miércoles, 3 de diciembre de 2008

Revelación.

El poeta levanta su pluma y se encuentra consigo mismo en el mundo y, al plasmar el arte de nuevo, no hay diferencia entre él y lo creado porque lo creado es su estado del alma en excelsa pureza. La creación desde la sinceridad, desde su desnudez, la palabra liberada, el gesto límpido y el hacer revelador de lo divino. Al escribir sobre el papel en blanco creó su universo virgen. Ocultó su obra con el dolor de saber que se perdería para siempre en el cambio, pero dejó que sus latidos alimentaran su credo. Porque desde el dolor había nacido aquella especie sui géneris y a través del dolor del alma creadora se abrazaba a la obra tan pegada a ella que era su manifestación pura. El poeta dejó escapar su obra entre los garabatos de su pluma e iba dejando ésta un reguerillo de vida tras de sí, un hueco de desasosiego en el alma herida, un hueco de muerte, de revelación en la carne que le consumía a cada paso. Pero ese dolorido hueco de muerte no estaba lleno si no de vida, vida aternitatis...

El poeta se deja caer exhausto tras completar la obra inconclusa fijando su mirada perdida en el papel tintado del gen de su dramatismo y se levanta apoyando sus ancianas manos sobre los brazos de su asiento castellano, madera recia de roble, madera que cruje ya por el transcurso de los años.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Corolario; (Ortega y Gasset)

"Todo español lleva dentro como un hombre muerto, un hombre que pudo nacer y no nació, y claro está que vendrá un día, no nos importa cual, en que esos hombres muertos escogerán una hora para levantarse e ir a pediros cuenta sañudamente de ese vuestro innumerable asesinato"

Sobre la elegancia; (Ortega y Gasset)

“La cosa es endemoniadamente paradójica pero, a la vez, sin remedio. Porque elegir es ejercitar la libertad y resulta que eso —ser libres— tenemos que serlo a la fuerza. Es la única cosa para la cual el hombre no tiene últimamente libertad: para no ser libre. La libertad es la más onerosa carga que sobre sí lleva la humana criatura, pues al tener que decidir, cada cual por sí, lo que en cada instante va a hacer, quiere decirse que está condenado a sostener a pulso su entera existencia, sin poderla descargar sobre nadie. Si volvemos del revés la figura de la libertad nos encontramos con que es responsabilidad. Esta es la gran pesadumbre: todas las otras, las pesadumbres en plural, se originan en ella. Al brotar de mi elección las acciones que componen mi vida resulto responsable de ellas. Responsable, no ante un tribunal de este o del otro mundo, sino por lo pronto responsable ante mí mismo. Porque si la acción tiene que ser elegida necesito justificar ante mi propio juicio la preferencia, convencerme de que la acción escogida era, entre las posibles, la que tenía más sentido. En efecto, los diversos proyectos de hacer que de cada situación nos vienen sugeridos no se nos presentan casi nunca como equivalentes. Al contrario, apenas los descubrimos se colocan ante nosotros automáticamente, formando rigorosa jerarquía en cuya cúspide aparece uno de los proyectos como siendo el que tiene más sentido y por tanto el que habría de ser elegido. Si no fuera así, si los varios proyectos de acción posible ostentasen igual dosis de sentido, si fuesen, por tanto, indiferentes, no cabria hablar de elección. Nuestra voluntad se posaría por un azar mecánico sobre cualquiera de ellos como la bolita de la ruleta se queda en el alvéolo de un número: lo cual no es elección sino «buen tun-tun». Elegir supone tener a la vista los diversos naipes que es posible jugar: el óptimo, el simplemente bueno, el que no vale la pena y el que es franco contrasentido. Ciertamente, somos libres para preferir este último, aun a sabiendas de que no es preferible, pero no podemos hacerlo impunemente. La acción insensata o que tiene sentido deficiente, una vez elegida, va a llenar un pedazo incanjeable de nuestro tiempo vital, va a convertirse, por tanto, en trozo de nuestra realidad, de nuestro ser. El albedrío nos ha jugado, pues, una mala pasada. En vez de hacernos ser esa óptima realidad que era posible, en vez de dar paso franco a ese mejor ser nuestro que se nos presentaba como el que teníamos que ser, por tanto, como el auténtico, los ha suplantado por otro personaje inferior. Esto equivale a haber aniquilado una porción, mayor o menor, de nuestra verdadera vida que ya nadie podrá resucitar porque ese tiempo no vuelve. Hemos vulnerado nuestra propia persona, hemos practicado un suicidio parcial y la herida queda abierta para siempre, mordiendo no sabemos qué misteriosa entraña incorpórea de nuestra personalidad. Cualquiera que sea su calibre tenemos conciencia de haber cometido un último crimen, del que esa mordedura inextinguible es el «remordimiento». Los crímenes íntimos se caracterizan porque el hombre se siente de ellos, a la vez, autor, víctima y juez.
No hay orden de la existencia, mayúsculo o minúsculo, que no nos fuerce a optar entre hacer las cosas de un modo mejor o de un modo peor. Y es ya pésimo síntoma creer que el drama de la elección se da sólo en los grandes conflictos de nuestra vida, en las situaciones que tienen trascendencia histórica. No: una palabra se puede pronunciar mejor o peor y tal gesto de nuestra mano puede ser más grácil o más tosco. Entre las muchas cosas que en cada caso se pueden hacer hay siempre una que es la que hay que hacer.
Pero la división más radical que cabe establecer entre los hombres estriba en notar que la mayor parte de ellos es ciega para percibir esa diferencia de rango y calidad entre las acciones posibles. Sencillamente no la ven. No entienden de conductas como no entienden de cuadros. Por eso tienen tan poca gracia y es tan triste, tan desértico el trato con ellos. Esa ceguera moral de la mayoría es el lastre máximo que arrastra en su ruta la humanidad y hace que los molinos de la historia vayan moliendo con tanta lentitud. Son muy pocos, en efecto, los hombres capaces de elegir su propio comportamiento y de discernir el acierto o la torpeza en el prójimo.
En el latín más antiguo, el acto de elegir se decía elegancia como de instar se dice instancia. Recuérdese que el latino no pronunciaría elegir sino eleguir. Por lo demás, la forma más antigua no fue eligo sino elego, que dejó el participio presente elegans. Entiéndase el vocablo en todo su activo vigor verbal; el elegante es el «eligente», una de cuyas especies se nos manifiesta en el «inteligente». Conviene retrotraer aquella palabra a su sentido prócer que es el originario. Entonces tendremos que no siendo la famosa Ética sino el arte de elegir bien nuestras acciones eso, precisamente eso, es la Elegancia. Ética y Elegancia son sinónimos. Esto nos permite intentar un remozamiento de la Ética que a fuerza de querer hacerse mistagógica y grandilocuente para hinchar su prestigio ha conseguido sólo perderlo del todo. Como esto se veía venir, combato hace un cuarto de siglo bien corrido para que no se trate la Ética en tono patético. La patética ha asfixiado la Ética entregándola a los demagogos, que han sido los destructores de todas las civilizaciones y los grandes fabricantes de barbarie. Por eso he creído siempre que en vez de tomar a la Ética por el lado solemne, con Platón, con el estoicismo, con Kant, convenía entrarle por su lado frívolo que es el más profundo, con Aristóteles, con Shaftesbury, con Herbart. Dejemos, pues, un rato reposar la Ética y, en su lugar, evitando desde el umbral la solemnidad, elaboremos una nueva disciplina con el título: Elegancia de la conducta, o arte de preferir lo preferible. El vocablo «elegancia» tiene además la ventaja complementaria de irritar a ciertas gentes, casualmente las mismas que, ya por muchas otras razones previas, uno no estimaba."

domingo, 16 de noviembre de 2008

En honor de Gaspar Pérez de Villagrán, el soldado poeta

[Reproduzco a continuación la fantástica historia que nos cuenta C.F. Lummis sobre el gran héroe español Gaspar Pérez de Villagrán.
Esta historia enlaza con la entrada anterior.]

El soldado poeta

"Pero retrocedamos un poco. El joven oficial que dio aquel soberbio salto sobre el tajo de Acoma, que repuso la toza para hacer puente y salvó de este modo la vida a sus camaradas, e indirectamente a todos los españoles de Nuevo Méjico, fue el capitán Gaspar Pérez de Villagrán. Era muy culto, había obtenido el grado de bachiller en una Universidad española, era joven, ambicioso, valiente y un verdadero atleta. Fue un héroe entre los héroes del Nuevo Mundo, y un cronista al que mucho debe la historia. Los seis ejemplares existentes del pequeño y grueso volumen en pergamino que contiene su histórico poema de treinta y cuatro heroicos cantos, valen cada uno de ellos muchas veces su peso en oro. ¡Lástima grande que no haya habido un Villagrán para cada una de las campañas de los exploradores de América, que nos diese más detalles de aquellos sobrehumanos peligros y sufrimientos, pues la mayoría de cronistas de la época tratan de esos episodios tan brevemente como describiríamos un paseo de Nueva York a Brooklyn!

El salto del tajo no fue la única parte que tomó el capitán Villagrán en el sangriento combate de Acoma, en el invierno de 1598-99. Estuvo apunto de ser víctima de la primera matanza, en la que Juan de Zaldívar y sus hombres, perecieron, y se escapó de aquel lance sólo para sufrir penalidades tan terribles como la muerte.


En otoño de 1598, cuatro soldados desertaron del pequeño ejército de Oñate en San Gabriel y el gobernador envió a Villagrán con tres o cuatro soldados para arrestarlos. No sabemos lo que diría hoy un sheriff si le mandasen perseguir a cuatro malhechores en un recorrido de mil millas por un desierto como aquél y con una fuerza tan pequeña. Pero el capitán Villagrán siguió la pista de los desertores, y después de perseguirlos por más de novecientas millas, les alcanzó al sur de Chihuahua (Méjico). Los desertores hicieron una feroz resistencia. Dos fueron muertos por los soldados y dos se escaparon. Villagrán dejó allí su pequeña fuerza y desanduvo solo las peligrosas novecientas millas. Llegado al pueblo de Puaray, en la margen occidental del río grande, frente a Bernalillo, supo que su jefe Oñate acababa de marchar hacia el oeste, en su peligroso viaje a Moqui, el cual ya hemos descrito. Villagrán se volvió en el acto hacia el oeste saliendo solo para seguir y alcanzar a sus compatriotas. La pista era fácil de seguir, porque los españoles tenían los únicos caballos que había en lo que es hoy los Estados Unidos; pero aquel solitario caminante que la iba rastreando, se vio continuamente rodeado de peligros y sufrimientos. Llegó a la vista de Acoma justamente después de la matanza de Juan de Zaldivar y del tremendo salto de los cinco españoles. Los supervivientes ya se habían alejado de aquel sitio fatal, y cuando los habitantes vieron a un español que se acercaba solo, bajaron de su ciudadela roqueña para rodearle y darle muerte. Villagrán no tenía armas de fuego sino únicamente su espada, una daga y un escudo. Aun cuando ignoraba los terribles sucesos que acababan de ocurrir, le inspiró recelos la manera como los salvajes trataban de envolverle , y aun cuando su caballo renqueaba por efecto de su larga jornada, lo espoleó para ponerlo a galope y luchó, abriéndose paso por entre el círculo que iban estrechando los indios. Continuó su fuga hasta muy entrada la noche, describiendo un largo circuito, para no acercarse a la ciudad, y al fin, descendió, exhausto, de su también exhausto caballo, y se extendió a descansar sobre la dura tierra. Cuando despertó caía una gran nevada, y se encontró medio sepultado bajo la fría y blanca nieve. Montando de nuevo, avanzó en la oscuridad para alejarse todo lo posible de Acoma, antes de que lo denunciase la luz del día. De repente, caballo y jinete cayeron en un hondo pozo que los indios habían abierto para que sirviese de trampa, cubriéndolo con ramas y tierra. En la caída se mató el pobre caballo y Villagrán quedó maltrecho y aturdido. Por fin logró salir del pozo, con gran contento de su fiel perro, que estaba sentado aullando y tiritando al borde de aquel.


El soldado poeta habla muy tiernamente de aquel mudo compañero de su larga y peligrosa jornada, y es evidente que lo quería con un cariño que solo un hombre valiente pude profesar y un fiel perro merecer.
Emprendiendo de nuevo la marcha a pie, pronto perdió Villagrán el camino en aquel desierto sin huellas ni veredas. Durante cuatro días y cuatro noches anduvo errante, sin un bocado que comer y sin una gota de agua, pues ya se había derretido la nieve. Muchos hombres han hecho más largos ayunos entre iguales sufrimientos; pero solo los que han experimentado sed en tierras áridas, pueden tener una remota idea de lo que significa vivir noventa y seis días sin agua. Dos días de aquella sed suele ser fatal a muchos hombre fuertes, y es poco menos que milagroso que Villagrán pudiese resistirla cuatro días. Por fin, casi muriendo de sed, con la lengua seca e hinchada, y dura y áspera como una lima, saliéndole fuera de los dientes, se vio en la triste necesidad de matar a su fiel perro, lo cual hizo con lágrimas de varonil remordimiento. Llamando al pobre animal hacia sí, lo despachó con su espada y ansiosamente apuró la sangre caliente. Esto le dio fuerzas para arrastrarse un poco más, y cuando ya iba a dejarse caer en la arena para morir, divisó un pequeño hoyo en una gran roca, a poca distancia. Arrancándose débilmente hasta llegar allí, descubrió con júbilo que había quedado en la cavidad un poco de agua de nieve. Esparcidos alrededor había unos cuantos granos de maíz, que le parecieron llovidos del cielo, y los devoró famélicamente.


Había abandonado ya toda esperanza de alcanzar a su jefe, y decidió retroceder y andar las terribles doscientas millas que le separaban de San Gabriel. Pero ya no podía su cuerpo obedecer por más tiempo a su heroico espíritu, y hubiera perecido miserablemente junto al pequeño tanque de la roca, a no ser por una extraña casualidad.


Mientras estaba allí tendido, sin ánimo y sin fuerzas, oyó súbitamente voces que se acercaban. Supuso que los indios habían rastreado su pista, y se dio, por perdido, porque se sentía demasiado débil para luchar. Pero al fin llegaron a su oído acentos españoles, y aun cuando eran voces ásperas y broncas de soldados, con toda seguridad debieron parecerle los sonidos más dulces del mundo. Sucedió que la noche anterior, algunos de los caballos del campamento de Oñate se habían extraviado, y un pelotón de soldados salió en busca de ellos. Siguiendo sus huellas, llegaron cerca del sitio donde el capitán Villagrán se hallaba tendido. Por fortuna le vieron, pues el no podía ni gritar ni correr tras ellos. Con sumo cuidado levantaron al oficial herido y lo llevaron al campamento, y allí, con los solícitos cuidados de hombres barbudos, recuperó lentamente sus fuerzas y con el tiempo volvió a ser el osado atleta de otros tiempos. Acompañó a Oñate en su larga marcha por el desierto, y pocos meses después estuvo presente en el asalto de Acoma y realizó la pasmosa proeza que se cita como una de las heroicidades más notables de la historia del Nuevo Mundo."

Los exploradores españoles del siglo XVI - II

[Reproduzco a continuación la segunda parte de la historia, que Lummis describe singularmente, en el asalto a la roca de Acoma.]

El asalto a la empinada ciudad


"Al romper el alba del día veintidós de enero, Zaldívar dio la señal para el ataque, y el cuerpo principal de la fuerza española empezó a disparar sus pocos arcabuces y a intentar un asalto desesperado por el extremo norte de la gran roca, que era por allí absolutamente inexpugnable. Los indios, apiñados en el borde de los farallones, despedían una lluvia de proyectiles, y muchos de los españoles fueron heridos. Entre tanto, doce hombres escogidos, que durante la noche se habían ocultado debajo de la parte saliente del risco, el cual les protegía contra el fuego y la observación de los indios, trepaban cautelosamente por debajo y alrededor del precipicio, arrastrando con cuerdas el pedrero. Algunos de aquellos doce hombres eran arcabuceros y, además del peso del ridículo cañón, llevaban sus pesados arcabuces y su tosca armadura, que no les ayudarían ciertamente a escalar alturas, cuyo ascenso sería difícil hasta para un atleta libre de trabas. Continuando su trabajosa tarea sin ser vistos, tirando uno de otro, y después del pedrero peñas arriba, llegaron por fin a la cumbre de un alto farallón, separado del gran risco de Acoma por un angosto pero terrible tajo. Al atardecer tenían ya el cañón apuntando hacia la ciudad, y el retumbante disparo, cuando la bala de piedra fue lanzada sobre Acoma, fue la señal, para la tropa que estaba al extremo norte de la meseta, de que se había tomado la primera posición estratégica, a la vez que advirtió a los indios del peligro que les amenazaba por otro lado.

Aquella noche, pequeños grupos de españoles treparon por los grandes precipicios que cercan ese valle en forma de artesa por oriente y poniente; talaron pequeños pinos, arrastrando con inmenso trabajo los troncos peñas abajo y a través del valle, para subirlos al farallón donde se habían situado los doce hombres con el pedrero. Una docena de hombres quedaron guardando los caballos al extremo norte de la meseta, y el resto de la fuerza se juntó a los doce arcabuceros, ocultándose en las grietas del farallón. AL otro lado del tajo, los indios estaban tendidos en las hendeduras o detrás de las rocas, esperando el ataque.
La madrugada del veintitrés, un piquete de hombres escogidos, a una señal, salieron corriendo de sus escondites con una toza cargada en hombros, y con una acertada maniobra la colocaron al otro extremo sobre el lado opuesto, por encima del abismo. Salieron corriendo los españoles y empezaron a desfilar, guardando el equilibrio por aquel vertiginoso “puente”, recibiendo una descarga de piedras y saetas. Habían cruzado ya varios, cuando uno de ellos, en su excitación, cogió la cuerda que estaba amarrada a la toza y arrastró ésta detrás de él.

Fue aquel un momento terrible. Eran menos de doce los españoles que así quedaron al borde de Acoma, separados de sus compañeros por un precipicio de centenares de pies de profundidad, y rodeados por enjambres de indios. Estos, saliendo de su refugio, cayeron al instante sobre ellos, rodeándolos. Mientras el soldado español podía mantener a los indios a distancia, hasta sus toscas armas e ineficaz armadura le daban cierta ventaja; pero, a tan corto alcance, aquellos mismos arreos eran un impedimento fatal por su tosquedad y su peso. Parecía entonces como si fuese a repetirse la anterior matanza de Acoma, y los aislados españoles fuesen a ser destrozados; pero en aquel momento crítico, un hecho de increíble valor personal les salvó a ellos y a la causa de España en Nuevo Méjico. Un esbelto, inteligente y joven oficial, u estudiante que era amigo particular y favorito de Oñate. Salió del grupo de los consternados españoles que se hallaban al otro lado del tajo, y que no se atrevían a disparar contra los enemigos para no herir a sus compañeros que estaban mezclados con ellos, y, corriendo como un gamo, se fue hacia el precipicio. Al llegar al borde, encogió su ágil cuerpo, saltó al aire como un pájaro y salvó el abismo. Cogiendo en seguida la toza, con un esfuerzo desesperado la empujó hasta que sus compañeros pudieron agarrarla desde el otro borde, y por encima del restablecido puente pasaron los soldados españoles, salvando la situación.

Empezó entonces una de las más tremendas luchas cuerpo a cuerpo que registra la historia de América. Peleando en proporción de uno contra diez; mezclados entre una turba de salvajes que daban alaridos y luchaban con el frenesí de la desesperación; acuchillados con armas melladas; aturdidos por los golpes de maza; acribillados por las erizadas flechas; agotados, exhaustos y cubiertos de sangre, Zaldívar y su puñado de héroes se abrieron camino, pulgada a pulgada, paso a paso, usando sus mosquetes pesados como mazas; hiriendo con sus chafarotes; parando mortales golpes y arrancando las barbadas flechas de sus trémulas carnes. ¡Iban avanzando, avanzando siempre; lanzando valerosos el grito de guerra de Santiago; acorralando a su tenaz enemigo con valor todavía más tenaz; hasta que al fin los indios, convencidos de que aquellos no eran enemigos humanos, huyeron a refugiarse en sus casas semejantes a fortalezas, pudiendo así alentar los españoles! Otras tres veces se leyó la intimidación a rendirse ante aquellas extrañas viviendas de cerca de mil pies de largo cada una y que parecían tramos de una gigantesca escalinata labrada en una sola roca. Aun entonces deseaba Zaldívar evitar más derramamiento de sangre y pidió que solo le entregasen para castigarlos, los asesinos de su hermano y de sus compatriotas. Todos los demás que se rindiesen y que se hiciesen súbditos del “Rey, nuestro señor”, serían bien tratados. Pero los tercos indios, como lobos heridos en su madriguera, se mantuvieron parapetados en sus casas y rehusaron toda proposición de paz.


El risco fue tomado; pero quedaba aún la ciudad. Cada pueblo de los indios era una verdadera fortaleza, y Zaldívar tuvo que atacar a Acoma casa por casa, habitación por habitación. El pequeño pedrero fue colocado enfrente de la primera fila de casas, y pronto empezó a hacer disparos con alguna lentitud. Al derrumbarse las paredes de adobe bajo el constante cañoneo de las balas de piedra, solo forman grandes barricadas de tierra que ni siquiera podría atravesar nuestra moderna artillería, y cada casa tenía que tomarse separadamente a punta de espada. Algunas de las casas derruidas se incendiaban con la lumbre de sus fogones, y no tardó en cubrir la ciudad un humo asfixiante, del cual salían los gritos de las mujeres y de los niños y los provocadores alaridos de los guerreros. El humanitario Zaldívar hizo cuanto pudo para salvar a las mujeres y a los niños, con gran peligro de sí mismo; pero muchos perecieron bajo las paredes derrumbadas de sus propias casas.

El terrible asalto duró hasta el mediodía del veinticuatro de enero. De vez en cuando partidas de guerreros realizaban salidas, tratando de abrirse paso por entre las filas de españoles. Muchos, en su desesperación, se lanzaron desde lo alto del risco, pereciendo estrellados al pie del mismo. Solo dos indios de los que dieron tan pasmoso salto sobrevivieron, tan milagrosamente como los cuatro españoles de la primera matanza, y también como ellos lograron salvarse.

Por fin, al mediodía del tercero, los viejos salieron pidiendo clemencia, y ésta les fué concedida en el acto.
En el momento en que se rindieron, se olvidó su rebeldía y se perdonó su traición. Ya no hubo necesidad de más castigo. Los cabecillas que causaron la muerte del hermano de Zaldívar habían muerto, como también casi todos sus aliados navajos. Fue aquella la lucha más sangrienta que se ha conocido en Nuevo Méjico. En aquellos tres días de combate tuvieron los indios quinientos muertos y muchos heridos, y de los españoles supervivientes no hubo uno que no quedase para toda la vida con horrendas cicatrices como recuerdo de Acoma. Quedó la ciudad tan destrozada que tuvo que construirse de nuevo, y el infinito trabajo con que los pacientes indios habían subido a lo alto del risco sobre sus espaldas todas las piedras y la madera y la arcilla necesarias para construir una ciudad de casas de varios pisos, para cerca de mil almas, tenía que repetirse. También sus cosechas y todas las provisiones que tenían almacenadas, en obscuros aposentos de aquellas casas con terrados, habían quedado destruidas y era necesario reponerlas. En verdad que “los de arriba” habían enviado un terrible castigo a aquel pueblo por su traición a Juan de Zaldívar.
Cuando sus hombres se hubieron recuperado lo bastante de sus heridas, Vicente de Zaldívar, héroe del asalto más prodigioso que refiere la historia, regresó victoriosamente a San Gabriel de los Españoles, llevando consigo ochenta muchachas de Acoma, que envió a las monjas de Méjico para que las educasen. ¡Qué gritería debió de armarse en las murallas de la pequeña colonia cuando sus ansiosos atalayas vieron por fin su pequeño ejército de guerreros, pálidos y cubiertos de andrajos, regresar lentamente a sus hogares, caminando sobre la nieve y montados en flacos jamelgos!


Los demás pueblos que habían estado en acecho como los gatos, escondiendo las uñas, pero con todos sus músculos prontos a saltar quedaron paralizados de espanto. Esperaban ver a los españoles derrotados, ya que no aplastados, en Acoma, y entonces un rápido levantamiento de todas las tribus hubiera acabado con todos los invasores. Pero había sucedido lo imposible. ¡Ahko, la orgullosa ciudad encumbrada de los Queres! ¡Ahko, la rodeada de riscos, la inexpugnable, había caído en poder de los pálidos extranjeros! ¡Sus bravos guerreros habían perecido; sus fuertes casas eran un montón de humeantes ruinas; su riqueza se había perdido; su pueblo estaba casi borrado de la faz de la tierra! ¿Cómo luchar contra “hombres tan poderosos”, contra aquellos extraños brujos a quienes debían proteger “los de arriba”, pues de otro modo no podrían hacer tan sobrehumanas proezas? Relajados sus encogidos nervios, el gran gato empezó a runrunear como si nunca hubiese soñado en coger ratones. Ya no pensó más en rebelarse contra los españoles, y los indios hasta se esforzaron en aquietarse a favor de aquellos terribles extranjeros. Le llevaron a Oñate la noticia del asalto de Acoma algunos días antes de que Zaldívar y sus héroes regresasen a la pequeña colonia, y fueron asaz villanos para entregarle dos indios Queres que, huyendo de aquel espantoso combate, se habían refugiado entre ellos. En adelante, los pueblos no dieron ya que hacer al gobernante Oñate.


Pero los de Acoma no parecieron tomar la lección tan a pecho como los otros. Quedaron demasiado destrozados y quebrantados para pensar en otra guerra con sus invencibles enemigos; no obstante, mostraron una implacable hostilidad a los españoles por espacio de treinta años, hasta que fue la ciudad conquistada de nuevo mediante una heroicidad tan brillante como la de Zaldívar, aunque de muy distinta manera.


En 1629, Fray Juan Ramírez, “el apóstol de Acoma”, salió solo de Santa Fe para fundar una misión en la encumbrada ciudad de feroces bárbaros. Se le ofreció una escolta de soldados, pero él la rehusó y salió a pié, enteramente solo y sin más armas que su crucifijo. Recorriendo con dificultad su penoso y arriesgado camino, llegó al cabo de muchos días al pié de la gran “isla” de roca, y empezó el ascenso. En cuanto los indios vieron a una persona extraña, y de la gente que ellos aborrecían, corrieron hasta el borde del risco y le lanzaron una lluvia de flechas, algunas de las cuales atravesaron sus hábitos. En aquel momento, una niña de Acoma, que estaba en el mismo borde de la ingente roca, se asustó al ver la saña de su gente y, perdiendo el equilibrio se depeñó al precipicio. Pero quiso la providencia que solo cayese unas cuantas yardas sobre un reborde arenoso cerca de donde estaba Fray Juan, y donde no podían verlos los indios, quienes supusieron que había caído hasta la sima. Fray Juan se acercó a recogerla y la llevó sana y salva hasta arriba, y al ver este aparente milagro, los salvajes quedaron desarmados y lo recibieron como a un mago. El buen hombre vivió solo en Acoma más de veinte años, amado por los naturales como un padre, y enseñando a sus atezados conversos con tanto éxito, que con el tiempo muchos de ellos sabían el catecismo y podían leer y escribir en español. Además, bajo su dirección y con muchísimo trabajo, construyeron una gran iglesia. Cuando murió en 1664, los acomas, que habían sido los indios más feroces llegaron a ser los más dóciles de Nuevo Méjico y los más adelantados en civilización. Pero pocos años después de su muerte, ocurrió el levantamiento de todos los pueblos, y durante las largas y desastrosas guerras que se siguieron, fue destruida la iglesia y desaparecieron, en gran parte, los frutos del trabajo del valiente Fray Juan. En aquella rebelión, Fray Lucas Maldonado, que era entonces misionero en Acoma, fue asesinado por su rebaño el diez o el once de agosto de 1680. En noviembre de 1692, Acoma se rindió voluntariamente al conquistador de Nuevo Méjico Diego de Vargas. Al cabo de pocos años, sin embargo, se rebeló de nuevo y en agosto de 1696, Vargas marchó contra la ciudad, pero no pudo asaltarla. Gradualmente los pueblos fueron viviendo en paz con los humanitarios conquistadores y llegaron a merecer la benevolencia con que constantemente se les trataba. La misión fue reestablecida en Acoma por el año 1700, y allí se eleva hoy una enorme iglesia que es una de las más interesantes del mundo, dados el infinito trabajo y la paciencia con que fue construida. La última tentativa de levantamiento de los indios Pueblos ocurrió en 1728; pero en ella no tomó parte Acoma.La curiosa escalera de piedra por la que Fray Juan Ramírez subió la primera vez a su peligrosa parroquia bajo una lluvia de flechas todavía la usan los habitantes de Acoma, quienes le han dado el nombre del “camino del Padre”."

Los exploradores españoles del siglo XVI - I

[Reproduzco a continuación la primera parte de otro texto del libro de Lummis Los exploradores españoles del siglo XVI perteneciente al capítulo: Los primeros caminantes de América. Cuenta, en dos partes, una de las más impresionantes batallas en el Nuevo Mundo.]


La guerra de la roca


"Algunos de los heroísmos y penalidades más característicos de los exploradores en nuestro dominio, ocurrieron alrededor de la asombrosa roca Acoma, la extraña ciudad empinada de los pueblos Queres. Todas las ciudades de los indios pueblos estaban construidas en sitios fortificados por la Naturaleza, lo cual era necesario en aquellos tiempos, puesto que estaban rodeadas por hordas, muy superiores en número, de los guerreros más terribles de que nos habla la historia; pero Acoma era la más segura de todas. En medio de un largo valle de cuatro millas de ancho, bordeado por precipicios casi inaccesibles, se levanta una elevada roca que remata en una meseta de sesenta acres de superficie (40,47 áreas), y cuyos lados que tienen trescientos cincuenta y siente pies ingleses de altura, no solo son perpendiculares, sino que en algunos puntos se inclinan hacia delante. En su cumbre se alzaba – y se alza todavía – la vertiginosa ciudad de Queres.

Las pocas sendas que conducen a la cima, y en las que un paso en falso puede precipitar a la víctima a una muerte horrible, despeñándola desde una altura de centenares de metros, bordean abruptas y peligrosas hendeduras, desde cuya parte superior un hombre resuelto, sin otras armas que piedras, podría casi tener a raya a todo un ejército.


La primera vez que los europeos supieron de esa ciudad aérea fue en 1539, cuando Fray Marcos, descubridor de Nuevo Méjico, la gente de Cibola le habló de la gran fortaleza roqueña de Hákuque, nombre que ellos daban a Acoma, y que sus habitantes llamaban Ahako. Al año siguiente, Coronado la visitó con su pequeño ejército y nos ha dejado un exacto relato de sus maravillas. Esos primeros europeos fueron allí bien recibidos, y los supersticiosos habitantes, que nunca habían visto una barba, ni la cara de un hombre blanco, tomaron a los extranjeros por dioses. Pero hasta medio siglo después , no trataron los españoles de establecerse allí.


Cuando Oñate entró en Nuevo Méjico, en 1598, no encontró de momento oposición alguna, porque su fuerza de cuatrocientos hombres, incluso doscientos armados, era bastante para atemorizar a los indios. Estos eran, naturalmente, hostiles a los invasores de su dominio; pero, viendo que los extranjeros les trataban bien, y temerosos de hacer guerra abierta a aquellos hombres que llevaban trajes duros y mataban de lejos con sus bastones de trueno, los pueblos esperaron ver el resultado de la invasión.


Las tribus de los Queres, Tigua y Jemez se sometieron formalmente al régimen español e hicieron juramento de alianza a la corona por medio de sus representantes reunidos en la población de Guipuy (que ahora se llama Santo Domingo); los mismo hicieron los Tanos, Picuries, Tehuas y Taos, en una conferencia parecida, que celebraron en la población de San Juan, en septiembre de 1598. Al ver su fácil sumisión, Oñate sintió grandes alientos, y decidió visitar personalmente todos los pueblos principales, para hacerlos más seguros súbditos de su soberano.


Había ya fundado la primera ciudad de Nuevo Méjico y la segunda en los Estados Unidos, San Gabriel de los Españoles, donde hoy está Chamita. Ántes de salir a esa peligrosa jornada, despachó a Juan de Zaldívar, su edecán, con cincuenta hombres, a explorar las vastas y desconocidas llanuras que quedaban hacia oriente, para después seguir él por el mismo camino.


Oñate, con una reducida fuerza, salió de la pequeña y solitaria colonia española, que estaba a más de mil millas de distancia de toda ciudad de hombres civilizados, el 6 de octubre de 1598. Primero se dirigió a los pueblos de las grandes llanuras de los lagos salados, al este de las montañas Manzano, sedienta jornada de más de doscientas millas. Volviendo después al pueblo de Puaray (opuesto al que hoy se llama Bernalillo) se desvió hacia el oeste. El 27 del mismo mes acampó al pie de los altos acantilados de Acoma. Los principales de la ciudad bajaron desde lo alto de la roca, y solemnemente juraron alianza a la corona de España. Se les advirtió la gran importancia y significación del paso que acababan de dar, y que si violaban sujuramento serían considerados y tratados como reveldes a Su Majestad; pero ellos se comprometieron a ser fieles vasallos. Trataron a los españoles muy amistosamente, y varias veces invitaron al jefe y a sus hombres a visitar la empinada ciudad. En realidad habían tenido espías en las conferencias celebradas en SantoDomingo y San Juan, y decidieron que el hmbre más peligroso entre los invasores era el mismo Oñate. Si podían matarle a él, creían que los demás extranjeros blancos serían fácilemente derrotados.


Pero Oñate nada sabía de su proyectada traición, y al día siguiente él y su puñado de hombres, dejando solo una guardia con los caballos, treparon por una de las peligrosas "escaleras" de piedra, y se hallaron en Acoma. Los oficiosos indios los condujeron acá y acullá, mostrándoles las extrañas casas de varios pisos de altura y con varias terrazas, los grandes estanques labrados en la roca y el vertiginoso borde del precipicio que por todas partes rodeaba aquella ciudad, semejante a un nido de águila. Finalmente condujeron a los españoles a un sitio en que había una larga escalera de mano, cuyo extremo superior pasaba por una trampa situada en el techo de una gran casa, que era la estufa o sea la sagrada cámara del concejo. Los visitantes subieron al techo por una escalera más pequeña, y los indios trataron de que Oñate bajase por la trampa. Pero el gobernador español, observando que en el aposento de abajo reinaba la obscuridad y sintiéndose de momento receloso, rehusó bajar; y como estaba rodeado de soldados, los indios no insistireron. Después de una corta visita a la población, los españoles bajaron de la roca a su campamento, y desde allí prosiguieron su larga y peligrosa jornada a Monqui y Zuñi. Aquel repentino rasgo de prudencia en la mente de Oñate salvó la historia de Nuevo Méjico, porque en aquela estufa se hallaban apostados algunos guerreros armados. Si hubiese entrado en la cámara, lo hubieran asesinado en el acto; y su muerte hubiera sido la señal para un ataque a los españoles, los que hubieran perecido en aquella lucha desigual.


Volviendo de su viaje de exploración por aquellas desiertas y mortíferas llanuras, Juan de Zaldívar salió de San Gabriel el 18 de Noviembre, para seguir a su jefe. Solo tenía treita hombres. Llegando al pie de la ciudad empinada el día 4 de diciembre, fue muy bien acogido por los acomas, quienes le invitaron a subir y visitar la ciudad. Era Juan tan bueno como valiente soldado, y conocía las estratagemas de guerra de los indios; pero por la primera vez en su vida y fue la última, se dejó engañar.


Dejando la mitad de sus fuerzas al pie del risco para guardar el campamento y los caballos, subió con dieciséis hombres. Había en la ciudad tantas maravillas; era la gente tan cordial, que los visitantes pronto olvidaron toda sospecha que pudieran abrigar, y gradualmente fueron dispersándose aquí y allá para ver las cosas más notables. No esperaban sino esto los habitantes, y cuando el jefe de los guerreros lanzó su grito de guerra, hombres, mujeres y niños cogieron piedras y mazas, arcos y cuchillos de pedernal, y cayeron con furia sobre los dispersos españoles. Fue una horrenda y desigual lucha la que contempló el sol de invierno aquella triste tarde en la ciudad empinada. Aquí y allá, de espalda a la pared de una de aquellas extrañas casas, veáse un soldado de faz lívida, desarrapado, cubierto de sangre, blandiendo su pesado mosquete como si fuese una maza, o dando tajos desesperados co una espada ineficaz contra la tostada y famélica canalla que le rodeaba, mientras llovían piedras sobre su calada visera y por todas partes recibían golpes de clavas y pedernales. No había ningún cobarde en aquella malhadada cuadrilla; vendieron caras sus vidas; delante de cada cual había tendido un montón de cadáveres. Pero uno a uno, aquella ola de rugientes bárbaros ahogaba a cada tremendo y silencioso luchador, y se desviaba para ir a hendir el mortífero aluvión que envolvía a otro. El mismo Zaldivar fué una de las primeras víctimas, y en aquel desigual combate murieron otros dos oficiales, seis soldados y dos sirvientes.


Los cinco que sobrevivieron – Juan Tabaro, que era alguacil mayor y cuatro soldados – pudieron por fin juntarse, y con sobrehumano esfuerzo, luchando y sangrando por varias heridas, se abrieron paso hasta el borde del precipicio. Pero sus salvajes enemigos los perseguían, y sintiendose demasiado débiles para seguir matando hasta llegar a una de las escaleras del risco, en el paroxismo de su desesperación, los cinco se arrojaron desde aquella tremenda altura.
No hay memoria de otro salto tan terrible como el que dieron Tabaro y sus cuatro compañeros. Aún suponiendo que hubiesen tenido la suerte de llegar hasta el borde más bajo de aquel risco, la altura no pudo ser de menos de ¡ciento cincuenta pies ingleses! y, sin embargo, solo uno de los cinco se mató en tan inconcebible caída: los cuatro restantes, atendidos por sus aterrorizados compañeros del campamento, finalmente se repusieron.


Esto parecía increíble si no estuviese completamente comprobado por pruebas históricas. Es probable que cayesen sobre uno de los montones de blanca arena que el viento había arremolinado en algunos sitios al pie del risco.
Afortunadamente los indios victoriosos no atacaron el pequeño campamento. Los supervivientes tenían aún sus caballos, animales desconocidos de los indígenas a quien infundían pavor. Durante algunos días los catorce soldados y sus cuatro semimuertos compañeros, acamparon bajo el saliente costado del risco, donde estaban a salvo de toda clase de proyectiles que pudiesen arrojarles desde arriba, pero esperando a cada momento ser atacados por los naturales. Tenían la seguridad de que la matanza de sus camaradas no era más que el preludio de un levantamiento general de los veinticinco o treintamil indios Pueblos, y sin reparar en el peligro que corrían, decidieron por fin dividirse en pequeños grupos y separarse; unos para seguir a su jefe en su jornada hasta Moqui y avisarle del peligro que le amenazaba; y otros para cruzar a toda prisa centenares de áridas millas hasta llegar a San Gabriel y defender a las mujeres y a los niños que allí había y a los misioneros que se habían esparcido entre los indios.


Este plan de abnegación se realizó felizmente. Los pequeños grupos de tres y de cuatro llevaron la noticia a sus compatriotas, y a fines del año1598 todos los españoles supervivientes en Nuevo Méjico se pusieron a salvo en la aldea de San Gabriel. Estaba la población construida al modo indio, esto es, en forma cuadrada, y en la plaza central se habían colocado los rudos pedreros – especies de obuses que lanzaban balas de piedras -, los cuales defendían las puertas. Sobre las azoteas de las casas de adobe, de tres pisos, las valerosas mujeres vigilaban de día, y los hombres, con sus pesados mosquetes, montaban las guardias en las noches de invierno, para prevenirse contra el esperado ataque. Pero los pueblos quedaron sobre las armas. Esperaban ver lo que Oñate haría con Acoma, antes de tomar medida alguna contra los extranjeros. Oñate se encontró en un difícil dilema.


No se necesita saber ni la mitad de lo que sabía aquel español, ya encanecido y sosegado, acerca del carácter de los indios, para comprender que debía castigar sumariamente a los rebeldes por la matanza de sus hombres, o abandonar para siempre su colonia y Nuevo Méjico. Si semejante atropello quedase sin castigo, los osados Pueblos no dejarían con vida a ningún español. Por otra parte, ¿cómo podría él llegar a conquistar aquella inexpugnable fortaleza de roca ? Tenía menos de doscientos hombres, y solo podía destinar parte de estos para la campaña, pues de lo contrario, los otros pueblos, en su ausencia, se levantarían y aniquilarían a San Gabriel y sus habitantes. En Acoma había trescientos guerreros bien contados, secundados además por no menos de cien navajos.


Pero no existía otra alternativa. Cuanto más lo pensaba y consultaba con sus oficiales, más claro veía que la única salvación estaba en tomar aquel Gibraltar de Queres, y resolvió llevar a cabo el proyecto. Oñate deseaba dirigir en persona tan atrevida empresa; pero había uno que tenía más derecho al desesperado honor que el capitán general, y ese era el olvidado héroe Vicente de Zaldivar, hermano del asesinado Juan. Era sargento mayor de aquel pequeño ejército, y cuando se presentó a Oñate y pidió que se le diese el mando de la expedición contra Acoma, no hubo medio de rehusarle.


El 12 de Enero de 1599 Vicente de Zaldivar salió de San Gabriel a la cabeza de setenta hombres. Sólo unos cuantos de ellos iban armados con sus toscos mosquetes de la época; la mayoría no eran arcabuceros, sino piqueros, armados unicamente con lanzas y espadas, y llevaban chaquetas acolchadas o mallas batidas. Un pequeño pedrero, amarrado sobre el lomo de un caballo, era su única <<>>.
Silenciosa y denodadamente la pequeña fuerza emprendió la árdua jornada. Todos conocían la inexpugnable roca, y pocos acariciaban la esperanza de volver de aquella misión desesperada; pero a nadie se le ocurrió la idea de retroceder. La tarde del onceno día, la fatigada tropa pasó la última meseta y llegó a la vista de Acoma. Los indios, avisados por sus centinelas, estaban prontos a recibirla. Toda la población, con los aliados navajos, hallábase en armas en las azoteas y en los riscos estratégicos. Indígenas desnudos, pintados de negro, santaban de grieta en grieta, aullando, desafiando y vomitando insultos contra los españoles. Los exorcistas grotescamente disfrazados, estaban en pináculos prominentes, tocando sus tambores y lanzando maldiciones y exorcismos a los vientos, y todo el populacho se unía al coro de rugidos y amenazas.


Zaldívar hizo alto con su pequeña partida al pie del risco, acercándose cuanto pudo hacerlo sin peligro. El indispensable heraldo salió de las filas y después de un toque de tromperta, procedió a leer a voz en cuello la formal intimación a rendirse en nombre del rey de España. Por tres veces vociferó aquella intimación; pero cada vez apagaron su voz los gritos y aullidos de los enfurecidos indígenas, y una lluvia de piedras y flechas cayó en peligrosa proximidad. Zaldívar deseaba conseguir la rendición de la plaza, pedir que se le entregasen los cabecillas de la matanza y llevárselos a San Gabriel, para que fueran oficialmente procesados y castigados sin causar daños a los demás habitantes de Acoma; pero los indios, viéndose seguros en su natural fortaleza, se burlaban del misericordioso llamamiento. Era evidente la necesidad de tomar Acoma por asalto. Los españoles acamparon sobre la arena, y haciendo lúgbres planes para el día siguiente, pasaron allí la noche, que hizo más horrenda la baraúnda de la monstruosa danza de guerra que celebraban los habitantes de la ciudad."

Los exploradores españoles del siglo XVI - El más intrépido caminante

Reproduzco a continuación el siguiente texto del libro de Lummis Los exploradores españoles del siglo XVI perteneciente al capítulo: Los primeros caminantes de América.

El más intrépido caminante

"El estudiante más familiarizado con la historia, se queda atónito a cada paso ante el relato de las jornadas de los exploradores españoles. Aun cuando no hubiesen hecho otra cosa en el Nuevo Mundo, sus largas marchas por sí solas serían suficientes para darles fama. En ninguna otra parte se ha sabido jamás de tantos y tan largos viajes por semejantes desiertos. Para comprender esas jornadas de millares de millas, que hacían aquellos héroes, ya solos o en pequeñas partidas, tiene uno que conocer el país que atravesaron y saber algo de los tiempos en que esos hechos se llevaron acabo.

Los cronistas españoles de aquél tiempo no insisten al hablar de las dificultades y peligros que encontraban: es lástima que, siquiera por vanagloria, no se extendieran en el relato de aquellos obstáculos. Pero por lacónicas que sean las narraciones sobre tales puntos, despréndese de ellas que encontraron grandes obstáculos y tuvieron que vencerlos; y aún hoy día, después que tres centurias y media han hecho más habitable aquel desierto que cubría medio mundo; que han domeñado a sus naturales; que lo han llenado de cómodas estaciones; que lo han cruzado con fáciles caminos y le han quitado el noventa por ciento de sus terrores, encontraríanse pocos hombres lo bastante atrevidos para emprender las tremendas jornadas que aquellos bravos héroes consideraban como tareas diarias.


El único hecho casi comparable con las caminatas de los españoles por el Nuevo Mundo, es la historia de los argonautas de California, en 1849, los cuales atravesaron las extensas llanuras con el más notable movimiento de población que refiere la historia; pero aun ese incidente fue mezquino en cuanto a superficie, penalidades, peligros y fortaleza, comparado con los viajes de los exploradores españoles.


Las jornadas de mil millas a través de los desiertos o de las más fatales todavía selvas tropicales, fueron demasiado numerosas para ni siquiera catalogarlas. Una cosa es seguir una senda, y otra penetrar en un páramo sin senda alguna. Una cosa es ir en larga caravana de carromatos bien armados, y otra muy distinta marchar en pequeñas partidas, a pie o en pencos cansados. Una jornada desde un punto conocido a otro conocido también – ambos dentro del mundo civilizado, aun cuando entre los dos se extiendan tierras desiertas, - es muy distinta de una jornada que se emprende desde un punto, a través de tierras ignotas, a otro punto ignorado, siendo la salida, el trayecto y el término cosas del azar y la ventura, sin guías ni jalones que marquen el camino. Lejos de mí la idea de rebajar el heroísmo de nuestros argonautas. Dejaron en la historia una página de la que puede estar orgulloso cualquier pueblo; pero no llegaron nunca a igualar las proezas de similares héroes de otra nacionalidad y de otra época.


El recorrido de Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, el primer caminante de Norteamérica, quedó eclipsado por la proeza del infeliz y olvidado soldado Andrés Docampo. Cabeza de Vaca anduvo mucho mas de diez mil millas; pero Docampo pasó de veinte mil, y sufriendo igualmente terribles penalidades. Las exploraciones de Cabeza fueron mucho más valiosas para el mundo; no obstante, ninguno de los dos salió con intenciones de explorar. Pero Docampo hizo su terrible marcha a pie, voluntariamente y con un fin heroico que tuvo a la postre un enorme resultado; mientras que la empresa de Cabeza fue simplemente el heroísmo de un hombre muy singular para librarse de la desgracia. Las andanzas de Docampo duraron nueve años; y aun cuando no dejó libro alguno relatando sus observaciones, como lo hizo Cabeza, el esqueleto de su historia que nos ha quedado es sumamente sugestivo y característico de aquella época, y refiere otros heroísmos, además del de aquel bravo soldado.


Cuando Coronado fue por primera vez a Nuevo Méjico, en 1540, llevó cuatro misioneros con su pequeño ejército. Fray Marcos pronto volvió a Méjico desde Zuñi por causa de sus dolencias, Fray Juan de la Cruz emprendió con empeño su obra de misionero entre los indios pueblos; y cuando Coronado y su partida abandonaron el territorio, insistió en quedarse en sus atezados catecúmenos de Tiguex (Bernalillo). Era ya muy viejo y estaba seguro de que su ida se acabaría en cuanto se fuesen sus paisanos, y, en efecto, así aconteció. Fue asesinado por los indios sobre el 25 de noviembre de 1542.


El hermano lego Fray Luis Descalona, también muy anciano, escogió como parroquia el pueblo de Tshiquite (Pecos) y se quedó allí después que se fueran los españoles. Construyóse una pequeña choza fuera de la gran ciudad fortificada de los indios, y allí enseñaba a los que querían oirle, y cuidaba un pequeño rebaño de carneros, resto de los que llevara Coronado y que fueron los primeros que entraron en los actuales Estados Unidos. Los indios llegaron a quererle sinceramente, excepto los exorcistas, que lo odiaban por su influencia; por fin estos lo asesinaron y se comieron los carneros.


Fray Juan de Padilla, el más joven de los cuatro misioneros y el primero que sufrió el martirio en tierra de Kansas, era natural de Andalucía y hombre de gran energía, tanto física como mental. Tampoco hizo mal papel como andariego, y nuestros andarines profesionales quedarían estupefactos si tuvieran que recorrer por el desieto los millares de millas que recorrió aquel incansable apóstol de los indios en el desierto sudoeste.


Había desempeñado muy importantes cargos en Méjico, pero abandonó gustoso sus honores para convertirse en un pobre misionero entre los salvajes del ignoto norte.


Habiendo acompañado la partida de Coronado desde Méjico a las siete ciudades de Cibola, a través de los desiertos, Fray Padilla se traslado a Moqui con Pedro de Tobar y su partida de veinte hombres, para recorrer otras mil millas. Fue en esa expedición, uno de los primeros que pudieron contemplar la elevada ciudad de Acoma, el rio grande dentro de lo que es hoy Nuevo Méjico y el gran pueblo de Pecos.


En la primavera de 1541, cuando un puñado de hombres se había reunido en Bernalillo, y Coronado salió en busca del fatal mito áureo de Quivira, Fray Padilla le acompañó. En esa marcha de ciento cuatro días por las áridas llanuras, antes de llegar a las Quiviras, al nordeste de Kansas, sufrieron los exploradores muchas torturas por falta de agua y a veces de alimento. El traicionero guia que llevaban les engañó, y anduvieron errabundos mucho tiempo en un círculo, cubriendo una larga distancia, probablemente de más de mil quinientas millas. Los expedicionarios iban a caballo, pero en aquellos días los humildes padres iban a pie. No hallando más que contrariedades, los exploradores retrocedieron hacia Bernalillo, aunque por un camino más corto, y Fray Padilla fue con ellos.


Pero ya el héroe había determinado que su campo de acción debía estar entre aquellos indios, sioux y otros hostiles, errantes y que convivían con los búfalos en las llanuras; así es que cuando los españoles evacuaron Nuevo Méjico, él se quedó. Con el estaba el soldado Andrés Docampo, dos jóvenes mejicanos de Michoacán, Lucas y Sebastián, llamados los Donados, y unos cuantos jóvenes idios mejicanos. En el otoño de 1542, esa pequeña partida salió de Bernalillo para emprender una marcha de mil millas. Andrés era el único que iba montado; el misionero y los jóvenes indios marchaban penosamente a pie por aquel desierto arenoso. Pasaron por la población de Pecos; de allí atravesaronun rincón de lo que es hoy Colorado y el gran estado de Kansas en casi toda su longitud. Por fin, después de una larga y fatigosa marcha, llegaron a las aldeas de los indios quiviras, donde hayaron albergue provisional. Coronado había plantado una cruz de gran tamaño en una de esas aldeas y allí estableció su misión Fray Padilla. Con el tiempo los indios hostiles fueron deponiendo su recelo y "le amaron como a un padre".
Por último decidió trasladarse a otra tribu nómada, donde parecía que era más necesaria su presencia. Fue un paso muy peligroso; porque no tan solo podían aquellos desconocidos recibirle con intención homicida, sino que corría igual riesgo al abandonar su presente rebaño. Los indios, supersticiosos, no se avenían a perder a tan exorcista como creían que era Fray Juan, y menos a que sus enemigos se aprovechasen de sus servicios, pues todas aquellas tribus errantes se hacían la guerra unas a otras. No obstante Fray Padilla resolvió a irse, y se fue con su pequeño cortejo. A un día de jornada de las aldeas de los quiviras, tropezaron con una partida de indios en son de guerra. Al verles acercarse, el buen padre pensó, ante todo, e salvar a sus compañeros. Andrés tenía aún su caballo, y los muchachos eran veloces corredores.

<< - ¡Huíd hijos míos! – gritó Fray Juan. – Salvaos, porque no podéis ayudarme y nada ganaríamos con morir todos juntos. ¡Corred! >>.
Al principio rehusaron; pero el misionero insistió, y como nada podían contra los indígenas, por fin obedecieron y apelaron a la fuga. Esto, a primera vista, no parece muy heróico; pero les disculpa la consideración de lo que eran aquellos tiempos. No tan solo era gente humilde, acostumbrada a obedecer a los buenos padres, sino que había otro y más poderoso motivo para que procediesen como lo hicieron. En aquellos días de fervorosa fe, se consideraba el martirio no solamente como un heroísmo, sino como una profecía: creíase que indicaba nuevos triunfos para el cristianismo, y era un deber llevar la noticia y propagarla por el mundo. Si ellos se hubiesen quedado y hubiesen perecido con el padre – y a buen seguro que sus fieles secuaces no lo temían físicamente, - la lección y la gloria de su martirio se hubiesen perdido para la humanidad.

Fray Juan se arrodilló en la vasta lanura y encomendó su alma a Dios; y mientras oraba, los indios le atravesaron con sus flechas. Cavaron luego una fosa y echaron el cadáver del primer mártir de Kansas, colocando en aquel sitio un gran montón de tierra. Esto ocurrió en el año 1542.

Andrés Docampo y los muchachos pudieron escapar entonces; pero no tardaron en caer prisioneros de otros indios, que los tuvieron diez meses como esclavos. Les pegaban y mataban de hambre, obligándoles a hacer las labores más pesadas y más viles. Por fin, después de trazar muchos planes y de varias tentativas infructuosas, lograron escapar de sus bárbaros amos. Luego anduvieron a pié y errantes durante ocho años, solos y sin armas, de un lado para otro, en aquellas llanuras secas e inhospitalarias, sufriendo increíbles privaciones y peligros. Por último, después de aquellos millares de millas que lastimaron sus pies, todavía anduviero hasta la ciudad mejicana de Tampico, situada en el gran golfo. Fueron allí recibidos como muertos resucitados. No conocemos los detalles de tan horrenda e incomparable jornada; pero está comprobado en la historia. Durante nueve años, aquellos infelices fueron recorriendo los desiertos a pie y dando mil vueltas, empezando al nordeste de Kansas para ir a terminar al sur de Méjico.

Sebastián murió poco después de su llegada al estado mejicano de Culiacán; las penalidades del viaje habían sido demasiado excesivas aún para un cuerpo tan joven y fuerte como el suyo. Su hermano Lucas se hizo misionero entre los indios de Zacatecas y continuó su trabajo entre ellos durante muchos años, muriendo al fin a una edad muy avanzada. En cuanto al valiente soldado Docampo, poco después de haber vuelto al mundo civilizado, desapareció, sin que se supiese más de él. Tal vez se llegue a descubrir algunos antiguos documentos españoles que arrojen alguna luz sobre el resto de su vida y la suerte que le cupo."

En honor y homenaje de Mr Charles Fletcher Lummis

Nota biográfica que aparece en el libro de Lummis "Los exploradores españoles del siglo XVI", en la decimocuarta edición, editorial Araluce; 1959. En este blog, sólo muestro algunos textos, pero por mi parte, recomiendo la lectura completa de este libro.

Nota biográfica acerca del autor


[Esta nota biográfica fue escrita por el traductor, Arturo Cuyás, en 1916. El autor Ch. F.
Lummis, falleció en Los Ángeles el 25 de Noviembre de 1928]



Antes de empezar la lectura de un libro, procura
Saber algo tocante a la personalidad del autor.

DAVID PRYDE


"Este libro es una gallarda reivindicación de España y de sus métodos de colonización en el Nuevo Mundo.
Avalora y encarece esta reivindicación el ser obra espontánea, desinteresada, y por ende imparcial, de un ilustrado escritor norteamericano, y fruto de sus estudios, investigaciones y concienzudos juicios. Basta leer el prefacio de su libro, para poder apreciar el móvil que le impulsó a escribirlo y la sinceridad y entusiasmo que puso en su labor.
Es natural que los hechos y proezas de los exploradores españoles despertasen el interés y la admiración de un hombre como Mr. Lummis, cuya vida ha sido una continua serie de pasmosos esfuerzos, trabajos y penalidades, que le han obligado a luchar con obstáculos al parecer insuperables, y que solo por el vigor de su naturaleza y por indómita fuerza de su voluntad ha sabido vencer y dominar.

Una biografía detallada de este hombre extraordinario parecería más bien una leyenda o una novela, que la historia real y verdadera de una viviente personalidad. Algunos tendrán por increíble la realización de todo cuanto ha emprendido y llevado a cabo Mr Lummis en 69 años de vida. Pero ahí están sus obras y sus éxitos y la fortuna que ha sabido labrarse a fuerza de trabajo y perseverancia que lo evidencian y lo acreditan.

Nació Mr Charles Fletcher Lummis en Lynn, población fabril del estado de Massachussets, el día primero de marzo de 1859. Estudió y se graduó a los 22 años en la universidad de Harvard, cercana a Boston, y publicó entonces un librito de poesías , impreso sobre corteza de álamo raspada por sus manos hasta dejarla como hojas de papel fino.

Al año siguiente trasladóse a Ohío, donde publicó The scioto Gazette, y movido por su espíritu aventurero, emprendió en septiembre de 1883 una marcha a pie desde Ohío hasta California, llegando a Los Ángeles después de recorrer 5642 kilómetros en 147 días.

Fue admitido como redactor del Daily Times de Los Ángeles al día siguiente de su llegada, y más tarde llegó a ser uno de los prpietarios del periódico.

Pero el trabajo intenso y excesivo que sostuvo durante cuatro años fue causa de un ataque de hemiplejía que le paralizó todo el lado izquierdo y le privó del habla. Entonces se trasladó a Nuevo Méjico con la firme voluntad de reponerse, y allí estuvo cuatro años entre los indígenas, los cuales aprovechó para estudiar sus costumbres y tradiciones y sus cantos populares y para aprender dos de sus idiomas.

En un libro interesantísimo, titulado My friend Hill, en que "el amigo Hill", representa su voluntad, describe Mr Lummis los novelescos incidentes relacionados con el proceso de su curación, que fue completa, recobrando el habla así como el movimiento y la agilidad de sus miembros por efecto de una vida ruda y montaráz y de la tenacidad de su propósito. Posteriormente ha sufrido y podido vencer otros dos ataques, que en otras personas de otro temple hubieran tenido fatal desenlace. Hace algunos años quedó ciego; pero ha vuelto a recobrar la vista después de mucho tiempo.

No obstante, estos padecimientos físicos y el dolor moral que le causó la pérdida de su quinto hijo, Amado, la labor de Mr Lummis en los campos de la literatura, de la exploración y de la investigación, ha sido intensa y fecunda.

Asociado a Mr. A.F. Bandelier, el cual ha aplicado métodos científicos al estudio de la historia, emprendieron los dos juntos una expedición etnológica e histórica, recorriendo Tejas, Colorado, Utah, Arizona y California en los Estados Unidos, y después Méjico, la América Central, Perú y Bolivia, visitando los parajes deonde se desarrolaron los principales hechos de los exploradores y colonizadores españoles.

"He recorrido –dice él mismo en una carta– unos dos millones de millas de Hispano-América, no como turista, sino como un hijo del país; con cartas oficiales de recomendación para diversos Gobiernos y poniéndome en relación con ellos; pero familiarizándome al mismo tiempo con gente de todas las clases sociales; puesto que un país se compone de todas ellas, desde los mendigos y los peones hasta los hombres de ciencias y los gobernantes. Y he tenido la suerte de conocer y tratar a todas esas clases"

Lo cual es garantía del profundo conocimiento que ha adquirido Mr Lumis respecto del asunto de que trata este libro.

De regreso a Los Ángeles en 1884, funda y dirige dos periódicos, y construye su casa de piedra con sus propias manos, ayudado de algunos indios.

Desde entonces ha recibido títulos de varias universidades; ha sido fundador y presidente de sociedades para educar a los indios, para conservar los monumentos históricos de California; fundador y secretario de la Sociedad de Arqueología del Sudoeste; miembro vitalicio del Instituto Arqueológico de América, y miembro activo y honorario de muchas otras sociedades.

En el año 1907 fundó en Los Ángeles el Southwest Museum, al cual ha hecho donación de su copiosa biblioteca particular, la más rica en libros referentes a la América española, y de su colección de objetos arqueológicos hispano-americanos, que se evalúa en más de cien mil dólares.

Además de muchos artículos para la Enciclopedia Británica, la Americana, y diversas revistas y periódicos, ha publicado 15 obras, entre ellas: "Villagran´s New Mexico", "Benavides Memorial of 1630" y uno referente a la república de Méjico bajo el gobierno del general Porfirio Díaz.

Por último este notable americanista, explorador, arqueólogo, historiador, novelista, periodista y fundador de Sociedades y museos, ha tenido tiempo para investigar las costumbres de los indios; ha traducido sus canciones al inglés; las ha puesto en notación de música, y desde hace 15 años se ocupa en compilar para un dicconario Enciclopédico, cuantos datos biográficos, geográficos, históricos, etnológicos y arqueológicos acerca de América se hayan en libros y documentos publicados desde el descubrimiento del Nuevo Mundo hasta 1850.
Será una obra monumental, cuya publicación se propone costear y dirigir, con ayuda de varios competentes redactores.

Mucho deberá América a ese infatigable y filantrópico historiógrafo; pero no menos le debe España por la noble defensa y la justa y entusiástica loa que ha hecho de los héroes españoles que descubrieron y exploraron aquel mundo. Reconociendo esta deuda, el Gobierno español ha tenido a bien manifestar su alto aprecio de la labor de Mr Lummis, agradeciéndole con la encomienda de Isabel la Católica."

Arturo Cuyás

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Camino de Santiago en bicicleta; Julio 2008


Día 2 de julio




Comienzo el peregrinaje en Burgos, frente a la puerta de la ermita de San Amaro Peregrino. Hay fiesta medieval en Burgos. No hace demasiado calor, aunque son ya las 14:00. Tomo el camino por Villalvilla, Tardajos, Rabé de las calzadas, Alto del Páramo pasando por espectaculares verdes trigales hasta llegar a una pronunciada bajada de tierra y piedras que conduce directo hasta Hornillos del Camino donde pillo algo de bituaya. Me encuentro con algunos caminantes, muchos de ellos van también solos, a pié o en bicicleta. Visito la iglesia románica de San Román y continúo el camino hacia Hontanas en cuya entrada me encuentro una fuente de agua muy fría.


La mayoría de peregrinos que encuentro son extranjeros, alemanes, italianos, franceses. Españoles, de momento, pocos.


Voy camino de las ruinas del convento de San Antón. Se trata de una iglesia que debió ser enorme y que fue derruida, parece ser, debido al terremoto de Lisboa. Unos peregrinos que estan áquí acampados me cuentan que en el medievo dejaban a los peregrinos leprosos comida fuera de la iglesia para evitar el contagio y de hecho, el camino, suele circunvalar entorno a los pueblos por este motivo.


Camino de cabras hasta Castrogeriz, (nada comparado con lo que
me encontraré en galicia), pero antes hago parada en la Colegiata
de Ntra Sra del Manzano, románico impresionante.

Llego a Castrojeriz donde puedo sacar dinero, llevo unos 40 kilómetros desde Burgos y ya voy camino de Fromista por un camino alternativo que me indica un oriundo de aquí, el camino es por carretera y, aunque según parece se ataja, hubiese preferido seguir el camino marcado ya que estoy yendo por carretera todo el rato. Viento de cara hasta la entrada a Boadilla del Camino donde, 3 o 4 kilómetros antes, me encuentro un albergue con una pinta estupenda justo antes de la subida a un puente, en medio de un páramo, es como una casona rectangular, albergue en el que, curiosamente, no se puede entrar por no llevar el carné de peregrino. Lo regenta un extrangero, parece francés, que apenas balbucea español. Sigo adelante y paso cerca de un parque junto a una ermita que guarda un cementerio y donde pretendo pasar la noche ya que se hace tarde, estoy cansado y no se si habrá otro albergue cerca. Pero, cuando me dispongo a preparar el saco los mosquitos disparan a matar y decido mejor seguir un poco más hasta que, por suerte, a menos de un kilómetro me encuentro un albergue donde pasar la noche. Llevo recorridos unos 64 kilómetros hasta, prácticamente, Boadilla del Camino.

Fundamental disponer de unos tapones para los oídos si se piensa pasar la noche en un albergue...








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Día 3 de Julio



He dormido unas cuatro horas y sigo camino hasta Fromista donde, al llegar, a eso de las 8:00, desayuno y espero a que la oficina de turismo abra para hacerme el carnet de peregrino. Llevo unos 70 kilómetros recorridos. Visito la impresionante iglesia de San Martín de Fromista, grandiosa, sobria y austera por dentro.

El próximo pueblo en el que sello es Revenga de Campos, en la iglesia de San Lorenzo donde dejo mi impronta en un librillo de firmas que atesora una señora acompañada por una chica joven. Son las 11:00 y llevo unos 25 kilómetros recorridos en el día de hoy.
Sigo camino hacia Villarmentero de Campo donde visito San Martín de Tours, iglesia humilde, aunque con un imponente retablo. Una chica del lugar me ha estado hablando sobre las obras que estan restaurando y sobre la historia de la iglesia cuyo retablo, al parecer, fue construido por unos discípulos de Berruguete.
En Villalcazar de Sirga visito la Iglesia de la Virgen Blanca.

Llego a Carrión de los Condes, un pueblo grande y con mucho trasiego por estas fechas. Hay un mercadillo montado cerca de la iglesia. Sello en la oficina de turismo y sigo hacia Calzadilla de la Cueza donde descanso en un albergue con piscina. Como algo más abajo, en un restaurante para luego darme un chapuzón en la piscina después de una pequeña siesta.
Continúo el períplo directo a Sahagún. El recorrido hasta Sahagún ha sido más o menos llano, con fuerte viento de cara y un solazo importante. Desde que dejé calzadilla he recorrido hasta Sahagún 22 km. Son las 19:30 y en el día de hoy llevo 82 km recorridos. Me paro en un hostal de Sahagún y antes de acostarme doy una vuelta por el pueblo.



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Día 4 de Julio



Me despierto a eso de las 6:45 y después de un buen desayuno marcho hacia el Burgo Ranero. He sellado en Bercianos del Real Camino y a mitad de camino hacia el Burgo encuentro un epitafio que honra a un caminante que falleció, seguramente en ese lugar y cuyo nombre es Manfred Kress Frederich, pues un recuerdo para él.
En el Burgo visito la ermita de barro Santo Cristo Veracruz. Llego a Mansilla de las Mulas y me repongo en una cafetería donde me aseguran que el camino hasta León es muy llano y tiro para adelante.
Llego a León y llevo unos 58 km desde Sahagún. Buscando la catedral, me topo con un señor de 81 años que se llama Félix y que está dispuesto a enseñarme la catedral y contarme su historia.
Es la catedral de España con más vidrieras y en ellas se representan distintos motivos históricos. Fue construida en memoria de la batalla de San Estevan de Gormaz, ganada a los moros. Félix me recomienda que visite el San Isidoro, se trata de un panteón regio donde descansan los reyes castellanos.
Me despido agradecido del amigo Félix, que me hizo la foto en la que aparezco más abajo, y me dispongo a ir rápido hacia el San Isidoro, pero llego demasiado tarde porque cierran a las 13:00 y son las 13:15.
A la salida de León me he encontrado con un chico de Madrid que viene en bicicleta directamente de Madrid, ole !. Me dice que el camino es malo hasta León, por la falta de señales y demás.
A las 17:45 llego a Hospital de Órbigo. Quedan unos 28 km hasta Astorga, objetivo fijado para el día de hoy.
Camino más o menos llano con fuerte viento de cara, como siempre, y llego a Villares de Órbigo y llego a un puente romano de dieciocho ojos con un impresionante parque a ámbos lados del puente. Atravieso el puente de calzada de piedra, incomodísimo para ir en bici, y más con el cansancio que tráigo. A mano derecha hay una terraza donde tomo fuerzas y me aprieto un pedazo de bocata de jamon serrano con queso, gigantesco, con un tintito de verano, mu rico.
Sigo camino hacia Astorga. Llego bastante cansado. En el día de hoy he hecho 115 km, (será mi record en un día). Decido pasar la noche en un hostal. Dejo la bici en un garaje del hostal. Después de ducharme bajo a dar una vuelta por la ciudad, porque Astorga es ciudad más que pueblo y muy monumental. La catedral y el museo Gaudí iluminados por la noche impresionan.













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Día 5 de Julio



Me he levantado a las 6:50. Me preparo y salgo a visitar Astorga. A las 9:00 habren la catedral. Soy el primero en entrar cuando el párroco, que se llama Alfredo, abre las puertas. Muy agradable me comenta todo sobre la catedral. El retablo mayor es de Gaspar Becerra discípulo de Miguel Angel. Nada tiene que envidiar a la de León, son similares en grandeza; los pilares son impresionantes. Hablamos largamente y me cuenta como en tiempo de la invasión francesa los caballos de los franceses entraban hasta la sala de deliberación de los canónigos destrozando el suelo de mármol donde aún quedan las marcas de las herraduras. Me despido de Alfredo agradecido y sigo camino.

A la salida de Astorga me desvío por un camino que me lleva a un

pueblo que no aparece en las referencias que llevo anotadas.
Se llama el pueblo Castillo de los Polvazares. Es todo de piedra. Todas las calles empedradas. Hablando con una señora me comenta que en el pueblo se cuida mucho la estética en la construcción de casas y el ayuntamiento no permite que no cumplan con un determinado modelo.
Paso unos cuantos pueblos, Valdeviejas, Santa Catalina de Somoza, El ganso, Puente Pañote y Rabanal del Camino hasta llegar a Foncebadón. Subiendo unas cuestas que me sitúan a una altura de unos 1300 m, poco antes de la cima paro en una taberna llamada la Taberna de Gaia, con aspecto medieval, un buen sitio para comer o cenar, buena carne. Me tomo un par de tintos de verano y charlo un rato con el tabernero y unos peregrinos de a pié que están comiendo.
Cuando llego a lo que creí que era la cima la vista es espectacular. Sigo el ascenso hasta que llega una imponente bajada en la que fácil se puede alcanzar los 60 km/h y llego al Acebo, donde lleno el bote de agua y sigo bajando 2 o 3 km más hasta Molinaseca. A la entrada hay una iglesia del siglo XVIII y un poco más abajo, al atravesar un puente sobre un río hay una playita de piedras y césped con gente tomando el sol. Me encuentro con dos ciclistas españoles que van hasta Ponferrada.
Llego a Ponferrada y decido quedarme en el albergue municipal. Pago 5 euros por quedarme esa noche y uno de los encargados del albergue saca unos platos de pulpo para todo el mundo. Visito el Santo Tomás y la plaza donde también aquí estan en fiestas, hay montado un mercado medieval, por lo visto esta noche es la noche Templaria y mucha gente sale de fiesta.
En el albergue he conocido a dos hermanas de Bilbao que van a pié, Isabel e Irune. Compramos unas bituayas para la cena y cenamos en la terraza del Albergue. Charlamos un rato y nos dormimos pronto para madrugar.







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Día 6 de Julio



Dormir con tapones en los oídos es otra cosa, he dormido del tirón. Salimos del albergue alrededor de las 7:00 y caminamos al siguiente pueblo hasta encontrar una cafetería abierta para desayunar.
Me despido de Isabel e Irune y sigo camino hacia Cacabelos. Paro en un descansillo donde hay una chica vendiendo cucuruchos con picotas de la huerta de su abuelo, 1 euro el cucurucho, le compro uno mientras me tomo un respiro.
Sello en Cacabelos en la iglesia de Sta María y continúo hasta Villafranca del Bierzo donde está la conocida Puerta del Perdón, que sería el equivalente a llegar a Santiago, para aquellos que por algún motivo no pueden acabar el camino. Más abajo está la iglesia de San Francisco, impresionante antiguo convento franciscano y todavía más abajo la Colegiata de San Nicolás.
Sigo por Trabadelo hasta Ruitelán, paro en una terraza enfrente de un bosque y me tomo un bocata de jamón con un tinto de verano (aquí no saben lo que es un montado). Uno del pueblo que está en la barra me indica un camino que debo seguir hasta Cebreiro, pero me equivoco y voy por otro lado. Por carretera recorro unos 15 km de subida hasta Cebreiro y me encuentro con unos señores de Barcelona de entorno a 65 años que también van en bici y subiendo las duras cuestas con rampas importantes.
Ya estamos en Galicia y el primer pueblo que encuentro es Cebréiro.

Al llegar a Cebréiro busco un bar para ver la final de Wimbledon entre Nadal y Federer y curiosamente me encuentro en el bar a un amigo de Pozuelo, Dani, que está haciendo el camino con su novia y unos amigos. El partido se ha suspendido por la lluvia, pero como todos sabemos, acabará ganándolo Nadal. Nos hacemos una foto en el bar y damos una vuelta por el pueblo.
En la iglesia prerrománica de Sta María se oye un hilo musical con cantos gregorianos.

Son las 19:00 y amenaza lluvia, me despido de Dani y sus amigos y pretendo continuar hasta Samos, pero el camino se complica y se me hace demasiado tarde para seguir. Empieza a hacer bastante frío. Pasaba casi de largo por Biduedo, el pueblo con la capilla más pequeña del camino; San Pedro, cuando freno la bici justo en frente de una posada. Entro en la posada y parece que no hay nadie, pero finalmente me atiende una señora gallega quien me ofrece habitación por 24 euros. Un Señor muy amable, amigo de la familia que regenta la posada, me acompaña a la habitación donde se me permite incluso meter la bici. No hay huéspedes hoy y puedo elegir la habitación. La posada se llama Casa Xato y es una casona grande, es como si estuviera en mi casa, todo muy sencillo y acogedor, un lujazo.
Después de ducharme bajo a cenar y mantengo una charla con este amigo de la familia cuyo nombre no recuerdo, pero me cuenta que él es marinero y de familia de marineros del Ferrol. Me indica un camino alternativo, que también puedo seguir, hasta Sarriá pasando por Sanxi, que es el antiguo camino, aunque yo en mi itinerario tengo marcado de Tricastela a Sarria pasando por Samos. También me ha indicado algunos sitios para parar. En Santiago me recomienda Casa Pepe, un sitio muy económico para comer.
Por lo visto, la hija de Bush estuvo en esta posada, en secreto, pero con fuerte vigilancia.
La cena está preparada y accedo al salón. Una cena suculenta, sopa con patatas cocidas, embutido de primera, huevos fritos con patatas y ensalada.
En el día de hoy he completado 72 km y llevo desde Burgos unos 400 km.




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Día 7 de Julio



Me he despertado un poco más tarde que de costumbre, a las 8:00. Me preparo para bajar y desayunar. La posadera, que divide su jornal entre la posada y unas cabezas de ganado vacuno que cuida con ayuda de otros ganaderos, está intentado dar de comer a un becerro de las ubres de su madre, pero no hay forma y tiene que echar mano de un biberón, y mientras espero, miro el espectáculo. La señora me cuenta un poco cómo es la vida por allí.
Desayuno a lo grande, puedo comer todo lo que quiera, a cuerpo de rey. En total me ha costado todo solo 38 euros, dormir, cenar y desayunar como un marajá.
Por si alguien está interesado en pasarse, la posada es Casa Xato, el teléfono 982187301; por mi parte lo recomiendo.
Salgo en la bici sobre las 9:45, hace rasca y el viento gélido pica la piel. Recomendable llevar mayas largas, porque, aunque a lo largo del día llega a hacer calor, si se sale temprano, hasta las 11:00 u 11:30 no se empieza a entrar en calor, y eso a pesar de ser Julio.
El paisaje gallego es espectacular. Decido comer en un restaurante a unos 3 km de Ferreira. Paso Ferreira cuando descubro que he perdido las gafas. Después de darme la vuelta y volver, he preguntado a la gente pero nada. Finalmente una pareja que va a pié y a la que había preguntado me paran para darme las gafas que éncontraron en el suelo, muy majos, se lo agradezco y sigo camino

Coincido con tres ciclistas que van hasta Portomarín, que es un pueblo grande, aunque no me aparece en el itinerario que llevo. Al salir de Portomarín hay una larga subida que luego se hace bajada y llego a Palas de Rei. Durante este recorrido me he encontrado con tres chavales de Toledo que han reservado albergue en Palas de Rei. Yo decido finalmente quedarme en un hostal, mañana será mi última etapa hasta Santiago. Hoy he recorrido 81 km. Me ducho y salgo a dar una vuelta por el pueblo.


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Día 8 de Julio



Hoy llego a Santiago. Me he levantado en torno a las 7:00, desayuno y recogo los bártulos para bajar al garaje donde dejé la bici y cual es mi sorpresa que me encuentro la rueda de delante pinchada, no es una mala media, solo un pinchazo en séis días.

Cambio la cámara y continúo. Por galicia todo el camino es subida y bajada, pocos llanos y he alternado mucho entre camino y carretera ya que algunos caminos son impracticables para ir en bici. Me he encontrado con unos colombianos que vienen desde Roncesvalles y llevan dieciocho días, son dos chicos y una chica. Desde Palas de Rei hasta Santiago he hecho 75 km. En total, desde Burgos, han sido 553 km.

Llego sobre las 13:00 aproximadamente y voy directo a la catedral pero primero a la oficina del peregrino donde dejo aparcada la bici y recogo un diploma que dan por acabar el recorrido. La catedral, que está al lado de dicha oficina es majestuosa, soberbia, no me caben calificativos. Después de estar un buen rato dando vueltas por su interios y en torno a ella, visitando el sepulcro del apostol y demás, doy una vuelta por la ciudad. Visito el parque Alameda desde donde se divisa la ciudad con la catedral al fondo y hago una de mis últimas paradas del camino en una terracita cerca de la plaza donde me tomo un refresco y doy un repaso a mi peregrinaje.


He decidido quedarme y hacer noche para saborear mejor el último día en Santiago. He alquilado una habitación por 25 euros en el casco viejo de la ciudad y, aunque un poco cutre, he podido dejar la bici dentro de la habitación.
No me he cansado de pasear por toda la ciudad monumental. Me paro en Casa Pepe para cenar, que es el sitio que me recomendó el amigo marinero del Ferrol que conocí en Biduedo, y la verdad es que se come muy bien y a un precio muy económico, por sólo 8,50 euros. Después de cenar paseo un poco más mientras espero a que vaya anocheciendo para hacer una foto de la catedral iluminada.


Al día siguiente tomo el autobus para Madrid a las 7:00. Me despierto a eso de las 5:45 y voy camino de la estación de autobuses. Todavía es de noche y las calles están mojadas y silenciosas, solo se ve algún bolinga divagar y se escucha el barrer de los escobones de los barrenderos. En la estación de autobuses empaqueto la bici para meterla en el portaequipajes y charlo con dos chavales que también son de Madrid y han realizado el trayecto desde Roncesvalles. Tendrán otra historia que contar.

lunes, 23 de junio de 2008

El profesor; (María de Maeztu)

José Ortega y Gasset

"El profesor: La primera clase. Octubre 1909. – Ortega había sido nombrado profesor de filosofía en la Escuela de Estudios Superiores de Magisterio, que acababa de crearse en Madrid. Era una escuela para el profesorado normal, del tipo de la Fontenay-aux-Roses; un centro de cultura superior donde iban a formarse los profesores que a su vez formarían a los maestros de España. Desde su cátedra podría influir sobre la enseñanza de su país. Tenía el joven profesor veintiséis años e iba a ser desde ese instante el maestro de las nuevas generaciones.
Entra precedido de un gran prestigio. Para obtenerlo le han bastado unos cuantos artículos, en forma de ensayos, publicados en El Imparcial, que era el primer diario de España, fundado por su abuelo don Eduardo Gasset y Artime, y dirigido por su padre, don José Ortega Munilla. La escuela se había instalado provisionalmente en un pequeño edificio de la calle Montalbán, número 20, no lejos del Museo del Prado. Son las nueve de la mañana; el aula, con una ventana que mira a los jardines del Retiro, está ocupada por cuarenta estudiantes, hombres y mujeres que han ingresado, mediante concurso, por orden de mérito, y se disponen a escuchar la palabra del profesor. Estos alumnos son maestros que han venido de todas las provincias de España para cursar los estudios correspondientes al doctorado de Pedagogía.
Entra Ortega en la clase con una carpeta de cuero en la mano. De ella saca un libro pequeño: es un diálogo de Platón – el Teteeo -; antes de comenzar la lectura expone a los alumnos, en una breve introducción, lo que va a ser su curso de filosofía. Filosofía, dice, es la ciencia general del amor: dentro del globo intelectual representa el mayor ímpetu hacia una omnímoda conexión. En ella se hace patente un matiz de diferencia entre el comprender y el mero saber. La filosofía es lo contrario de la noticia, de la erudición. La erudición es la unidad de los hechos, no en sí mismos, sino en la cabeza de un sujeto – no es investigación de la unidad oculta de los fenómenos -. Sería la ambición postrera de la filosofía llegar a una sola proposición en que se dijera toda la verdad - la filosofía es una aspiración, un afán -. Es una súbita descarga de intelección.
La palabra del maestro, clara, precisa, elegante, produce una extraña emoción. Los alumnos intentan tomar notas en sus cuadernos, más, al punto, quedan absortos, detenida la pluma en el papel ante la maravilla de aquella exposición filosófica, vestida con una gran riqueza de imágenes y metáforas. Parece que asistimos, no a la explicación de una clase magistral, sino a la peripecia de una teoría dramática cuyo protagonista es la propia vida del filósofo. Ortega ha estudiado en Alemania con el profesor Cohen la filosofía de Kant y va a ser el introductor del neokantismo en nuestras aulas universitarias. Sin embargo, Ortega se separa desde el primer instante del método seguido por aquellos grandes maestros cuyas lecciones escucharemos más tarde en la Universidad de Marburgo. Bajo la apariencia de una objetividad fría, serena, incorruptible, “mas allá del bien y el mal”, brota del subsuelo, como de un hontanar, una emoción cálida, una pasión contenida. Honestamente pretende huir, alejarse de todo pathos; pero Ortega es un hombre del Sur, y el fuego que enciende su espíritu está ahí y traiciona sus mejores propósitos. La doctrina filosófica, seca como polvo, adquiere un nuevo vigor, una fuerza viva, actual. No es la suya una filosofía deshumanizada. La razón pura perderá pronto en él su pureza para convertirse en razón vital.
Al año siguiente, 1910, Ortega hace oposiciones a la cátedra de Metafísica que ha quedado vacante en la universidad central de Madrid a la muerte de Salmerón. Las Pruebas que se exigen en aquellos días para obtener una cátedra universitaria constan de varios ejercicios, entre los cuales uno de ellos consiste en explicar una lección ante el tribunal. Sus alumnos vamos a presenciar el espectáculo. Ortega comienza aquel juego de acrobacia en un torneo de oratoria que alcanza la máxima perfección. Es una oratoria breve, precisa, ajustada a la imagen, al símbolo poético. El contenido filosófico, rigurosamente ceñido al pensamiento, aparece como algo nuevo, distinto. Los jueces del tribunal, hombres viejos, le escuchan con el mismo deleite que los muchachos, sus discípulos. La lección, el ejercicio – nuevo ejercicio espiritual -, dura una hora. Ortega, al terminar, no muestra la menor fatiga; ha ganado su primera batalla como si no hubiese entrado en el ruedo. Elegido a los pocos días entre los concursantes, debuta como catedrático en la Universidad central de Madrid: tiene veintisiete años.
Esta fecha señala el término de lo que él llama la primera época de sus mocedades. Hacia los treinta años, en medio de los juegos juveniles que perduran, aparece la primera línea de nieve y congelación sobre las cimas de nuestra alma. Llegan a nuestra experiencia las primeras noticias del frío moral. Un frío que no viene de fuera, sino que nace de lo mas íntimo, y desde allí envía al resto del espíritu un efecto extraño, que mas que nada se parece a la impresión producida por una mirada quieta y fija sobre nosotros; nuestro espíritu se recoge sobre sí mismo y con la frialdad de un contable se pone a hacer el balance de la vida. Mi juventud se ha quemado entera, como la retama mosaica, al borde del camino que España lleva por la Historia. Esos mis diez años jóvenes son místicos trojes henchidos de angustias y esperanzas españolas. He tomado la mano de mi mocedad como la de un amigo fiel. He mirado al fondo de sus ojos y he visto que no se turbaban. He empujado su espalda hacia el pretérito y he dicho: “Adiós, puedes irte tranquila.” El premio único, el premio suficiente, el premio máximo a que cabe aspirar es este: “Poder irse tranquilo.”
La última clase 1935. – Pasan los años, y en Noviembre de 1935 celebra Ortega sus bodas de plata con la Universidad. Para conmemorar esa fecha, los profesores que nos contamos entre sus discípulos: Morente, Zubiri, Zaragüeta y yo, nos proponemos editar un libro escrito en colaboración. En tanto que el libro se redacta y se publica, todos los alumnos, los viejos y los jóvenes, acuerdan ofrecerle en ese día el clásico cuaderno de pergamino, encuadernado en piel, con firma de todos los estudiantes que han pasado por su clase. Y se le entregará en esa fecha conmemorativa.
Son las seis de la tarde de un día frío y lluvioso de otoño. El acceso a la Ciudad Universitaria, no urbanizada todavía, es difícil. Pero todos los alumnos acuden a firmar, a rendir al maestro este pequeño homenaje de admiración al hombre, de agradecimiento al profesor. Ortega entra, como el primer día en su primera clase, con su carpeta de cuartillas bajo el brazo y sube a la plataforma. No hay discursos, no hay alusión al acto. Es una lección como la de casi todos los días. El maestro no parece enterarse de que estamos allí para tributarle un homenaje. Su preocupación está puesta en la tarea, en la labor: en que la obra humilde, tan humilde como difícil, que consiste en transmitir la idea al cerebro del alumno, resulte, precisamente en ese día de las bodas de plata, lo mas perfecta posible.
Parece que fue ayer…Más que los años, el pensamiento filosófico, la tarea meditadora, han ido labrando su rostro y han tallado su cabeza con fuertes y acusados planos. No es la cabeza de un escritor ni la de un artista: es la cabeza de un filósofo. Se hace el silencio; la lección comienza. Entre los asistentes me parece que soy yo la única que escuchó su primera clase en la calle Montalbán, número 20, en octubre de 1909. Ha variado el tema. Entonces la explicación consistía en comentarios a los diálogos de Platón y a la Crítica de la razón pura de Kant; hoy es la versión de su propia, original filosofía: la razón vital. Pero el método, ese método que consiste en actualizar el pensamiento, en hacerlo vivo, es el mismo. La misma belleza en la palabra; idéntica claridad y precisión en el pensamiento; la misma manera de intuir la imagen, de concebir la idea y cubrirla y descubrirla con la metáfora; la misma perfección, en suma. Después de veinticinco años no puede decirse que esta clase es mejor que la primera, porque aquella fue insuperable. Y este es uno de los caracteres esenciales de su talento. Ortega ha sido siempre idéntico a sí mismo. Desde el primer artículo, desde la primera conferencia, desde la primera lección se reveló como el primer pensador entre sus contemporáneos, como el artista genial que, al construir una frase, la articula dentro de la arquitectura total del párrafo. Todas sus páginas pueden servir para una antología: de ahí la dificultad de seleccionarlas. No tuvo aprendizaje. No tuvo que recorrer el camino doloroso que todos recorremos en nuestra formación. Fue, desde el primer día, el maestro. Tuvo, desde la primera hora, la admiración de todos los españoles que han leído sus libros o han escuchado su palabra. Él se ha quejado, a veces, de la incomprensión en que viven en España las “minorías selectas”. Queja injusta. Él ha pertenecido y pertenece por derecho propio a esas minorías, y el pueblo español no le ha regateado, ciertamente, ni la estima al escritor ni el aplauso al artista. "