martes, 10 de febrero de 2015

Alea iacta est

A dos mil sesenta y cuatro años luz de distancia, desde la constelación de Cygnus y con mi gran telescopio Scrutátor, ví anoche a Julio Cesar titubear con sus tropas a orillas del Rubicón. Cabalgaba su caballo Genitor, ribera arriba del río, ribera abajo, vacilando sobre el impulso que lo llevará a la gloria, pero no lo hacía de cualquier forma. Su titubeo era recio, pausado, no parecía tal y cada movimiento, cada gesto, reflejaba absoluta confianza y saber hacer.
Paró su caballo casi pisando el río mientras miraba a lo lejos meditando quizá, no sobre las consecuencias inmediatas de su posible acción sino, sobre el devenir de la misma Roma.

Entre tanto yo miraba entusiasmado y me dije - Quizá lo cruce -. Cuando el aguijón de la espuela de César rozó apenas el ijar de su caballo y éste dio una corveta magnífica, generosamente desproporcionada con el impulso de la espuela... y lo cruzó. Mientras, las tropas, sabedoras de su osadía, lo admiraron en silencio, momento en el que se abalanzaron en estruendo a su zaga. Supo así hacer de la suerte la razón de sus designios.