domingo, 16 de enero de 2011

¡Acelera y no pises el freno!; Curro Ávalos

[Fragmento del libro "Libera todo tu potencial" de Curro Ávalos, exjugador de baloncesto del Unicaja de Málaga, donde deja claro cómo en diferentes aspectos de nuestra vida nos ponemos frenos a nosotros mismos a la hora de plantearnos abordar una acción o una empresa determinada]

"¿Recuerdas los primeros días al volante de tu coche cuando acababas de obtener el carné de conducir? ¿No te pasó nunca que arrancabas y comenzabas a conducir con el freno de mano puesto? ¿Reaccionaste acelerando a tope para poder continuar o soltaste el freno definitivamente? Es evidente que liberaste la palanca.

En la vida ocurre igual. Hay demasiadas personas que viven y actúan con el freno puesto y pretenden resultados que solo se obtienen a 50, 70, o 120 kilómetros por hora. Y en la mayor parte de los casos, operan de esa manera al mantener creencias limitadoras o negativas sobre sí mismos ante situaciones similares ya experimentadas con anterioridad, e incluso ante momentos no vividos pero que han desarrollado en su mente a base de escuchar a otros. Viven inmersos en su zona de confort, haciendo cosas normales y esperando resultados extraordinarios. ¡Menuda incongruencia!

Ocurre también que estas personas han asimilado la falsa idea de que para alcanzar sus sueños tienen que aplicar una energía en sus acciones similar a la de una bomba atómica .
"Para alcanzar tus metas has de sufrir más y sudar mucho más. Sangre, sudor y lágrimas. Pero al final tendrás lo que buscas". Sí, y además una temporadita en el Centro Psiquiátrico más cercano con visitas constantes de un cardiólogo especializado.
¿Por qué no nos fijamos en lo que hacen las personas de éxito?
Los conquistadores de metas no se obligan a pisar el acelerador cuando el freno de mano está ejerciendo su fuerza. Ellos saben que donde verdaderamente hay que trabajar es en "no pisar el freno", dejando que la inercia les haga avanzar al tiempo que hacen frente a sus creencias limitadoras para generar una nueva y mejor imagen de sí mismos.
Recuerda que todo lo que deseas está fuera de tu zona de confort. Si sueñas con alcanzar algo del exterior tendrás que salir a buscarlo eliminando de inmediato todo aquello que haga surgir en tu mente la idea de que no eres digno de tal cosa. Has de destruir ese "hermoso" jardín de tu zona de confort donde abundan la planta del "no puedo", la rosa del "tengo que" y los jazmines del "debería". ¡Has de hacerlo ya!"

jueves, 13 de enero de 2011

El dedo en la llaga

[Fragmento del libro de Mario Conde, Los días de Gloria]

"Vivimos un momento crucial en la sociedad española. Me atrevo a decir que en todo Occidente y hasta en el mundo como globalidad.
La crisis que nos asola es descomunal. No se trata, por supuesto, de un episodio cíclico propio del ritmo evolutivo de la economía. Va mucho más allá. No es un tópico, sino una afirmación incontestable, que en el fondo de nuestra situación lo que late es una verdadera crisis de valores. El andamiaje valorativo con el que hemos edificado nuestra convivencia es lo que en realidad ha fracasado, y el fracaso se mide no solo en términos de paro, quiebras, concursos, desempleo, sino, sobre todo, en la percepción del tipo de hombre que surge como resultado de los esquemas educativos, valorativos y convivenciales de estos años"

martes, 17 de agosto de 2010

¿Qué es un amigo?

Entrevista disponible en YouTube del periodista Soler Serrano al músico argentino de folklore Atahualpa Yupanki. Está hablando de los gauchos allá en la Argentina y de algunos recuerdos de hace ya casi cien años. La entrevista es muy interesante, son siete videos de unos siete minutos cada uno. Aquí solo reproduzco un fragmento.


jueves, 3 de junio de 2010

El estar y el bienestar. - La "necesidad" de la embriaguez. - Lo superfluo como necesario. - Relatividad de la técnica; Ortega y Gasset


[Fragmento de la lección II de su libro Meditación de la Técnica. En la lección I, Ortega establece lo que considera diferencia esencial entre las necesidades humanas y animales. El animal vive solidario con la naturaleza, es naturaleza y está en ella, mientras que el hombre es naturaleza en la parte que a ella le toca, pero esa otra parte del hombre que no lo es, rechaza radicalmente la naturaleza donde se aloja el animal y tiene que inventarse un mundo para sostener su existencia.

Recordemos que esta conferencia, si no me equivoco, fue pronunciada el año 1933]


"Tan antiguos como los inventos de utensilios y procedimientos para calentarse, alimentarse, etc., son muchos otros cuya finalidad consiste en proporcionar al hombre cosas y situaciones innecesarias en ese sentido. Por ejemplo, tan viejo y tan extendido como el hacer fuego es el embriagarse - quiero decir, el uso de procedimientos o sustancias que ponen al hombre en estado psicofisiológico de exaltación deliciosa o bien de delicioso estupor -.
La droga, el estupefaciente es un invento tan primitivo como el que más. Tanto, que no es cosa clara, por ejemplo, si el fuego se inventó primero para evitar el frío - necesidad orgánica y condición sine qua non - o más bien para embriagarse.
Los pueblos más primitivos usan las cuevas para encender en ellas fuego y ponerse a sudar en forma tal que entre el humo y el exceso de temperatura caen en trance de cuasi embriaguez. Es lo que se ha llamado las "casas de sudar". Resulta inacabable la lista de procedimientos hipnóticos, fantásticos, es decir, productores de imágenes deliciosas, de excitantes que dan placer al ejercitar un esfuerzo. Así, entre estos últimos, el "Kat" del Yemen y Etiopía, que hace grato el andar cuanto más se anda por los efectos de aquella sustancia en la próstata. Entre lo "fantástico" recuérdese la coca del Perú, el beleño, el estramonio o datura, etcétera.


Parejamente discuten los etnólogos si es el arco de caza y guerra o el arco musical la forma primitiva del arco. La solución del debate no es cosa que ahora nos importe. El simple hecho de que quepa discutirlo demustra que, sea o no el musical el arco originario, aparece entre los instrumentos más primitivos. Y esto nos basta.
Por que ello nos revela que el primitivo no sentía menos como necesidad el proporcionarse ciertos estados placenteros que el satisfacer sus necesidades mínimas para no morir; por lo tanto, que desde el principio el concepto de "necesidad humana" abarca indiferentemente lo objetivamente necesario y lo superfluo. Si nosotros nos comprometiésemos a distinguir cuales de entre nuestras necesidades son rigorosamente necesarias, ineludibles, y cuales superfluas, nos veríamos en el mayor aprieto. Pues nos encontraríamos: 1º. Con que, ante las necesidades que pensando a priori parecen más elementales e ineludibles -, tiene el hombre una elasticidad increíble. No solo por fuerza, sino hasta por gusto, reduce a límites increíbles la cantidad de alimento y se adiestra a sufrir fríos de una intensidad superlativa. 2º. En cambio, le cuesta mucho o, sencillamente, no logra prescindir de ciertas cosas superfluas(*) y cuando le faltan prefiere morir. 3º De donde se deduce que el empeño del hombre por vivir, por estar en el mundo, es inseparable de su empeño de estar bien. Más aún: que vida significa para él no simple estar, sino bienestar, y que solo siente como necesidades las condiciones objetivas del estar, porque este, a su vez, es supuesto del bienestar. El hombre que se convence a fondo y por completo de que no puede lograr lo que él llama bienestar, por lo menos una aproximación a ello, y que tendría que contentarse con el simple y nudo estar, se suicida.

El bienestar y no el estar es la necesidad fundamental para el hombre, la necesidad de las necesidades. Con lo cual llegamos a un concepto de necesidades humanas completamente distinto del que en la lección anterior topamos, y además opuesto al que, por insuficiente análisis y descuidada meditación, suele adoptarse. Los libros sobre técnica que he leído - todos indignos, por cierto, de su enorme tema (1) - comienzan por no hacerse cargo de que el concepto de "necesidades humanas" es el más importante para aclarar lo que es la técnica. Todos esos libros como no podía menos de ser, hacen uso de la idea de esas necesidades, pero como no ven su decisiva importancia, lo toman según está en la tópica ambiente.
Precisemos ,antes de proseguir, la situación a la que hemos llegado: en la lección anterior considerábamos el calentarse y el alimentarse como necesidades humanas, por ser condiciones objetivas del vivir, en el sentido de mero existir y simple estar en el mundo. Son, pues, necesarias en la medida en que sea al hombre necesario vivir. Y notábamos que, en efecto, el hombre mostraba un raro y obstinado empeño en vivir. Pero esta expresión, ahora lo advertimos, era equívoca. El hombre no tiene empeño alguno por estar en el mundo. En lo que tiene empeño es en estar bien. Sólo esto le parece necesario y todo lo demás es necesidad, sólo en la medida que haga posible el bienestar. Por lo tanto, para el hombre solo es necesario lo objetivamente superfluo. Esto se juzgará paradójico, pero es la pura verdad. Las necesidades biológicamente objetivas no son, por sí, necesidades para él. Cuando se encuentra atenido a ellas se niega a satisfacerlas y prefiere sucumbir. Sólo se convierte en necesidades cuando aparecen como condiciones del "estar en el mundo", que, a su vez, sólo es necesario en forma subjetiva; a saber, porque hace posible el "bienestar en el mundo" y la superfluidad. De donde resulta que hasta lo que es objetivamente necesario solo lo es para el hombre cuando lo es referido a la superfluidad. No tiene duda: el hombre es un animal para el cual sólo lo superfluo es necesario. Al pronto parecerá a ustedes esto un poco extraño y sin más valor que el de una frase, pero si repiensan ustedes la cuestión verán cómo por sí mismos, inevitablemente, llegan a ella. Y esto es esencial para entender la técnica.

La técnica es la producción de lo superfluo: hoy y en la época paleolítica. Es, ciertamente, el medio para satisfacer las necesidades humanas; ahora podemos aceptar esta fórmula que ayer rechazábamos, porque ahora sabemos que las necesidades humanas son objetivamente superfluas y que solo se convierten en necesidades para quién necesita el bienestar y para quien vivir es, esencialmente, vivir bien. He aquí por qué el animal es atécnico: se contenta con vivir y con lo objetivamente necesario para el simple existir. Desde el punto de vista del simple existir el animal es insuperable y no necesita la técnica. Pero el hombre es hombre porque para él existir significa desde luego y siempre bienestar; por eso es a nativitate técnico creador de lo superfluo. Hombre, técnica y bienestar son, en última instancia, sinónimos.

Otra cosa lleva a desconocer el tremendo sentido de la técnica: su significación como hecho absoluto en el universo. Si la técnica consistiese solo en una de sus partes - en resolver más cómodamente las mismas necesidades que integran la vida del animal y en el mismo sentido que puedan serlo para éste -, tendríamos un doblete extraño en el universo: tendríamos dos sistemas de actos - los instintivos del animal y los técnicos del hombre -, que siendo tan heterogéneos servirían, no obstante, la misma finalidad: sostener en el mundo al ser orgánico. Porque el caso es que el animal se las arregla perfectamente con sus sistema, esto es, que no se trata de un sistema defectuoso, en principio. No es ni más ni menos defectuoso que el del hombre.
Todo se aclara en cambio si se advierte que las finalidades son distintas: de un lado servir a la vida orgánica, que es adaptación del sujeto al medio, simple estar en la naturaleza; de otro, servir a la buena vida, al bienestar, que implica adaptación del medio a la voluntad del sujeto.
Quedamos, pues, en que las necesidades humanas lo son solo en función del bienestar. Sólo podremos entonces averiguar cuáles son aquellas si averiguamos qué es lo que el hombre entiende por su bienestar. Y esto complica formidablemente las cosas. Porque...vaya usted a saber todo lo que el hombre ha entendido, entiende o entenderá por bienestar, por necesidad de las necesidades - por la sola cosa necesaria de que hablaba Jesus a Marta y María. (María, la verdadera técnica para Jesus.)

Para Pompeyo no era necesario vivir, pero era necesario navegar, con lo cual renovaba el lema de la sociedad milesia de los aeinaûtai - los eternos navegantes -, a que Tales perteneció, creadores de un nuevo comercio audaz, una nueva política audaz, un nuevo conocimiento audaz: la ciencia occidental.
Hay el faquir, el asceta, de un lado; el sensual, el glotón por otro.
Tenemos, pues, que mientras el simple vivir, el vivir en sentido biológico, es una magnitud fija que para cada especie está definida de una vez para siempre, eso que el hombre llama vivir, el buen vivir o bienestar, es un término siempre móvil, ilimitadamente variable. Y como el repertorio de necesidades humanas es función de él, resultan estas no menos variables, y como la técnica es el repertorio de actos provocados, suscitados por e inspirados en el sistema de esas necesidades, será también una realidad proteiforme, en constante mutación. De aquí que sea vano querer estudiar la técnica como una entidad independiente o como si estuviera dirigida por un vector único y de antemano conocido.

La idea del progreso, funesta en todos los órdenes cuando se la empleó sin críticas, ha sido aquí también fatal. Supone ella que el hombre ha querido, quiere y querrá siempre lo mismo, que los anelos vitales han sido siempre idénticos y la única variación a través de los tiempos ha consistido en el avance progresivo hacia el logro de aquel único desideratum. Pero la verdad es todo lo contrario: la idea de vida, el perfil del bienestar se ha transformado innumerables veces, en ocasiones tan radicalmente, que los llamados progresos técnicos eran abandonados y su rastro perdido. Otras veces - conste -, y es casi lo más frecuente en la historia, el inventor y la invención eran perseguidos como si se tratase de un crimen.
El que hoy sintamos en forma extrema el prurito opuesto, el afán de invenciones, no debe hacernos suponer que siempre ha sido así. Al contrario, la humanidad ha solido sentir un misterioso terror cósmico hacia los descubrimientos, como si en estos, junto a sus beneficios, latiese un terrible peligro. Y en medio de nuestro entusiasmo por los inventos técnicos, ¿no empezamos a sentir algo parecido? Sería de enorme y dramática enseñanza hacer una historia de las técnicas que, una vez logradas y pareciendo "adquisiciones eternas" - ktesis eis aeí -, se volatilizaron, se perdieron por completo."

(1) El único libro que, insuficiente también en lo que se refiere al problema general de la técnica, he podido aprovechar en uno o dos puntos es el Golt-Lilienfeld: Wirtschaft und Technik."
(*) [Parece que "superfluas" debería ir entrecomillado]

jueves, 4 de marzo de 2010

Jesucristo como expresión caritativa de Dios; José Camón Aznar.

[Fragmento de su libro "Dios en San Pablo".]

"Nuestra redención la procura la salvación ajena. Hay en esta caridad un anticipo del futuro inmortal. Porque la caridad incluye a su tema en nuestra personalidad. Al dar, queda incorporado a nuestro espíritu el objeto de la dación. Sólo se supera una cosa después de poseerla. Y la manera de hacer innocuo este mundo tan trágico consiste en convertirlo en criatura nuestra, al acercarnos a él con ánimo caritativo. La caridad es siempre mutua. En nuestra compasión sólo pueden participar aquellos seres capaces de padecer nuestras ansias. Se amplía así fabulosamente nuestra capacidad de magnificación, pues delante de nosotros - es decir, en el seno de Dios - no contamos más que con signos positivos que con sólo nuestro deseo acuden a insertarse en nuestra esencia. Y al ser nosotros objeto de la caridad de Dios, también Él participa de la nuestra.
Con el amor de caridad todo es trascendente. Todo sale de sí para volver con el botín del ser implorante. Allí hasta donde alcanza nuestro óbolo alcanza nuestra comprensión, es decir, nuestro mismo ser. "Llamaré al que no era mi pueblo pueblo mío. Y a lo no amado, amado.", dice Oseas en cita de San Pablo. Todo se unifica así en la posesión caritativa. No hay extrañezas que con intuición de caridad no podamos compartir. Y así resulta nuestra fraternidad hacia todas las cosas, porque al haberlas incorporado con amor de caridad, el espíritu ha franqueado las puertas abiertas por nuestras manos. "Vence al mal con el bien" (Epístola a los Rom., cap.12, vers. 21.) Ésta es la paz de los hombres de buena voluntad. Una activa emulación de caridades, una anelante pesquisa de miserias.

En esta tan desatada locura de caridades del cristiano paulino tendremos que apoyarnos en el mal como escala de perfección. Tendremos que rodearnos de insuficiencias ajenas que colmar para que así rebase nuestra copa. Este exceso de la caridad que requiere torpezas y miserias sobre las que derramarnos, lo carga el Apostol al mismo Dios. La creación queda así explicada, en función de la caridad, como un aliciente de compasión que sin ella le estaba vedado al Creador. Y surge el Génesis. Y con las criaturas, la posibilidad de llevar a su último extremo esta compasión: hasta el mismo martirio y muerte de Dios.
Así Dios se recibe a sí mismo desclavado de una cruz, descansando sobre sus propias rodillas maternas su cuerpo incierto y afrentado. Y, en su virtud de caridad, Dios ha permitido ser victimado en un trance que el entendimiento, exhausto de ardor de comprensión, no puede intuir: negándose a sí mismo. "Dios encerró en incredulidad a todas las cosas para tener misericordia de todos." (Epístola a los Rom., cap. 11, vers. 32.) Y así, hecho hombre, tanteando los muros de su propia obra, Dios se sugiere a sí mismo una compasión que llega a destruir la luz para perdonar y tener caridad de las tinieblas. Dios es víctima de su propia caridad, que lo levanta maltratado y en la forma del Hijo sobre todas las inmundicias de la Tierra.

Al provocar en nosotros actuaciones misericordiosas, la caridad nos asemeja a la única forma posible de actividad humana de Dios. Sus movimientos desarrollan criaturas, en las que se consume el amor a su Hijo. Al insertar en nuestro corazón a los patéticos seres que reclaman nuestra misericordia, hacemos gestos de Génesis. Nos encontramos entonces con una fraterna recepción en los cielos de Dios. Nuestra consciencia se ha manifestado propicia para rebajarse a la pequeñez de los caridados. Tanta será nuestra capacidad de Dios como sea nuestro fervor por disminuirnos en las miserias ajenas. Esta transmutación en tinieblas, esta anulación en la maldad capaz de redención, ¿será quizá esa "noche oscura del alma", esa angustia del perecimiento total que los místicos han sentido antes de ver de frente y enbriagada de amor la faz de Dios? La razón ha topado con el misterio del no ser. Podemos proyectar una divinidad de signo positivo, cuyos más incesantes nos desvanezcan en su desmesurada vastedad. Pero no podemos imaginar un Creador cuya tarea eterna como su esencia, sea el descenso hacia todo lo mínimo. La creación de criaturas lastimadas, cuya compasión lo inclinen hacia esas miserias. Y, sin embargo, así es. Y sólo después de esta caída, hecho un dolor con ellas, Dios se reconoce en su Hijo. Es disciplina de amor exhaustivo lo que Cristo enseña. No hay sendero de angustia que no lleve las huellas de sus pies.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

El joven Zubiri por Julián Marías, maestro de los que saben

[Artículo publicado en la Tercera de ABC el 18 de Febrero de 1998]

"Se cumple un siglo del nacimiento de Xavier Zubiri, mi primer maestro de filosofía, mi amigo de tantos años. Lo conocí en octubre de 1931, en su cátedra de la admirable Facultad de Madrid. Con una sotana pulquérrima, sin haber cumplido treinta y tres años, volvía a ser profesor después de dos años de estudios con Heidegger en Alemania. Hablaba rápida y nerviosamente, sin ahorrar dificultades, con pasión y rigor. Leíamos la Monadología de Leibniz; como yo estudiaba además Ciencias, me decía a veces:«Usted, joven matemático, lo entenderá bien.» Yo tenía diecisiete años. Hicimos pronto excelente amistad, y en ocasiones íbamos a merendar juntos y a ver una película policiaca o de espionaje, o a husmear en librerías de viejo, como dos compañeros –es lo que parecía–. Algún tiempo después, por las frecuentes vejaciones o agresiones, el obispo autorizó a los sacerdotes a usar traje seglar, y Zubiri vistió siempre impecables trajes muy oscuros.

A lo largo de los años he tenido discrepancias filosóficas con Zubiri y algunas decepciones personales, pero mi recuerdo vuelve siempre a aquellos años de juventud, de los que tengo viva nostalgia. Zubiri era un hombre de extraordinario talento, de conocimientos que me atrevo a calificar de excesivos, porque de nada se debe abusar. Era un extraordinario historiador de la filosofía, y mostraba con increíble penetración y hondura el pensamiento cristiano, del que suelen hablar con desprecio los ignorantes deseosos de «hacer méritos». Me aconsejó desde el principio leer la Metafísica de Aristóteles –en la traducción italiana de Armando Carlini, reservando para el curso siguiente el griego y Ortega–.
Seguí con entusiasmo todos sus cursos. En diciembre de 1935 me anunció que no enseñaría desde enero, porque se iba a Roma a resolver su situación eclesiástica y casarse canónicamente con Carmen Castro. Me leyó el manuscrito de su espléndido ensayo «En torno al problema de Dios», que se publicó después en la Revista de Occidente. Desde el año anterior me había pedido colaborar en Cruz y Raya. Por su ausencia, en Roma y desde el comienzo de la guerra civil en París, no estuvo en mi examen de Licenciatura.
Yo tomaba notas de sus cursos; me pedía los cuadernos en que los retenía; nunca me los devolvió. Volvió a España al empezar la Guerra Mundial; por dificultades eclesiásticas, no políticas, no pudo seguir enseñando en Madrid y fue trasladado por dos años a la Universidad de Barcelona; no se sintió cómodo, pidió la excedencia y volvió a Madrid sin cátedra; dio cursos privados, a los cuales asistí siempre, salvo alguna estancia en los Estados Unidos.
En 1944 publicó Zubiri su libro Naturaleza, Historia, Dios –una espléndida colección de ensayos que comenté con entusiasmo, el libro que prefiero entre todos los suyos–. El trabajo final, El ser sobrenatural, me parece un admirable estudio teológico, con asombroso conocimiento de la teología de San Pablo y de los Padres de la Iglesia, sobre todo griegos; al final de su vida le propuse a Zubiri hacer una edición separada, para que pudiera aprovecharse en todo su valor.
Cuando íbamos a casarnos Lolita y yo nos escribió una admirable carta sobre el matrimonio, que le dimos a leer a nuestro hijo mayor cuando al cabo de los años iba a casarse. Zubiri fue director de mi tesis doctoral La filosofía del P. Gratry, pero no asistió al acto en que fue «suspendida» en enero de 1942, en uno de los momentos más increíbles por que pasó la Universidad española.
En el verano de 1955, cuando pasé diez días en el Château de Cérisy en una reunión de filósofos europeos con Heidegger, recordé sus años de convivencia con Zubiri y le propuse mandarle una postal. Me dijo:«Y otra a Ortega.» Escribimos y firmamos las dos postales, y las enviamos a Madrid. Ortega murió unos meses después.
Recuerdo muy bien que un día llegué a la Revista de Occidente; estaban juntos Ortega y Zubiri; me dijeron: «Estábamos hablando de usted y de la suerte que había tenido al no ir a estudiar a Alemania.»
La última larga conversación que tuve con Zubiri fue en el despacho que tenía en lo que era el Banco Urquijo y ahora es Ministerio de Cultura; al final se unió a ella mi hijo mayor, Miguel. Fue particularmente interesante, y tuve la impresión de que había algo de balance y vuelta a aquellos años ya tan remotos.
Me enteré de la muerte de Zubiri de un modo extraño. Volé del Brasil a Costa Rica, en 1983. En el aeropuerto de San José me esperaba el embajador de España, que mencionó de pasada «la muerte de Zubiri»; tuve una sorpresa dolorosa, y se me actualizaron de repente tantos años de nuestras vidas. Muchos años atrás le había dedicado mi introducción a la traducción de la Política de Aristóteles con las palabras que el Dante refiere al filósofo griego: «A Zubiri, "maestro di color che sanno", maestro de los que saben.» Lo era, en grado eminente, quizá, ya lo he dicho, excesivo. Mi esperanza en él era enorme, tal vez distinta de lo que fue su realidad. Hay que recordar la honda fórmula de Dilthey: «La vida es una misteriosa trama de azar, destino y carácter.» De su equilibrio dependen muchas cosas.
Ortega había nacido en 1883; Zubiri en 1898; yo en 1914: tres generaciones, exactamente. En un libro de los que creo que no se deben publicar, compuestos de los papeles privados de autores muertos, encuentro una anotación de Ortega, escrita en Lisboa hace cincuenta y cinco años, que me conmueve profundamente. Dice así: «Mi hijo José que desde hace unos años dirige las ediciones de la "Revista de Occidente" –de quien sólo queda en el aire el nombre– quería publicar la segunda edición de la Historia de la filosofía compuesta por Julián Marías, discípulo de Javier Zubiri y mío. Marías rogó a mi hijo que me pidiese unas páginas de epílogo. Como el libro lleva ya un prólogo de Zubiri nos reuníamos en él tres generaciones de hombres que con continuidad desusada y en estrecha relación personal se han ocupado en el desnudo e implacable mediodía de Madrid, bajo los cierzos de la vecina serranía, de intentar hacer filosofía. Íbamos, pues, a aparecer juntos y confundidos en un solo libro, simbólicamente entreverados y mixtos, –porque, en efecto, el único lío que nos hemos hecho los tres es no saber ya si somos cada cuál de los otros dos discípulos o maestros.»
El libro apareció con el prólogo y un largo epílogo. Yo lo he tenido siempre muy claro. Hace muchos años escribí: «La fidelidad a un maestro, lo que podríamos llamar filiación legítima, no puede ser más que innovación. Por eso, la relación de un pensamiento con el de un maestro podría reducirse a esta fórmula, que es válida para la relación de cualquier filosofía con todo el pasado filosófico: inexplicable sin él, irreductible a él.» "

lunes, 23 de noviembre de 2009

Antonio Gómez Peréira. Siglo XVI

"nosco me aliquid noscere, et quidquid noscit, est, ergo ego sum"; "conozco que yo conozco algo, todo el que conoce existe, luego yo existo"

miércoles, 24 de junio de 2009

Fragmento de la conferencia España; G. Bueno 1998

[El siguiente fragmento reproduce textualmente, con algunos saltos sin pérdida de generalidad, el final de una conferencia pronunciada por Bueno en Asturias con motivo del X aniversario de la asociación de hispanismo filosófico el 14 de Abril del año 1998. El texto parece más que revelador. Para el que quiera escuchar la conferencia completa, está diponible en youtube. aquí]



"...España sigue siendo católica y América también, que una cosa es que el consenso constitucional haya dicho que es una confesión más, los anabaptistas, los testigos de Jehová etc, que tiene algunos privilegios fácticos como hemos visto hace unos días en las procesiones de semana santa, pero lo cierto es que España es católica, sociológicamente católica y América también. Entonces el problema, yo creo que hay que plantearlo de otro modo, el problema es: si España no fuera católica o para los que no lo son, qué significa la presencia del catolicismo una vez purificado de sus elementos que no son religiosos si no que son la religión civil, que decía Barrón, como pueden ser las procesiones de semana santa, es decir, alguien que no es católico ni creyente qué puede recoger, qué puede decir que queda del catolicismo, es decir hasta qué punto debe a ese catolicismo y únicamente a él ciertos valores que son actualmente y que puede compartir con los católicos. Yo por mi parte no puedo hacer aquí ninguna encuesta ni nada de eso, pero por mi parte y deduciendo sencillamente desde la perspectiva que he llevado adelante, me atrevería a decir lo siguiente: que el catolicismo actual español, se define principalmente frente a dos cosas, frente a los protestantes y frente al Islam ¿en qué?, pues por ejemplo, frente a los protestantes, en la crítica al fondo, que a mi me parece que es una idea totalmente católica, la critica al fondo del concepto de conciencia subjetiva, del libre exámen que tantos clérigos postconciliares andan con ella y tantos objetores de conciencia como concepto puramente metafísico, concepto luterano. No hay conciencia subjetiva, esto es un mito. La conciencia es objetiva y unicamente cuando se dan razones es presentable al público. Yo no admito que nadie me diga yo no voy al ejercito porque tengo objeción de conciencia, me está insultando, porque yo fui al ejercito, yo no puedo tolerar esto, que me de razones, no hay objeción de conciencia subjetiva, la objeción de conciencia es de tradición protestante.
Entonces yo creo que la tradición católica obliga realmente a plantear las cosas de otro modo, la tradición católica obliga también a mantener el gusto por la teología y por la filosofía escolástica, el gusto por la teología frente a la teología mistica, el gusto por el razonamiento, el deslindamiento escrupuloso que hizo Suárez, el primer monumento a las disputaciones en donde la filosofía queda totalmente separada de la teología y distingue perfectamente lo que es una cosa y otra como ya lo distinguió Santo Tomás, en donde la teología natural no tiene nada que ver con la teología revelada y en donde la teología es un modo de transformar y de educar a todo el mundo, a todos los creyentes, en un tipo de actitud que es totalmente diferente de ese pietismo nebuloso absurdo que está a dos pasos del nihilismo, está a dos pasos del holocausto sencillamente.
La segunda parte es la lucha contra el Islam ¿y qué hay del catolicismo contra el Islam? Yo aquí subrayaría, en la perspectiva filosófica, subrayaría esto: la defensa de la racionalidad como ligada al cuerpo individual es una idea católica fundamental, es la idea de la resurrección de la carne de la individuación materia signata cuantitate, es decir, no es el alma, es el cuerpo individual, es una doctrina católica, estrictamente católica, anticartesiana completamente y antihansenista en donde la individuación es el alma, no, la individuación es el cuerpo y por consiguiente la razón no viene de un entendimiento agente, universal, viene del entendimiento individual que está ligado a las manos, al cuerpo, la razón es manual, es operatoria. Yo atribuyo a esta doctrina que nosotros mantenemos, la teoría de la razón operatoria, es una doctrina católica realmente, en el fondo es católica y por tanto la oposición del catolicismo al islamismo y al protestantismo la estamos viendo continuamente ahora no solamente en el tercer mundo islámico, porque el tercer mundo es el fanatismo, como sabemos y de hecho al principio, volviendo y anudando con el punto de partida, que la guerra de la reconquista en Asturias fue la lucha contra los politeístas porque la idea cristiana de Dios, Padre, Hijo y Espiritu Santo es una idea pluralista que recoge la idea de la materia del materialismo pluralista frente al monoteísmo fanático de estirpe aristotélica musulmana, fanatismo que estamos viendo estos días en la guerra santa y la lucha contra el protestantismo la estamos viendo literalmente en los imperios depredadores, en el imperio por antonomasia diría el imperio de Estados Unidos, el imperio por antonomasia como llaman en América latina en donde la lucha por ejemplo de los zapatistas es la lucha de los protestantes contra los católicos y no hay que engañarse, es la penetración en Cuba, en Méjico etc de todas las confesiones protestantes que quieren precisamente introducir el inglés precisamente contra España y entonces hay que saber que no hay armonía universal, que estamos en lucha permanente y que ignorar esto es estar en la higuera completamente.
Yo diría que lo que queda realmente del imperio, lo que queda vivo, presente, actuante en nosotros del imperio católico es, no ni siquiera un modo de ser, como diría Ortega, porque no hay modos de ser, hay muchos, si no más bien, para utilizar también la distinción característica española, es un modo de estar, lo que caracteriza o puede caracterizar a los españoles de hoy es un modo de estar, ¿en qué consiste este estar?, yo lo definiría, no en replegarse hacia su historia o hacia su sustancia para tratar de sacar de ella la sabiduría o la razón o la conducta, sino estar viendo continuamente con los ojos abiertos hacia afuera tratando de asimilarlo todo, de digerirlo todo, expelerlo todo etc, es decir de estar controlando absolutamente todo y estar a la espera de que en cualquier momento podamos tener la oportunidad de intervenir en una acción realmente universal."

domingo, 14 de junio de 2009

Las Piedras Negras; Miguel Delibes.

[Reproduzco uno de los capítulos de la novela de Miguel Delibes, Viejas historias de Castilla la Vieja.
Muy bueno el capítulo de este libro de Delibes "La caza de la perdiz roja", quizá el mejor, que por su extensión no he sacado aquí.]

"Próximo a Pimpollada, sin salirse del páramo, según se camina hacia Navalejos, en la misma línea del tendido, se observa en mi pueblo un fenómeno chocante: lo que llamamos de siempre las Piedras Negras. En realidad, no son negras las piedras, pero comparadas con las calizas, albas y deleznables, que, por lo regular, abundan en la comarca, son negras como la pez. A mí siempre me intrigó el fenómeno de que hubiera allí una veta aislada de piedras de granito que, vista en la distancia - que es como hay que mirar las cosas de mi pueblo - parece un extraño lunar. Allí fue donde me subió mi tío Remigio, el cura, el que fue compañero de seminario de don Justo del Espíritu Santo, en Valladolid, la vez que vino por el pueblo a casar a mi prima Emérita con el veterinario de Malpartida. Yo le dije entonces a bocajarro: "Tío, ¿qué es la vocación?" Y él me respondió: "Una llamada". Y yo le dije: "¿Cómo siente uno esa llamada?" Y él me dijo: "Nada de eso; confía en la misericordia de Dios".
Mi tío Remigio era muy nervioso y movía siempre una pierna porque sentía como corrientes y en ocasiones, cuando estaba confesando, tenía que abrir la puerta del confesionario para sacar la pierna y estirarla dos o tres veces. Mi tío Remigio era flaco y anguloso y nada había redondo en su cuerpo fuera de la coronilla y cuando yo le pregunté si se sabía cura desde chico, tardó un rato en contestar y al ´fin me dijo: "Yo oí la voz del señor cazando perdices con reclamo para que lo sepas". Yo me quedé parado, pero, al día siguiente, el tío Remigio me dijo: "Vente conmigo a dar un paseo". Y pian pianito nos llegamos a las Piedras Negras. Él se sentó en una de ellas y yo me quedé de pie, mirándole a la cara fijamente, que era la manera de hacerle hablar. Entonces él, como si prosiguiera una conversación, me dijo: "Yo nunca había cazado perdices con reclamo y una primavera le dije a Patrocinio, el guarda: 'Patro, tengo ganas de cazar perdices con reclamo'. Y él me dijo: 'Aguarda a mayo y salimos con la hembra'. Y yo le dije: '¿La hembra?' Y él me dijo: 'Es el celo, entonces, y los machos acuden a la hembra y se pelean por ella'. Y de que llegó mayo subimos y en un periquete, sobre estas mismas piedras, hizo él un tollo con cuatro jaras y nos encerramos los dos en él, yo con la escopeta, vigilando. Y, a poco, él me dijo: '¿No puedes poner quieta la pierna?' Y yo le dije: 'Son los nervios'. Y él me dijo: 'Aguántalos, si te sienten no entran'. Y la hembra, enjaulada a veinte pasos de la mirilla, hacía a cada paso: 'Co-re-ché, co-re-ché'. Entonces me gustaban mucho las mujeres y a veces me decía: '¿Qué puede hacer uno para librarse de las mujeres ?' Y cuando la hembra ahuecó la voz, Patrocinio me susurró al oído: 'Ojo, ya recibe...¿No puedes poner quieta la pierna?' De frente, a la derecha de mi campo visual apareció un macho majestuoso. Patrocinio me susurró al oído: '¡Tira!' Pero yo apunté y bajé luego la escopeta Y me dijo Patrocinio '¡Tira! ¿A qué demontres aguardas?' Volví a armarme y apunté cuidadosamente a la pechuga del macho de perdiz. '¡Tira! volvió a decirme Patrocinio, pero yo bajé de nuevo la escopeta. 'No puedo; sería como si disparase contra mí mismo'. Él entonces me arrebató el arma de las manos, apuntó y disparó, todo en un segundo.
Yo había cerrado los ojos y cuando los abrí el macho aleteaba impotente a dos pasos de la jaula. Al salir del tollo me dijo Patrocinio de mal humor: 'Esa pierna adelantarías más cortándola'. Pero yo sentí nauseas y pensaba: 'Ya se lo que he de hacer para que las mujeres no me dominen'. Y así es como me hice religioso.
Yo tenía la boca seca y escuchaba embobado y al cabo de un rato le dije a mi tío Remigio: "Pero en la jaula era la hembra la que estaba encerrada, tío".
A mi tío Remigio le brillaban mucho los ojos, dio dos pataditas al aire y me dijo: "¿Qué más da, hijo? Lo importante es poner pared por medio".

lunes, 30 de marzo de 2009

Sobre el aborto; Julián Marías

[Artículo publicado en ABC, posiblemente hace unos quince años. Julián Marías falleció el día 15 de Diciembre del año 2005.]



"La espinosa cuestión del aborto voluntario se puede plantear de maneras muy diversas. Entre los que consideren la inconveniencia o ilicitud del aborto, el planteamiento más frecuente es el religioso. Pero se suele responder que no se puede imponer a una sociedad entera una moral «particular». Hay otro planteamiento que pretende tener validez universal, y es el científico. Las razones biológicas, concretamente genéticas, se consideran demostrables, concluyentes para cualquiera. Pero sus pruebas no son accesibles a la inmensa mayoría de los hombres y mujeres, que las admiten «por fe»; se entiende, por fe en la ciencia. Creo que hace falta un planteamiento elemental, accesible a cualquiera, independiente de conocimientos científicos o teológicos, que pocos poseen, de una cuestión tan importante, que afecta a millones de personas y a la posibilidad de vida de millones de niños que nacerán o dejarán de nacer. Esta visión ha de fundarse en la distinción entre «cosa» y «persona», tal como aparece en el uso de la lengua. Todo el mundo distingue, sin la menor posibilidad de confusión, entre «qué» y «quién», «algo» y «alguien», «nada» y «nadie». Si se oye un gran ruido extraño, me alarmaré y preguntaré: «¿qué pasa?» o ¿qué es eso?». Pero si oigo unos nudillos que llaman a la puerta, nunca preguntaré «¿qué es?», sino «¿quién es?». Se preguntará qué tiene esto que ver con el aborto. Lo que aquí me interesa es ver en qué consiste, cuál es su realidad. El nacimiento de un niño es una radical «innovación de la realidad»: la aparición de una realidad «nueva». Se dirá que se deriva o viene de sus padres. Sí, de sus padres, de sus abuelos y de todos sus antepasados; y también del oxígeno, el nitrógeno, el hidrógeno, el carbono, el calcio, el fósforo y todos los demás elementos que intervienen en la composición de su organismo. El cuerpo, lo psíquico, hasta el carácter viene de ahí y no es rigurosamente nuevo. Diremos que «lo que» el hijo es se deriva de todo eso que he enumerado, es «reductible» a ello. Es una «cosa», ciertamente animada y no inerte, en muchos sentidos «única», pero al fin una cosa. Su destrucción es irreparable, como cuando se rompe una pieza que es ejemplar único. Pero todavía no es esto lo importante. «Lo que» es el hijo puede reducirse a sus padres y al mundo; pero «el hijo» no es «lo que» es. Es «alguien». No un «qué», sino un «quién», a quien se dice «tú», que dirá en su momento «yo». Y es «irreductible a todo y a todos», desde los elementos químicos hasta sus padres, y a Dios mismo, si pensamos en él. Al decir «yo» se enfrenta con todo el universo. Es un «tercero» absolutamente nuevo, que se añade al padre y a la madre. Cuando se dice que el feto es «parte» del cuerpo de la madre se dice una insigne falsedad porque no es parte: está «alojado» en ella, implantado en ella (en ella y no meramente en su cuerpo). Una mujer dirá: «estoy embarazada», nunca «mi cuerpo está embarazado». Es un asunto personal por parte de la madre. Una mujer dice: «voy a a tener un niño»; no dice «tengo un tumor». El niño no nacido aún es una realidad «viniente», que llegará si no lo paramos, si no lo matamos en el camino. Y si se dice que el feto no es un quién porque no tiene una vida personal, habría que decir lo mismo del niño ya nacido durante muchos meses (y del hombre durante el sueño profundo, la anestesia, la arteroesclerosis avanzada, la extrema senilidad, el coma). A veces se usa una expresión de refinada hipocresía para denominar el aborto provocado: se dice que es la «interrupción del embarazo». Los partidarios de la pena de muerte tienen resueltas sus dificultades. La horca o el garrote pueden llamarse «interrupción de la respiración», y con un par de minutos basta. Cuando se provoca el aborto o se ahorca, se mata a alguien. Y es una hipocresía más considerar que hay diferencia según en qué lugar del camino se encuentre el niño que viene, a qué distancia de semanas o meses del nacimiento va a ser sorprendido por la muerte.Con frecuencia se afirma la licitud del aborto cuando se juzga que probablemente el que va a nacer (el que iba a nacer) sería anormal física y psíquicamente. Pero esto implica que el que es anormal «no debe vivir», ya que esa condición no es probable, sino segura. Y habría que extender la misma norma al que llega a ser anormal por accidente, enfermedad o vejez. Y si se tiene esa convicción, hay que mantenerla con todas sus consecuencias; otra cosa es actuar como Hamlet en el drama de Shakespeare, que hiere a Polonio con su espada cuando está oculto detrás de la cortina. Hay quienes no se atreven a herir al niño más que cuando está oculto -se pensaría que protegido- en el seno materno. Y es curioso cómo se prescinde enteramente del padre. Se atribuye la decisión exclusiva a la madre (más adecuado sería hablar de la «hembra embarazada»), sin que el padre tenga nada que decir sobre si se debe matar o no a su hijo. Esto, por supuesto, no se dice, se pasa por alto. Se habla de la «mujer objeto» y ahora se piensa en el «niño tumor», que se puede extirpar como un crecimiento enojoso. Se trata de destruir el carácter personal de lo humano. Por ello se habla del derecho a disponer del propio cuerpo. Pero, aparte de que el niño no es parte del cuerpo de su madre, sino «alguien corporal implantado en la realidad corporal de su madre», ese supuesto derecho no existe. A nadie se le permite la mutilación; los demás, y a última hora el poder público, lo impiden. Y si me quiero tirar desde una ventana, acuden la policía y los bomberos y por la fuerza me lo impiden. El núcleo de la cuestión es la negación del carácter personal del hombre. Por eso se olvida la paternidad y se reduce la maternidad a soportar un crecimiento intruso, que se puede eliminar. Se descarta todo uso del «quién», de los pronombres tú y yo. Tan pronto como aparecen, toda la construcción elevada para justificar el aborto se desploma como una monstruosidad. ¿No se tratará de esto precisamente? ¿No estará en curso un proceso de «despersonalización», es decir, de «deshominización» del hombre y de la mujer, las dos formas irreductibles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida humana? Si las relaciones de maternidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres queda reducida a una mera función biológica sin perduración más allá del acto de generación, sin ninguna significación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y generaliza, si a finales del siglo XX la Humanidad vive de acuerdo con esos principios, ¿no habrá comprometido, quién sabe hasta cuándo, esa misma condición humana? Por esto me parece que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final."

jueves, 26 de marzo de 2009

Residuos; Ortega y Gasset

"El síntoma de que algo es residuo - en Biología como en Historia - consiste en que no se comprende por qué está ahí. Tal y como aparece no sirve ya de nada y es preciso retroceder a otra época de la evolución en que se encuentra completo y eficiente lo que hoy es solo un muñón y un resto * "


" * Imagínese el conjunto de la vida primitiva. Uno de sus caracteres personales es la falta de seguridad personal. La aproximación de dos personas es siempre peligrosa, porque todo el mundo va armado. Es preciso, pues, asegurar el acercamiento mediate normas y ceremonias en que conste que se han dejado las armas y que la mano no va a tomar súbitamente una que se lleva escondida. Para este fin, lo mejor es que al acercarse cada hombre agarre la mano del otro, la mano de matar, que es normalmente la derecha. Este es el origen y esta la eficiencia del saludo con apretón de manos, que hoy, aislado de aquél tipo de vida, es incomprensible y, por tanto un residuo. [Véase sobre este carácter de residuo del saludo hoy habitual, la Meditación del saludo en El hombre y la gente.] "

martes, 17 de marzo de 2009

Sobriedad; Sobriedad material, sobriedad ética; Ramón Menéndez Pidal

[Párrafo de Ramón Menéndez Pidal del primer capítulo de su libro "Los españoles en la historia", escrito, creo, en 1951, libro que, a su vez, es el prólogo a su conocida Historia de España. Un punto de vista interesante: (entre corchetes las notas a pie de página). ¿Qué queda en España de ese español de antes o de ese habitante de la península de antes? ]


"Muchas veces se ha puesto en relación el complejo del carácter español con el suelo habitado. Unamuno insiste en ello: "el espíritu áspero y seco de nuestro pueblo, sin transiciones, sin términos medios, está en conexión intima con el paisaje y el terruño del la altiplanicie central, duro de líneas, desnudo de árboles, de horizonte ilimitado, de luz cegadora, clima extremado, sin tibiezas dulces" [Unamuno, Ensayos, I, Madrid 1916]. Pero tal relación no es válida respecto a cualidades que se dan fuera del paisaje de ambas Castillas. La sobriedad física se halla igualmente en la risueña y fértil Andalucía, y, para mí, la sobriedad es la cualidad básica del carácter español, que no depende de un determinismo geográfico castellano, y es tan general que, partiendo de ella, podemos comprender varias de las otras características que ahora nos importa notar.La más aguda descripción del carácter español en la antiguedad, la del galo
Trogo Pompeyo [Trogo Pompeyo, hisoriador romano del siglo I de origen galo, autor de una Historia Universal (Historiae Philipical), perdida, de la cual se conserva un Epítome hecho en el siglo II por Justino. El libro XLIV y último está dedicado a España] comienza diciendo que el hispano tiene el cuerpo dispuesto para la abstinencia y el trabajo, para la dura y recia sobriedad en todo; dura omnibus et adstricta parsimonia. Y desde Trogo hasta hoy abundan las noticias relativas a cierta austera sencillez, y más aún, cierto chocante descuido que en España revisten varias formas de la vida. Basta recordar que durante los siglos que afluían a la península todos los metales preciosos del Nuevo Mundo, los extranjeros encuentran nuestras casas amuebladas más modestamente que las francesas, las comidas muy parcas, incómodas las aulas universitarias donde los estudiantes tienen que escribir sobre las rodillas, nuestros mesones muy inhospitalarios, la urbanización de Madrid muy deficiente, lo cual tenía preocupado a Felipe II...; un tipo de vida, en fin, poco esmerado en la comodidad. Es decir, que todas las riquezas que ganaban los indianos y las que anualmente traían las flotas del Estado, no eran aplicadas por los españoles al bienestar y regalo de la vida privada ni a la suntuosidad, o, al menos, a suficiente arreglo de la vida urbana. Y el español de hoy puede también contentarse con poco. Continuamente presenciamos ejemplos vulgares en la vida cotidiana donde vemos juntos la sobriedad y el trabajo intenso que ya Trogo emparejaba. El más humilde de esos ejemplos, el segador de nuestros campos, ofrece un asombroso especimen de la dura omnibus et adstricta parsimonia: bajo el calor más sofocante del verano sin otro refresco que el agua tibia del botijo, mal vestido y mal comido, parece carecer de todo menos de conformidad, de alegría y de esfuerzo. Esta inatención a las necesidades materiales, de la cual tratamos, se conforma con la doctrina de Séneca: No es pobre el que tiene poco sino el que ambiciona más, porque las necesidades naturales son muy reducidas, en tanto que las de la vana ambición son inagotables. El español, duro para soportar privaciones, lleva dentro de sí el sustine et abstine, resiste firme y abstente fuerte, norma de la sabiduría que coloca al hombre por cima de toda adversidad; lleva en sí un particular estoicismo instintivo y elemental; es un senequista innato. Por eso el pensamiento filosófico español, en el curso de los siglos, se inspiró siempre en Séneca como en autor propio y predilecto. Mucho le debe, ciertamente, y a la vez también mucho debe Séneca, acendrador del estoicismo, al hecho de haber nacido en familia española. En virtud de este senequismo espontáneo, el español, por lo mismo que soporta con fuerte conformidad toda carencia, puede resistir las codicias y la perturbadora solicitación de los placeres; le rige una fundamental sobriedad de estímulos que le inclina a cierta austeridad ética, bien manifiesta en el estilo general de la vida : habitual sencillez de costumbres, noble dignidad de porte notada aún en las clases más humildes, firmeza en las virtudes familiares. Los móviles más profundamente naturales conservan intacto su vigor en el pueblo hispano, a modo de una integral reserva humana, frente al continuo peligro del desgaste degenerante que amenaza a otros pueblos mas atosigados por los goces y disfrutes de la civilización."

viernes, 13 de marzo de 2009

Ortega y Gasset; Fragmento de El Espectador I, Febrero-marzo 1916.

"De todas las enseñanzas que la vida me ha proporcionado, la más acerba, más inquietante, más irritante para mí ha sido convencerme de que la especie menos frecuente sobre la Tierra es la de los hombres veraces. Yo he buscado en torno, con mirada suplicante de náufrago, los hombres a quienes importase la verdad, la pura verdad, lo que las cosas son por sí mismas, y apenas he hallado alguno. Los he buscado cerca y lejos, entre los artistas y entre los labradores, entre los ingenuos y los "sabios". Como Ibn-Batuta, he tomado el palo del peregrino y hecho vía por el mundo en busca, como él, de los santos de la Tierra, de los hombres de alma especular y serena que reciben la pura reflexión del ser de las cosas. ¡Y he hallado tan pocos, tan pocos, que me ahogo!".
Si: congoja de ahogo siento, porque un alma necesita respirar almas afines, y quien ama sobre todo la verdad necesita respirar aire de almas veraces. No he hallado en derredor sino políticos, gentes a quienes no interesa ver el mundo como él es, dispuestos sólo a usar de las cosas como les conviene. Política se hace en las academias y en las escuelas, en el libro de versos y en el libro de historia, en el gesto rígido del hombre moral y en el gesto frívolo del libertino, en el salón de las damas y en la celda del monje. Muy especialmente se hace política en los laboratorios; el químico y el histólogo llevan a sus experimentos un secreto interés electoral. En fin, cierto día ante uno de los libros más abstractos y más ilustres que han aparecido en Europa desde hace treinta años, oí decir en su lengua al autor: Yo soy ante todo un político. Aquel hombre había compuesto una obra sobre el método infinitesimal contra el partido militarista triunfante en su patria.
Hace falta, pues, afirmarse de nuevo en la obligación de la verdad, en el derecho de la verdad."

viernes, 27 de febrero de 2009

El Nombre de la Rosa - diálogo.



Adso de Melk: ¿Pero no es cierto que Santo Tomás ensalza el amor sobre todas las demás virtudes?

Fray Guillermo: Sí, el amor a Dios Adso, el amor a Dios.

Adso de Melk: ¿Y el amor a una mujer?

Fray Guillermo: De mujeres, Tomás de Aquino sabía bastante poco. Pero las escrituras son muy claras, los proverbios nos advierten que la mujer se apodera de la preciosa alma del hombre y el Eclesiastés nos dice; más amarga que la muerte es la mujer.

Adso de Melk: Sí, pero ¿qué opináis vos maestro?

Fray Guillermo: Bueno, claro está que no gozo del beneficio de tu experiencia, pero me cuesta convencerme a mí mismo de que Dios haya introducido un ser tan inmundo en la creación sin haberle dotado de alguna virtud, ¿mm?.

Qué pacífica sería la vida sin amor Adso, qué segura, qué tranquila….y qué insulsa.

sábado, 7 de febrero de 2009

Ortega y Gasset; Meditaciones del Quijote.

" Entre las varias actividades de amor solo hay una que pueda yo pretender contagiar a los demás: el afán de comprensión. Y habría henchido todas mis pretensiones si consiguiera tallar en aquella mínima porción del alma española que se encuentra a mi alcance algunas facetas nuevas de sensibilidad ideal. Las cosas no nos interesan porque no hayan en nosotros superficies favorables donde refractarse y es menester que multipliquemos los haces de nuestro espritu a fin de que temas innumerables lleguen a herirle. Llamase en un diálogo platónico a este afán de comprensión, "locura de amor" *.


* [Fedro, 265 b]"

jueves, 29 de enero de 2009

La contaminación mental; (Julián Marías)

[Artículo publicado en ABC el 18 de Febrero de 1993]


"La gente se preocupa ahora mucho por la contaminación (o lo que se llama con un latinismo tomado del inglés, "polución"). Es muy justificado y sería de desear que fuese eficaz. Lo que me sorprende es que esa preocupación afecta, sobre todo, a lo más distante, a lo que está más lejos de cada uno de nosotros, y disminuye a medida que nos vamos acercando a lo más profundo de nosotros mismos. Es razonable velar por la pureza del aire que respiramos, del agua que bebemos o en la que nos bañamos, de los alimentos que ingerimos.

La agudeza y gravedad de lo que las drogas hacen a nuestro organismo hace que también se sienta la inquietud por su uso, por la introducción en nuestros cuerpos de agentes que causan inauditas perturbaciones. Con ello nos vamos aproximando, desde las porciones más externas de nuestra circunstancia o mundo, a lo que está más cerca de nuestra verdadera realidad.

Pero hay algo todavía más próximo, que es nuestro repertorio de imágenes, estímulos, recuerdos, palabras y giros de la lengua, lo que constituye nuestro mundo psíquico, la porción más inmediata de nuestra circunstancia, aquello que no se distingue fácilmente del "yo" que cada uno de nosotros es. Lo que vemos y oímos por la calle, lo que leemos en libros, revistas y periódicos, lo que vemos y oímos en la radio y, sobre todo, en la televisión, va depositando en torno a nosotros una capa cada vez más espesa de interpretaciones de la realidad, recursos y orientaciones para nuestra conducta. Todo ello nos afecta incomparablemente más que lo que procede de los factores cósmicos, porque es mucho más cercano al núcleo de nuestra personalidad y llega directamente a ella, no de un modo difuso y solamente probable.

Sin embargo no es esto lo más grave. El hombre vive en el ámbito de la verdad, la necesita para entender la realidad, para orientarse en la vida y proyectarla. Las creencias y las ideas son lo más íntimo y cercano a nosotros, lo que más condiciona quiénes somos y quiénes podemos ser.

Ahora bien, una porción considerable de lo que oímos o leemos es falso, es una deformación de la realidad, y significa literalmente una polución o contaminación de ella. Frente a esto casi todo el mundo está indefenso. Es poco probable que la mayoría de las personas tenga la capacidad y el hábito de darse cuenta de ello; es aún más improbable que se les advierta. Lo más frecuente es que a cada estímulo falso sigan otros que lo refuercen y lo hagan arraigar.

A veces se trata simplemente de errores. Hay frecuente falta de inteligencia; más aún de responsabilidad; son innumerables los que hablan y escriben de asuntos que no conocen ni entienden. La inercia es muy fuerte: he comprobado mil veces que si alguien dice una estupidez, serán legión los que la repetirán, con lo cual se produce un efecto de acumulación, difícil de contrarrestar.

Si se hiciera un balance de lo que se lee o escucha en una semana, se comprobaría que las falsedades significan un porcentaje altísimo. La consecuencia es que son innumerables las personas que viven en "estado de error". Es lo que preocupaba a Feijoo en el siglo XVIII, y por eso dedicó su vida a combatir lo que llamaba "errores arraigados", principalmente supersticiones, falsas convicciones médicas, injustificadas nociones históricas. Me pregunto cual hubiera sido su actitud de haber vivido a fines del siglo XX.

Pero todo esto es relativamente secundario al lado de algo mucho más profundo y perturbador. Más que el error involuntario - aunque pueda ser culpable por ignorancia o frivolidad -, lo vedaderamente grave es la mentira, la distorsión deliberada de la realidad, su suplantación o desfiguración. Esta es la causa de la más peligrosa contaminación mental.

La mayor parte de nuestros contemporáneos sufren el asedio de ella; mejor dicho, todos sin excepción la padecemos; muchos carecen de defensas y sucumben a ella. Se dirá que siempre se ha mentido, que es un fenómeno universal y de todos los tiempos; lo que pasa es que los recursos con que esto se hace son incomparables con los de ninguna otra época. El analfabetismo, cuyos inconvenientes son visibles, era un instrumento pasivo de defensa; hasta hace unos decenios, nadie estaba expuesto a la radio y la televisión; faltaban las organizaciones de partidos o grupos análogos.

Creo que el derecho a expresarse, a hablar, incluso públicamente, a escribir, es demasiado importante para que se piense en suprimirlo o coartarlo. No es que hay derecho a mentir, pero hay el derecho de hablar aunque se mienta. Con una condición: que ello tenga las consecuencias oportunas.

En primer lugar, que se diga y se muestre, se descubra la falsedad y se la rectifique. Además, que esto traiga consigo el descrédito, el desprestigio del que ha mentido. En tercer lugar, que se lo considere como lo que es, un agente de contaminación mental. Y esto debe llevar consigo el apartamiento. A veces recibimos invitaciones para participar en un congreso, reunión, coloquio o mesa redonda. Lo primero que hay que preguntar es quiénes van a intervenir. Puede ocurrir que algunas de las personas participantes sean de incapacidad notoria, por falta de conocimiento o de las mínimas dotes exigibles, o por su reconocida irresponsabilidad. En este caso, puede preveerse que se va a producir una degradación del asunto tratado, con la consiguiente falta de prestigio y respeto para lo que pueda ser razonable. A veces se defienden buenas causas con tan malos argumentos, que las destruyen. Santo Tomás hablaba de los que defienden la verdad con tan pobres argumentos, que caen "in irrisionem infidelium". Si esto es previsible lo mejor es abstenerse.

Pero si se trata de la mentira, del falseamiento de la realidad, de la deliberada sustitución de lo que las cosas han sido o son por algo muy distinto, lo único decente es negarse resueltamente a toda complicidad. Es muy frecuente que por cualquier tipo de temor, por algún interés, por vanidad o por pasividad, personas estimables tomen parte en empresas colectivas en las cuales asumen el papel de cubrir con su prestigio una mercancía adulterada. Y no basta con la mera ausencia, con la disculpa, con alegar la falta de tiempo, las muchas ocupaciones o un catarro inoportuno. Es menester decir que no se quiere participar en algo que no lo merece, que no tiene las sufcientes garantías de decoro.

Se puede colaborar, y se debe, con personas de dotes muy modestas, de ninguna fama, siempre que se espere de ellas sinceridad, veracidad, reconocimiento de sus límites. Todos los tenemos. En la primera entrevista que tuve con un hombre muy inteligente y a quien como español debo gratitud, me dijo: "yo soy un hombre normal; tengo muchas lagunas". Le contesté: "¿Y quién no? Los que no las tienen es que tienen el mar Caspio".

Cuando alguien miente, sobre todo si es en asunto grave y con efectos públicos hay que abstenerse de todo trato intelectual con él, no hay que prestarle ningún apoyo ni colaboración para que lleve adelante - en la política, en los medios de comunicación, en la vida intelectual, en la convivencia - su campaña de contaminación mental. A veces es difícil respirar físicamente; peor es no poder respirar después de leer un periódico, un libro, o haber pasado un rato ante la pantalla de televisión."

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Revelación.

El poeta levanta su pluma y se encuentra consigo mismo en el mundo y, al plasmar el arte de nuevo, no hay diferencia entre él y lo creado porque lo creado es su estado del alma en excelsa pureza. La creación desde la sinceridad, desde su desnudez, la palabra liberada, el gesto límpido y el hacer revelador de lo divino. Al escribir sobre el papel en blanco creó su universo virgen. Ocultó su obra con el dolor de saber que se perdería para siempre en el cambio, pero dejó que sus latidos alimentaran su credo. Porque desde el dolor había nacido aquella especie sui géneris y a través del dolor del alma creadora se abrazaba a la obra tan pegada a ella que era su manifestación pura. El poeta dejó escapar su obra entre los garabatos de su pluma e iba dejando ésta un reguerillo de vida tras de sí, un hueco de desasosiego en el alma herida, un hueco de muerte, de revelación en la carne que le consumía a cada paso. Pero ese dolorido hueco de muerte no estaba lleno si no de vida, vida aternitatis...

El poeta se deja caer exhausto tras completar la obra inconclusa fijando su mirada perdida en el papel tintado del gen de su dramatismo y se levanta apoyando sus ancianas manos sobre los brazos de su asiento castellano, madera recia de roble, madera que cruje ya por el transcurso de los años.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Corolario; (Ortega y Gasset)

"Todo español lleva dentro como un hombre muerto, un hombre que pudo nacer y no nació, y claro está que vendrá un día, no nos importa cual, en que esos hombres muertos escogerán una hora para levantarse e ir a pediros cuenta sañudamente de ese vuestro innumerable asesinato"

Sobre la elegancia; (Ortega y Gasset)

“La cosa es endemoniadamente paradójica pero, a la vez, sin remedio. Porque elegir es ejercitar la libertad y resulta que eso —ser libres— tenemos que serlo a la fuerza. Es la única cosa para la cual el hombre no tiene últimamente libertad: para no ser libre. La libertad es la más onerosa carga que sobre sí lleva la humana criatura, pues al tener que decidir, cada cual por sí, lo que en cada instante va a hacer, quiere decirse que está condenado a sostener a pulso su entera existencia, sin poderla descargar sobre nadie. Si volvemos del revés la figura de la libertad nos encontramos con que es responsabilidad. Esta es la gran pesadumbre: todas las otras, las pesadumbres en plural, se originan en ella. Al brotar de mi elección las acciones que componen mi vida resulto responsable de ellas. Responsable, no ante un tribunal de este o del otro mundo, sino por lo pronto responsable ante mí mismo. Porque si la acción tiene que ser elegida necesito justificar ante mi propio juicio la preferencia, convencerme de que la acción escogida era, entre las posibles, la que tenía más sentido. En efecto, los diversos proyectos de hacer que de cada situación nos vienen sugeridos no se nos presentan casi nunca como equivalentes. Al contrario, apenas los descubrimos se colocan ante nosotros automáticamente, formando rigorosa jerarquía en cuya cúspide aparece uno de los proyectos como siendo el que tiene más sentido y por tanto el que habría de ser elegido. Si no fuera así, si los varios proyectos de acción posible ostentasen igual dosis de sentido, si fuesen, por tanto, indiferentes, no cabria hablar de elección. Nuestra voluntad se posaría por un azar mecánico sobre cualquiera de ellos como la bolita de la ruleta se queda en el alvéolo de un número: lo cual no es elección sino «buen tun-tun». Elegir supone tener a la vista los diversos naipes que es posible jugar: el óptimo, el simplemente bueno, el que no vale la pena y el que es franco contrasentido. Ciertamente, somos libres para preferir este último, aun a sabiendas de que no es preferible, pero no podemos hacerlo impunemente. La acción insensata o que tiene sentido deficiente, una vez elegida, va a llenar un pedazo incanjeable de nuestro tiempo vital, va a convertirse, por tanto, en trozo de nuestra realidad, de nuestro ser. El albedrío nos ha jugado, pues, una mala pasada. En vez de hacernos ser esa óptima realidad que era posible, en vez de dar paso franco a ese mejor ser nuestro que se nos presentaba como el que teníamos que ser, por tanto, como el auténtico, los ha suplantado por otro personaje inferior. Esto equivale a haber aniquilado una porción, mayor o menor, de nuestra verdadera vida que ya nadie podrá resucitar porque ese tiempo no vuelve. Hemos vulnerado nuestra propia persona, hemos practicado un suicidio parcial y la herida queda abierta para siempre, mordiendo no sabemos qué misteriosa entraña incorpórea de nuestra personalidad. Cualquiera que sea su calibre tenemos conciencia de haber cometido un último crimen, del que esa mordedura inextinguible es el «remordimiento». Los crímenes íntimos se caracterizan porque el hombre se siente de ellos, a la vez, autor, víctima y juez.
No hay orden de la existencia, mayúsculo o minúsculo, que no nos fuerce a optar entre hacer las cosas de un modo mejor o de un modo peor. Y es ya pésimo síntoma creer que el drama de la elección se da sólo en los grandes conflictos de nuestra vida, en las situaciones que tienen trascendencia histórica. No: una palabra se puede pronunciar mejor o peor y tal gesto de nuestra mano puede ser más grácil o más tosco. Entre las muchas cosas que en cada caso se pueden hacer hay siempre una que es la que hay que hacer.
Pero la división más radical que cabe establecer entre los hombres estriba en notar que la mayor parte de ellos es ciega para percibir esa diferencia de rango y calidad entre las acciones posibles. Sencillamente no la ven. No entienden de conductas como no entienden de cuadros. Por eso tienen tan poca gracia y es tan triste, tan desértico el trato con ellos. Esa ceguera moral de la mayoría es el lastre máximo que arrastra en su ruta la humanidad y hace que los molinos de la historia vayan moliendo con tanta lentitud. Son muy pocos, en efecto, los hombres capaces de elegir su propio comportamiento y de discernir el acierto o la torpeza en el prójimo.
En el latín más antiguo, el acto de elegir se decía elegancia como de instar se dice instancia. Recuérdese que el latino no pronunciaría elegir sino eleguir. Por lo demás, la forma más antigua no fue eligo sino elego, que dejó el participio presente elegans. Entiéndase el vocablo en todo su activo vigor verbal; el elegante es el «eligente», una de cuyas especies se nos manifiesta en el «inteligente». Conviene retrotraer aquella palabra a su sentido prócer que es el originario. Entonces tendremos que no siendo la famosa Ética sino el arte de elegir bien nuestras acciones eso, precisamente eso, es la Elegancia. Ética y Elegancia son sinónimos. Esto nos permite intentar un remozamiento de la Ética que a fuerza de querer hacerse mistagógica y grandilocuente para hinchar su prestigio ha conseguido sólo perderlo del todo. Como esto se veía venir, combato hace un cuarto de siglo bien corrido para que no se trate la Ética en tono patético. La patética ha asfixiado la Ética entregándola a los demagogos, que han sido los destructores de todas las civilizaciones y los grandes fabricantes de barbarie. Por eso he creído siempre que en vez de tomar a la Ética por el lado solemne, con Platón, con el estoicismo, con Kant, convenía entrarle por su lado frívolo que es el más profundo, con Aristóteles, con Shaftesbury, con Herbart. Dejemos, pues, un rato reposar la Ética y, en su lugar, evitando desde el umbral la solemnidad, elaboremos una nueva disciplina con el título: Elegancia de la conducta, o arte de preferir lo preferible. El vocablo «elegancia» tiene además la ventaja complementaria de irritar a ciertas gentes, casualmente las mismas que, ya por muchas otras razones previas, uno no estimaba."