejicano de Culiacán; las penalidades del viaje habían sido demasiado excesivas aún para un cuerpo tan joven y fuerte como el suyo. Su hermano Lucas se hizo misionero entre los indios de Zacatecas y continuó su trabajo entre ellos durante muchos años, muriendo al fin a una edad muy avanzada. En cuanto al valiente soldado Docampo, poco después de haber vuelto al mundo civilizado, desapareció, sin que se supiese más de él. Tal vez se llegue a descubrir algunos antiguos documentos españoles que arrojen alguna luz sobre el resto de su vida y la suerte que le cupo."